3

1420 Palabras
Isabella Al día siguiente amaneció un silencio más pesado que el de la noche anterior, pues al menos aquella había estado llena de voces, reacciones y ese tipo de caos externo que le daba a la mente un refugio. Pero ahora solo reinaba la quietud, y en ella todo lo que había oído en aquella habitación, todo lo que había visto y todo lo que había intentado no comprender seguía volviendo a mi mente. Sobre todo la voz de Liam, que lo decía con tanta calma delante de sus padres, como si toda mi existencia pudiera expresarse con palabras sin mi consentimiento, y la expresión de su madre después, cortante y disgustada, como si yo fuera algo a lo que, por error, le hubieran permitido entrar en su espacio. Juguete, me había llamado. Y para su madre, yo no era más que basura, indigna de pertenecer a su familia o de responder a su nombre. Cuando llegué al edificio de oficinas de Liam, ya era consciente de que mi cuerpo me había traído hasta allí antes de que mis pensamientos lo asimilaran del todo, porque así era siempre con Liam. Como si resistirme a él existiera solo en teoría, nunca en la práctica. El vestíbulo se sentía más frío de lo habitual, no por la temperatura, sino por la atención, por la forma en que las miradas de la gente se apartaban rápidamente de mí antes de que pudiera mirarlos, como si ya supieran lo que yo era o en lo que me estaba convirtiendo en relación con él. El viaje en ascensor fue demasiado silencioso, demasiado claustrofóbico, y me encontré mirando mi reflejo en la superficie espejada sin reconocerlo ya, porque había una versión de mí que solía entrar en un lugar, creyendo que aún podía dar marcha atrás si quería, y que esa versión ahora parecía distante, reemplazada por algo que avanzaba sin pedir permiso a la parte de mí que todavía intentaba pensar. Cuando se abrieron las puertas, el pasillo se extendía ante mí exactamente como siempre, largo, caro y controlado de una manera que nunca se sentía pacífica. Solo deliberada. Y me quedé parada frente a su puerta más tiempo del debido, porque aunque había venido por orden suya, con la esperanza de obtener respuestas, no sabía qué tipo de respuestas estaba dispuesta a escuchar, ni si alguna vez podría resistirme a algo que dijera. Finalmente llamé. No hubo respuesta inmediata, pero abrí la puerta de todos modos. Ya estaba allí. Sentado detrás de su escritorio, como si hubiera sabido de mi llegada mucho antes de que entrara. Sin sorpresa. Sin distracción. Simplemente esperando. Solo eso me tensó el cuerpo, porque Liam nunca parecía alguien a quien se pudiera interrumpir, como si mi presencia ya estuviera contemplada en el mundo en el que viviera. —Cierra la puerta —dijo. Su voz era tranquila, no cortante, no alzada, sino definitiva, sin dejar lugar a dudas, y lo hice, aunque odiaba la naturalidad con la que mi cuerpo seguía obedeciéndole incluso cuando mi mente se resistía. Cuando me giré, su mirada ya estaba fija en mí. Y allí se quedó. Sin moverse. Sin ceder. Solo observaba, como si estuviera midiendo algo que yo no podía ver. “Permítame preguntarle algo”, dije, esforzándome por mantener la voz firme, aunque no lo estaba. Sabía que si no le hacía esta pregunta antes de que me tocara, no podría. Ya sabía por qué me había llamado. Solo podía sacarme esto de la cabeza antes de rendirme a él. Mi dueño y futuro esposo. “Pregunta”, respondió de inmediato, reclinándose ligeramente en su silla como si ya supiera lo que iba a decir. La sencillez de sus palabras me inquietó más que cualquier negativa. “¿Por qué lo hiciste?”, pregunté. Apreté los dedos a mis costados. “¿Por qué dijiste eso delante de ellos? ¿Por qué me presentaste así si ni siquiera participé en esa decisión?” Por un momento, no respondió. No porque estuviera confundido, sino porque no me tenía en cuenta, ni a mis sentimientos. Eso fue peor. —Sigues pensando en eso —dijo, como si fuera una observación más que una pregunta. Sentí un nudo en el estómago. —Claro que