La mano de Enzo se deslizó por la curva de su espalda desnuda, firme y posesiva. Freya jadeó, un sonido breve y quebrado, mientras sus párpados se cerraban con violencia. El roce húmedo de su boca atrapó su pezón, succionándolo con hambre, y ella arqueó el cuerpo, entregada al fuego que la consumía. Cada caricia era un reclamo, cada beso una orden, y el mundo se redujo al calor abrasador de su piel contra la de él. La mano de Enzo descendió lentamente, reclamando cada centímetro de su piel como territorio propio. Freya se arqueó, atrapada entre el placer y la urgencia, mientras sus labios se abrieron en un gemido que él devoró con un beso feroz. Su boca abandonó el pecho solo para recorrerla con hambre, dejando un rastro húmedo que la hizo temblar. Cuando sus dedos encontraron el bor

