Me alejo de la oficina con todas sus miradas sobre mí. Algunas rápidas, otras disimuladas, otras más descaradas, curiosas, intentando armar una historia con lo poco que alcanzaron a escuchar, pero no me detengo. No reduzco mis pasos, no pierdo mi tiempo mirándolos. Avanzo con la mandíbula apretada y la vista al frente porque estoy cabreada. «No… eso se queda corto. Estoy hirviendo. Estoy que me cortan y no echo sangre, sino veneno». Y todo por culpa de Dimitri Romanov y su maldita intervención. Él sabía lo que hacía. Llegó queriendo joderme y sin duda lo hizo al incordiar a Harold. Este último no se exonera de mi cabreo, porque sus palabras me cayeron bastante mal y su maldita advertencia… esa sin duda no la voy a olvidar. Aprieto los puños mientras avanzo hacia el cafetín. Necesito