sí. —No deberías. Sus palabras sonaron demasiado fáciles. Demasiado controladas. Como si mi reacción misma fuera innecesaria. —No te corresponde a ti decidir —dije, aunque mi voz salió más baja de lo que pretendía. Eso finalmente lo hizo levantarse. Lentamente. Sin prisa. El simple movimiento cambió la atmósfera de la habitación, no drásticamente, pero de una manera que hizo que todo se sintiera más cercano, más apretado, como si el espacio mismo se estuviera adaptando a él. —Ya tomé la decisión —dijo. Negué con la cabeza de inmediato, retrocediendo un poco sin darme cuenta. —No puedes simplemente decidir cosas así sobre mí. Su mirada siguió el movimiento sin reaccionar. —Yo sí puedo —dijo simplemente. La seguridad en su voz me hizo cerrar la garganta. —No —repetí, con más firmeza esta vez, aunque no lo sentía—. No acepté nada. No puedes anunciar algo así y esperar que se haga realidad. Liam se detuvo a unos pasos de mí, lo suficientemente cerca como para que tuviera que inclinar ligeramente la cabeza para mantener el contacto visual. Y cuando volvió a hablar, su voz era más baja, más silenciosa, pero más pesada. «Sigues distanciándote de ello», dijo. No dije nada, no pude hablar por la mirada en sus ojos, porque sabía que no tenía otra opción. Ya me había comprado. Luego añadió, fríamente, autoritariamente: «No deberías». Sentí una opresión dolorosa en el pecho. «Así no funcionan las cosas», susurré. Liam me agarró del cuello, obligándome a mirarlo, recordándome lo peligroso que puede ser y lo fácil que puede golpearme si lo molesto lo suficiente. No sería la primera vez, y el miedo me ahogó cualquier protesta. Este es él. Este es el monstruo que me compró. ¿Cómo pude olvidarlo? «Me perteneces, Bella. Te pagué por completo». Esta vez, no había emoción alguna en su voz. Sus dedos se apretaron en mi cuello, asfixiándome. Me aferré a su mano, intentando que me soltara. Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero él ni se inmutó. En cambio, se inclinó y las lamió. “Bien. Así es exactamente como debes comportarte delante de mí. ¿Crees que puedes desafiarme solo porque te permití hacer tu pregunta?” Negué con la cabeza con miedo, el corazón me latía con fuerza en el pecho y sentía que me faltaba el aire. “Por favor…” susurré. “Lo siento.” “¿Ves? ¿Fue demasiado duro, Bella?” Entonces me soltó y jadeé de dolor, intentando respirar. “El día que tu padre se llevó ese dinero fue el día que perdiste el derecho a hablar. Creí que te lo había hecho entender durante el último mes. Pero quizás, porque te llamé mi prometida, ¿crees que de repente has ganado algún estatus?” Miré a Liam con miedo, y parecía disfrutar de lo que me había hecho. Sé que si me casara con este hombre, me convertiría en una versión vacía de mí misma, y ​​que disfrutaría destrozándome más que nada. ¿Pero podré escapar de él? “Eres un juguete. Una posesión que adquirí, y cuando me canse de ti, te desecharé. Así que, tanto si te convierto en mi esposa como si te doy mi apellido, no cambia quién eres”. Cerré los ojos, dejando que las palabras calaran hondo. Había dicho algo parecido a sus padres sobre mí, con el mismo tono frío. Y por fin me había despertado de mi engaño, haciéndome creer que importaba, por eso quería casarse conmigo. Liam me rasgó la camisa, arruinándola al instante y dejando mi cuerpo al descubierto. Me agarré el pecho, pero me apartó la mano bruscamente, me desnudó con rudeza y, como le gustaba, me empujó contra su escritorio y me penetró. El dolor me atravesó como agujas, y apreté el escritorio con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. Con cada embestida, el dolor me quemaba, y solo podía llorar en silencio mientras él seguía conmigo. Cuando terminó, se retiró de mí y me desplomé en el suelo. Se quedó de pie, mirándome, y dijo fríamente: «Deberías alegrarte de que quiera casarme contigo». Luego se marchó, dejándome allí hecha un mar de lágrimas.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR