Freya no recordaba haberse sentido tan agotada en toda su vida. El cuerpo le dolía, pero no tanto como el alma. Estaba sentada en el sofá de la sala, con el tobillo vendado y una bolsa de hielo apoyada sobre la bota ortopédica. A un lado, April le servía un vaso de limonada con la misma precisión con la que alguien desactiva una bomba. —Podrías empezar a explicarme qué demonios fue eso allá afuera —dijo April, entregándole el vaso. Freya bajó la mirada. El hielo crujió entre sus dedos. —No sé por dónde empezar. —Tal vez por el principio —replicó April, cruzándose de brazos— Porque la última vez que hablé contigo, me juraste que entre Enzo y tú no había nada. Luego me llamas y me entero que sigues en Italia y necesitas una copia de tu pasaporte. Y entonces me dices que Enzo te odia po

