Freya se giró por décima vez, intentando encontrar una postura cómoda. La cama era enorme, pero el “territorio” que había delimitado con la manta la obligaba a permanecer rígida como una estatua. —Deberías patentar tu sistema de fronteras. Es peor que la muralla china. —La voz de Enzo llegó grave desde el otro lado. —Es para mantener la paz. —Freya apretó los ojos, fingiendo estar al borde del sueño—. No quiero que mañana amanezca con tu codo en mis costillas. —Prometí no invadir tu zona. —Ajá. —Bostezó— Igual lo vigilo. El silencio llenó la habitación, apenas interrumpido por el murmullo lejano de Roma. Al cabo de un rato, el sueño la venció. Cuando abrió los ojos horas después, algo cálido y pesado la envolvía. Su primera reacción fue pensar que el hotel ofrecía mantas eléctricas d

