Quinto encuentro

4768 Palabras
…Esto no es un encuentro. Es solo una… deliciosa casualidad… Sus palabras siguen retumbando en mi cabeza mientras observo la ciudad a través de las ventanas. Sigo deslizando el dedo al borde del vaso, así como no dejo de darles vueltas a sus palabras en mi cabeza. No tenía planeado verla en ese viaje. No estaba en mí pactar un encuentro aun cuando estaríamos bajo el cielo de la misma ciudad, pero pasó. Los dos nos encontramos aquella noche en el Pleasure en medio de una situación bastante caliente. Ella estaba gimoteando sobre la v***a de un italiano mientras la v***a de otro estaba en su boquita. Era un trío al que me podía unir y cuando lo hice, no creí que mi conejita me saliera con semejante desfachatez. ¿Sabía que ella visitaría el club? Por supuesto que lo iba a visitar porque es lo que le gusta experimentar. Lo que no creí que fuese posible es que la misma noche en que yo decidí hacerlo, ella estaría presente. ¿Me sorprendió verla disfrutando de un trío? Para nada. Que haga tríos y sea parte de ese tipo de prácticas es algo que no me sorprende ni me altera porque a la hija de puta de fascina lo mismo que a mí. A los dos nos gusta ser libres. A los dos nos encanta experimentar. Mi inquietud comenzó cuando le ordené al maldito italiano que apartara la mano del tatuaje y no lo hizo. Mi maldita inquietud se convirtió en un enorme problema interno que estalló con fuerza cuando ella lo apoyó y lo instó a que lo acariciara, a que lo besara, mientras seguía cabalgando como la maldita perra que es. Me volví loco. Perdí el control. Mi conejita rompió el séptimo mandamiento de nuestro acuerdo de la peor manera. Lo hizo mirándome a los ojos, sonriéndome como la desgraciada que es. Le importó un carajo romper la lealtad entre los dos. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué jugar así con mi locura? ¿Por qué llevarme al límite? No sé a dónde quería llegar con eso. No sé qué mierda pasó por su cabeza cuando le permitió a ese imbécil besar el tatuaje que yo mismo le realicé. Pero no le di el gusto de verme perder el control. Al menos no frente a ella. Esa noche, simplemente me levanté del sofá mostrándole una sonrisa y me largué del club antes de cometer una locura. Quería matarla. Quería azotarla con mi cinturón hasta que sangrara. Aún puedes hacerlo. Quería vaciarle en la cabeza cada una de mis balas al cabrón que tocó aun cuando le dije que no y cortarle la v***a al otro solo por reírse de la situación. Esperé pacientemente a las afueras del Pleasure a que saliera. La dejé largarse sin pagar las consecuencias, pero no tuve la misma benevolencia con el italiano. Lo esperé. Me acerqué. Lo mutilé a sangre fría. Le corté la misma mano con que tocó mi tatuaje y al otro… digamos que le hice un procedimiento estético que jamás olvidará. Ahora sonreirá mejor por el resto de su insulsa vida. Esa «deliciosa casualidad» me llevó a pensar en nuestra dinámica, en lo que somos dentro de una habitación que nadie sabe que existe. Porque mis hermanos e incluso mis propios padres pueden saber que me gusta el libertinaje, que tengo gustos peculiares, pero no saben de la existencia de la habitación en este penthouse que comparto con ella. No lo saben porque fue una habitación que preparé exclusivamente para nosotros dos porque no quise seguir con nuestros encuentros en el Pleasure. Nadie sabe lo que hacemos, pero la idea de que todos ya lo sepan o al menos lo sospechen ya me está comenzando a latir bajo el pecho. Especialmente él. Me gusta jugar con fuego. Me gusta provocar incendios. Por eso hoy, para