—No puedes decir que no. Freya estaba en la cocina intentando —sin éxito evidente— preparar una lasaña para darle la bienvenida a Enzo, cuando April irrumpió como un vendaval por la puerta trasera. —No he dicho que no —respondió Freya, picando tomates con una precisión casi quirúrgica, la que solo tenía cuando estaba nerviosa. —Pero tampoco que sí —acusó April, cruzándose de brazos—Freya, es una oportunidad enorme. No puedes perderla. Freya dejó el cuchillo a un lado y observó la carne molida en la sartén como si ésta pudiera revelarle una respuesta. —No puedo irme tan abruptamente. No quiero… no quiero dejar a Enzo. April soltó un suspiro que su hermana conocía demasiado bien: un cóctel de frustración, cariño y un toque de “te lo dije”. —No lo vas a dejar. Solo será una semana —Apr