nuestro quinto encuentro, vengo teniendo mis ideas bien claras. Mi conejita sigue siendo un error en mi vida, porque realmente lo que hacemos está mal; sería un desastre si el morbo y la lujuria que nos une nos llegan a salpicar de verdad. Pero deseo tanto romperla y unir cada una de sus piezas solo para mi propio deleite de maneras que no sé cómo explicar. La deseo por todo lo que es capaz de tolerar. La odio por la misma razón. La quiero bajo mi control para usarla hasta cansarme, para doblegarla y dominar cada parte de su ser y follarla hasta que sangre. Hasta que llore de verdad. Se lo merece por haber roto la lealtad. Detengo el movimiento sobre el borde de vaso y lo levanto para llevarlo a mis labios, dejándome caer en el respaldo. Quiero hacer todo eso, pero solo lo lograré suplantando uno de nuestros mandamientos y es algo que esta noche sucederá. Ya no soporto no tener control total. Reviso el reloj por tercera vez en menos de veinte minutos, algo que no solía hacer jamás porque no tengo paciencia para esperar a nadie y menos si soy muy claro con la hora. Sin embargo, ella parece llevar al límite mis capacidades. No debería importarme si llega tarde o no, pero nuestros encuentros existen dentro de un espacio claro y perfectamente delimitado, un territorio cerrado donde todo es permitido mientras las reglas se respeten, y fuera de este espacio no existe nada entre los dos que deba preocuparnos. Sí le pasó algo. Si allá afuera las cosas están de la mierda en su vida o si necesita de mi presencia para salir de algún problema, simplemente no me interesa. Mi conejita podría estar muriéndose en la cama de un hospital y ni eso me haría levantarme de mi puto sofá para ir a ver cómo está. Una vez le salvé el culo. Una vez interferí, pero solo por la lealtad a los míos. Lo demás que le suceda o lo que le hagan allá afuera, me importa una mierda. Como dije, no debería importarme nada, pero aquí estoy… Pensando por qué coño se tarda. Le doy otro trago al whisky, dejo que el alcohol queme mi garganta con la misma calma con la que he tomado la decisión de cambiar la dinámica entre los dos. La puerta del ascensor privado emite un sonido suave al abrirse, anunciando su llegada al penthouse. No necesito girarme para saber que es ella, porque reconozco el ritmo de esos tacones desde que los escuché la primera vez. «La seguridad insolente de ese taconeo anuncia problemas incluso antes de que su dueña abra la boca». Además, es la única mujer que ha venido aquí, porque, a pesar de lo que todos consideran de mí, soy un hombre bastante receloso con lo que me rodea en mi día a día. Soy un maldito loco, pero uno que aprecia demasiado la paz del hogar. Por eso no traigo a nadie a mi espacio, por eso no tengo sexo con nadie en mi propia cama, porque suficiente tengo con mis propios demonios como para traer a mi sagrado espacio las mierdas de una mujer que únicamente me daría dolores de cabeza. «Ay, no. tendría visitas fastidiosas y hombres tumbándome la puerta en busca de pelea solo por darle a sus mujeres lo que ellos no pueden o les cuesta». Tendía mi hermoso hogar sucio todo el tiempo con la sangre de todos ellos porque los mataría por desalinear mi perfecta armonía con sus reclamos de macho herido. Si le he dejado venir a ella, si le he dado el honor de llenar mi espacio con su presencia, es porque la hija de puta no tiene sentimientos, no es hormonal y lo menos que haría es estar detrás de mí rogándome más. Es tan cabrona como yo. Sabe jugar muy bien como yo. Me giro finalmente cuando su figura se refleja a través de las ventanas. Mi conejita está frente a mí usando el mismo abrigo de cuero ajustado a su cuerpo, con el cabello sujeto con el fàzān de dragón n***o. La mirada que me lanza es un desafío directamente a mi paciencia. Es ella la que está llegando tarde, ¿por qué coño me mira como si yo fuera el responsable de su falta de ética profesional? Se limita a mirarme, acortando la poca distancia entre los dos. El sonido de sus pasos suena contra el mármol mientras ella empieza a deshacer el nudo en su cintura. Su mirada recorre mi cuerpo con descaro, de detiene donde el bulto ya está empezando a hacerse presente y, cuando sonríe, algo dentro de mí se sacude. —Me disculpo por el retraso —susurra, dejando caer el abrigo a sus pies—. Te juro que esta vez no fue intencional. Bajo la mirada a su cuerpo desnudo, exquisito y esbelto. Lo observo lentamente, me relamo. Las pequeñas manchas que adornan su piel me encantan, pero ni eso logra apaciguar la punzada de rabia que tengo por haberse atrevido a llegar tarde. Mi conejita abre las piernas para sentarse a horcajadas sobre mí; cuando lo hace, sostengo su cuerpo con fuerza, atrayéndola más al mío. —Dame una buena excusa para no azotarte el culo treinta veces por haberte atrevido. Sonríe la hija de perra. —Treinta azotes, que rico —ronronea y yo gruño—. De haber sabido, me tardaba más de media hora, mi amo. Cierro más la mano en su cuello; su rostro empieza a tornarse rojo. —Te juro que esta vez no fue intencional —sisea apenas con una maldita sonrisa lasciva en los labios—. Tuve que…, tuve que lidiar con un percance en el camino. —Sigue pareciéndome una pésima justificación —gruño cerca de sus labios. Los mismos que detallo, solo para asegurarme de que tienen el color de labial que me gusta. La risa gutural que deja salir me prende, me insta a afianzar más mi mano alrededor de su cuello. —A mí también me parece pésimo que un motorizado se estampara en mi precioso auto, pero no me quedó de otra que bajarme para asegurarme de que el pendejo estuviera bien. —No sabía que fueses tan buena samaritana —susurro contra sus labios. Siento sus manos moverse por mi cuerpo con calma, con caricias lentas en medio de su búsqueda. Sé lo que quiere y no la detengo; la dejo. —Contigo no… —responde a duras penas, pero sin dejar el tonito incitador que me tiene ya empalmado—. Pero tengo ideales que no pienso romper por mucho que esté en la posición en la que estoy. —Siento la punta de mi cuchillo contra el costado, afincada, puyándome con ganas—. Ahora que ya sabes el motivo real de mi retraso, ¿serías tan amable de soltarme el cuello y castigarme de una maldita vez para que se me pase el cabreo de mi auto, mi amo? Le sostengo la mirada. Sus ojos están llenos de desafío y de un deseo visceral que no puede ocultar. Puedo ver el fuego en ellos; la condenada vino dispuesta a todo solo porque está obstinada; no le importa lo que le haga si con eso se le pasa el mal genio que se carga porque le dañaron su precioso auto. «Me pregunto quién habrá sido el desafortunado». —¿Te molestó que te rayaran el auto, conejita? Asiente con un puchero que de inocente no tiene un carajo y más dura me la pone. —Jode cuando lo hacen, ¿verdad? Vuelve a reírse la muy cabrona. —Puedo comprarte uno nuevo… —declaro y antes de que abra la boca para darme réplica, aprieto el cuello con fuerza—. Pero no me da la puta gana. Quédate con tu auto vuelto mierda. La suelto de mala gana, pero no la bajo de mis piernas. Al contrario. La sostengo por la cintura, pegándola más a mí, haciéndola sentir la dureza de mi v***a y las ganas que tengo de cogerla. A diferencia de lo que creí, mi conejita lleva las manos detrás de mi cuello y con la punta del cuchillo empieza a acariciarme la nuca. —Parece que alguien más está de mal humor —ronronea cerca de mi oreja—. ¿Todo bien en tu cabecita, mi amo? Cierro los ojos disfrutando del leve vaivén de su cintura, de la caricia en mi nuca. —No quieres hablar, comprendo… —Su cálido aliento me eriza los vellos del cuerpo—. Cambiemos de tema, entonces. —Si eres tan amable. —Aprieto sus nalgas con ganas—. Ya tuve mi terapia de la semana y no me apetece otra. —Pensé que ya habrías empezado sin mí —dice, cambiando el tema. —Nunca empiezo sin mi invitada. Abro los ojos y busco su mirada. Las pupilas de sus ojos están dilatadas, su mirada ya tiene ese brillo cargado de desafío que tanto me empalma. Podría romper el silencio, podría levantarme ahora mismo con ella encima de mí para caminar hacia la habitación y así empezar con nuestro quinto encuentro de una maldita vez. Los tiempos transcurridos entre los primeros encuentros al comienzo me importaron una mierda, pero desde aquella noche en le Pleasure, cada maldita semana que ha transcurrido desde entonces me han resultado eternan. Exasperantes. Inquietantes. —Qué raro —murmura, deteniendo el movimiento sensual de sus caderas—. Para alguien que me acaba de reclamar por el retraso, me llama la atención que no me hayas ordenado ir a la habitación. Una pequeña exhalación escapa de mi nariz. —¿Te decepciona? —Un poco. El aroma de su perfume se intensifica ahora que estamos así de cerca llevándome a apretar los dientes con fuerza. Acerco una de mis manos a un mechón de cabello y lo enrollo lentamente en mi puño mientras ella sostiene mi mirada con ese brillo insolente que tanto me irrita y al mismo tiempo me fascina. Huele a él. —Respóndeme algo. —Depende de la pregunta. —¿Lo hiciste antes de venir aquí? El brillo en su mirada desaparece, su mirada se ensombrece y puedo jurar que siento como se tensa sobre mí si no fuera por el vaivén que hace nada acaba de retomar. —Eso no es asunto tuyo. —Respóndeme. —Tiro del mechón—. Hazlo. —Qué curioso… —Se escucha calmada, pero la mirada de fiera que me lanza me demuestra todo lo contrario—. No recordaba que uno de los mandamientos fuera responder interrogatorios, mi amo. —No lo es. —Entonces estamos bien, ¿no? El silencio es mi respuesta. No estamos bien una mierda. Desde aquel encuentro nada está bien entre los dos y ella lo sabe muy bien. No es una chiquilla pendeja con falta de madurez; sabe muy bien que cada acción tiene una reacción y que la suya tiene una que ha explotado un conflicto muy grande en mi interior. Pero es mejor hacerme quedar como el loco a mí, ¿no? Total, ya lo estoy. Y si existiera un tercero cómo testigo, por supuesto que le daría la razón porque el loco de mierda es Dimitri Romanov. El que está exagerando lo del tatuaje soy yo. Sonrío. «Por supuesto que es mejor quedar como el demente, como siempre, si quiero mover las piezas a mi favor». —¿Te pasó algo esta semana? —inquiere con una calma nefasta que no me engaña—. Tú y yo no nos hacemos preguntas personales, Dim. Su forma de pronunciar mi nombre tiene ese tono deliberadamente insolente que siempre usa cuando quiere provocar una reacción. Y funciona. Quiero volver a tomar su cuello y apretarlo hasta que no respire. Quiero empujarla contra la pared. Quiero recordarle que cuando viene a mí, no tiene que oler a él, sino a ese maldito perfume de cereza, ¡que tanto me gusta, carajo! «¡Maldita sea!». —Ahora sí tengo ganas de hablar. —¿Por qué? —Porque hay cosas que prefiero saber antes de seguir perdiendo mi tiempo. Me importa una mierda ser un cabrón. Con ella puedo ser totalmente directo, más de lo que soy con el resto. —¿Perdiendo tu tiempo? —Enarca una ceja—. ¿En serio, Dimitri? Eso es. Ya has comprendido que la conversación ha tomado otro camino. —No te emociones, cariño —digo con calma—. No estoy diciendo que lo esté desperdiciando. Suelta una risa siniestra que no tiene nada de humor e incluso ya se ha dejado de mover. —Suena bastante parecido. —Intenta levantarse, pero no la dejo, la sostengo por la cintura con posesividad y la obligo a permanecer sobre mis putas piernas—. ¿Qué coño quieres saber exactamente, Dimitri? Su mirada se vuelve filosa. —¿Lo hiciste sí o no? —Te estás metiendo en un terreno que no te corresponde. —Su tono está cargado de advertencia. Ladeo la cabeza. —¿Lo estoy? —Sí. Escucho cómo el cuchillo cae al suelo y enseguida sus manos van a las mías. Mi conejita las aparta con violencia, pero una vez más vuelvo a sostenerla. No me da la maldita gana de soltarla. —Eso rompe con el sexto mandamiento —espeta—. Uno que tú mismo escribiste, ¿o se te olvidó? «¿Ahora sí son mandamientos, maldita?». —Recuerdo perfectamente lo que escribí. —Entonces actúa en consecuencia y no me jodas con tus malditas ideas esquizofrénicas. ¡Abofetéala! Durante un segundo, ninguno de los dos habla. La sala entera queda en silencio en medio de una guerra de miradas que dice más que mil palabras, hasta que ella intenta levantarse de nuevo y esta vez la dejo. Se lo concedo. —Si esta es la idea de diversión que tienes planeada para mí hoy —dice, mientras levanta el abrigo del suelo—, creo que vine al lugar equivocado. La observo cubrirse como el cazador que observa a su presa antes de comerla y, antes de que pueda dar el primer paso para alejarse de mí, la tomo de la muñeca y vuelvo a tirar de ella con fuerza para que vuelva a sentarse en mis putas piernas. Se gira de golpe. Reacciona como la fiera. —Suélteme. No lo hago. Me levanto y bloqueo lo que sea que haya querido hacer. Aplico la fuerza y termino sentándola en el sofá, interponiéndome, apoyando las manos de lado a lado para que no se levante. —Tú y yo no hemos terminado, conejita. Sus ojos chispean con una furia que solo parece intensificarse cuando me inclino para quedar cara a cara. —Yo sí. —No cuando todavía no me has respondido. —No tengo que responderte un carajo. Su mano empuja mi pecho con fuerza. —No eres mi dueño, Romanov. Bájale dos. Aprieto la mandíbula. Mi conejita hace uso de sus habilidades, intenta levantarse, pero no se lo permito. Ella tiene fuerza. Sabe pegar duro y sabe otras mierdas más que yo no, pero por naturaleza soy más fuerte y si me da la puta gana de someterla solo para que entienda que de aquí no se levantará hasta que me responda, lo haré sin dudar. Extiende la mano para alcanzar la botella de ron que está en la mesa alta de al lado y yo reacciono de inmediato. La tomo por el cuello y la obligo a quedarse donde está mientras pego mi frente a la suya. —¿Sabe que vienes aquí? —No te metas en lo que no entiendes. —Me meto porque todo tu maldito cuerpo y cabello huelen a él. La risita que deja salir me desquicia; debo apretar los dientes para no apretar su cuello y romperlo en este mismo momento. —Hasta hace unos minutos estabas actuando como siempre y ahora… pareces un marido celoso. Que interesante, ¿verdad? —Responde. —Estás cruzando una línea que no deberías, ¿qué carajos te pasa hoy? —Tú dejaste que el italiano besara mi tatuaje y, para colmo, te presentas aquí oliendo a él. Estamos a mano, ¿no? La maldita risita aparece, me obstina. —¿De verdad estás así por algo que ocurrió hace… no lo sé, meses? Aprieto los dedos alrededor de su cuello un poco más. No quiero asfixiarla, pero me provoca por lo perra que es. —Rompiste un mandamiento. —No —declara con calma venenosa—. Lo interpreté de una forma que no te gustó. —Dejaste que otro. Tocara. Mi. Tatuaje. —Puntualizo con una rabia que ni yo mismo puedo controlar—. Tú. Lo. Dejaste. —El tatuaje está en mi cuerpo —musita, tiene la cara enrojecida—. Yo decido quién lo toca y quién no… —Sus uñas se clavan en mis muñecas—. Suelta… Suéltame ya… Dim… No lo hago, sigo presionando. Sigo haciéndole caso a las voces que me gritan que lo haga, que le enseñe. Sus ojos, la cara entera se le enrojecen y cuando me sonríe como puede, reacciono. —¡¿Qué mierda te pasa?! —estallo soltándole el cuello, alejándome porque si no termino matándola—. ¡No tenías derecho a hacer eso! ¡Aprende a ser leal o exclusiva al menos, carajo! Tose y tose sin parar, inclinando su cuerpo hacia adelante. Se lleva una mano al cuello mientras intenta recuperar el aire; sus hombros suben y bajan con fuerza y el sonido rasposo de su respiración es lo único que llena la sala. Por un segundo me quedo quieto, mirándola con una furia que me golpea las sienes, que me enferma. Cuando ella finalmente levanta la cabeza, en sus ojos no hay debilidad. Hay odio. Rabia. Cólera filosa. —¿Leal? ¿Exclusiva? ¿A ti? —escupe con desdén levantándose del sofá—. ¿Escuché bien o acaso no te medicaste hoy? —Lo hice. —Pues creo que no, porque tu esquizofrenia hoy subió de nivel. Aprieto la mandíbula. Me trago lo que me gustaría decirle, someto cada uno de mis demonios para no volverme más loco. Ella da un paso, luego otro y cuando queda a centímetros de mí, espero el golpe, pero no llega. —¿Desde cuándo te importa lo que haga fuera de nuestros encuentros, Dimitri? —Desde que empezaste a provocarme con mierdas que sabes perfectamente que no tolero. —¿Ah, sí? ¿Y cuál fue exactamente la provocación? «Ella lo entiende, solo quiere enloquecerme». —Dejar que el maldito italiano tocara algo que yo marqué. Lo del perfume lo dejaremos para debatirlo después. La sonrisa que aparece en sus labios es cruel. Cínica. —Tu ego es impresionante, Romanov. —Siento como cada músculo de mi cuerpo se tensa—. Este tatuaje —Lo señala con el dedo—, sigue estando en mi piel. En mi cuerpo. Yo elijo, no lo olvides. Da otro paso acortando la poca distancia. —No recuerdo haberte firmado ningún contrato de propiedad contigo, imbécil. Mis manos se tensan a los lados de mi cuerpo. —No te estoy pidiendo que seas de mi propiedad, te estoy pidiendo lealtad y exclusividad. Si no se la das a él, ¡al menos dámela a mí, egoísta de mierda! El silencio cae como una bomba. Quería ser más delicado con el tema, pero ya que ella anda de viperina, ¿para qué coño cohibirme? De pronto, suelta una carcajada sin ganas, sin diversión. —Me estás jodiendo… —No. Niega una y otra vez, se aleja de mí, pero cuando la sostengo por la muñeca de nuevo, la desgraciada hace uso de su fuerza y técnica. Me empuja y tal cual cómo en nuestro tercer encuentro, me tumba contra el suelo, pero esta vez reacciono en el acto. Contraataco. Giro con ella hasta someterla debajo del mío que ya está enfurecido por todo esto. —Ni lo sueñes. Llevo sus manos arriba de la cabeza y me acerco a su rostro para que me vea muy bien a los ojos. —No fue una maldita pregunta. —Pues debería, cabrón. —Intenta tumbarme, pero le cuesta. Mi conejita forcejea, maldice en todos los idiomas que sabe e insulta a mi madre más veces de la que yo incluso lo he hecho en mi vida. —¡Que no, joder! —brama cerca de mi cara—. ¡No voy a dejar lo que tengo por ti solo porque quieres exclusividad! La furia me corre por la sangre. —Entonces esto se termina. Se ríe la muy cabrona. —¿Es una amenaza? —Es una decisión. —Es una pésima mentira. Sus ojos echan fuego a pesar de que se está riendo. —Si quisieras terminarlo, ya lo habrías hecho. —Levanta la cabeza, acerca sus labios a los míos—. Pero no puedes porque esto… —Saca la lengua y me lame los labios. Gruño sin poder evitarlo—, te gusta demasiado, mi amo. Empieza a besarme con una intensidad carnal que me prende, me enloquece. No le suelto las manos, pero le corresponde el beso con las mismas ansias enfermas con que ella me besa. Invado el interior de su boca con la lengua, la muerdo, me prendo de su boca como un maldito poseso. —Te gusta la idea de romperme. —Hinca los dientes en mi labio inferior sacándome un gemido animal que vibra en todo mi pecho—. Te gusta la idea de controlarme. —Lame como la perra que es, me complace—. Te gusta ser amo de lo que no puedes someter… —Y a ti te encanta perder el tiempo con él —suelto en medio del intenso beso —Porque lo mío con él funciona. —Se ríe—. Así como lo nuestro. Sus caderas se giran con una velocidad brutal y, antes de que pueda reaccionar, el movimiento ya está utilizando mi propio peso contra mí. Clava la rodilla en mi costado, clava el codo en mi hombro y, de un momento a otro, el impacto contra el mármol me saca un poco el aliento. Un segundo me toma darme cuenta de que estoy contra el suelo y otro más en darme la vuelta para levantarme, pero no logro hacerlo con ella trepada en mi espalda. Sus manos se mueven rápido, siento el tirón en la funda y cuando no siento el peso de su cuerpo, me giro como animal embravecido dispuesto a volverla mierda. El clic me dispara adrenalina y, cuando lo acciona, aparto el arma de mi puta cara en un movimiento perfeccionado por los años, pero no la desarmo. Con la misma furia que me cargo, estampo su cuerpo contra la pared más cerca que tengo. —¡Hazlo! —le grito, apuntando el caño debajo de mi mentón, apretando con fuerza su muñeca—. ¡Hazlo, maldita perra! —Estás demente… —Eso ya lo sabías, querida —siseo, tiemblo contra su cuerpo—. ¡Vamos, dispara y mátame de una puta vez para que te vayas a follar con él! —¡¿Qué carajos te pasa, carajo?! Puedo sentir su respiración agitada chocar contra mis labios, caliente, cargada de la misma furia que me está reventando por dentro las entrañas. Somos dos animales que han decidido morder antes que retroceder y, en medio de todo esto, mi mano sigue apretando su muñeca con la fuerza suficiente para hacerla temblar, mientras el cañón sigue hundiéndose al punto de parecer atravesarme la garganta. —¡Hazlo, mata a este maldito loco de una buena vez! —¡No lo haré! —explota—. ¡Y tampoco voy a darte lo que quieres, Dimitri Romanov! Ni mi lealtad. Ni exclusividad. Hija de perra, no vale la pena. Siento como algo dentro de mí se estremece con violencia y entonces la suelto de golpe, como si me quemara. Doy un paso atrás, luego otro, mirándola como si tuviera lepra, como si fuera un maldito parásito en mi pared. Y entonces sonrío. —Bien. —La miro de arriba a abajo con un desprecio que no me molesto en ocultar a pesar de mi sonrisa—. Entonces lárgate de mi espacio personal, maldita policía. Nos veremos en el Pleasure si las «deliciosas casualidades» están de nuestra parte. Le doy la espalda para irme a mi habitación. «Launice Roger puede irse al carajo con su Coronel».
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