Llevo conduciendo más de treinta minutos, y ella mira por la ventana como si intentara adivinar mi destino. Me encanta verla así: curiosa, expectante, confiando en mí sin reservas.
Cuando estaciono frente a la marina, la sorpresa en su rostro me confirma que elegí bien.
—¿Qué? ¿Iremos a navegar? —pregunta con los ojos muy abiertos.
No respondo de inmediato. Me bajo del auto, rodeo el capó y abro su puerta. La forma en que me mira… Dios, si supiera lo que me provoca.
—Te llevaré a pasar una tarde inolvidable —le digo, y su sonrisa vale más que cualquier paisaje del Lago di Como.
La tomo de la mano. Su mano pequeña, cálida, encaja tan perfectamente en la mía que a veces olvido que somos recién novios. Mi corazón insiste en que la conozco desde antes.
Caminamos por el amarradero mientras ella observa todo como si fuera un sueño. El agua turquesa, las casas con terrazas frente al lago, el eco suave de las embarcaciones chocando contra los muelles.
—Este sitio se llama Lago di Como —le digo, acercando su mano a mis labios para besarla—. Vengo cuando quiero estar solo… aunque ya no quiero estar solo nunca más.
Ella baja la mirada, con ese rubor tímido que me destruye.
—Me gusta escuchar eso —responde.
A mí también me gusta sentirlo, decirlo, admitirlo.
Nos detenemos frente al yate. Gigante, elegante, un capricho de su padre que pasó a nombre de los dos. Ella se queda boquiabierta.
—¿Cuál es tu yate? —pregunta.
—En realidad… es nuestro —respondo, disfrutando el instante.
—¿Qué? —susurra.
—¿No leíste todo lo que tu padre dejó? ¿Ni lo que dejó a nombre de los dos?
—Solo por encima…
Río. Su inocencia no es ignorancia; es pureza. La acerco de la cintura, hundiendo mis dedos en su piel a través de la ropa.
—Eres única, Valentina. Por eso me tienes loco.
Su sonrisa me deja sin defensas.
—Pues me encanta compartir cosas contigo —dice, abrazando mis hombros.
Quiero besarla. Quiero besarla todo el día.
—Ven, subamos.
[…]
Yo la dejo recorriendo el yate mientras lo saco del amarradero. Le pedí que se pusiera “cómoda”, pero no pensé que eso significaría verla aparecer con una de mis camisetas, negra, caída, apenas cubriéndole los muslos.
Se me tensa todo el cuerpo.
Todo.
Estoy ajustando la velocidad cuando siento su presencia detrás. Me giro y la veo… y no puedo hablar por un segundo.
—No sabía que sabías navegar —dice, como si yo pudiera pensar en motores y coordenadas con ella vestida así.
—Te queda muy bien —es lo único que logro decir.
Su sonrisa me mata.
—¿Qué otra sorpresa escondes? Pensé que eras solo un hombre de finanzas y leyes.
—Tengo algunos hobbies —respondo, controlando la respiración—. Navegar… y pilotear.
—¿También piloteas?
Asiento.
—Eres una caja de sorpresas —dice justo cuando bajo la velocidad para anclar.
Quiero sorprenderla más. Quiero sorprenderla siempre.
—¿Has traído a otras chicas aquí? —pregunta de pronto.
Me detengo.
—Siempre vengo solo. Pero sabes por qué te traje… ¿no?
Camino hacia ella despacio. Como un animal que sabe exactamente a quién quiere.
Sus pupilas se dilatan. Mi pecho se expande.
—Creo que puedo imaginarlo… —susurra.
Le acaricio la mejilla y mi boca roza la suya. Estoy a un segundo de distancia de hacerla mía por completo. Pero no quiero precipitarme. La respeto. La deseo. La cuido.
—Si no quieres aún, lo entenderé. Podemos solo pasar la tarde aquí y…
Sus labios se estampan sobre los míos. Y eso es todo. Estoy perdido.
Me guía hacia el camarote y la sigo, con el corazón latiendo en todo el cuerpo. Dentro, se detiene. Me mira.
—No tengo idea de qué decirte —admite.
La tomo por el cuello, suave.
—No pienses tanto. ¿Recuerdas lo que pasó en la oficina?
Asiente, nerviosa.
—¿Parecía una idiota? ¿verdad?
—Princesa… —susurro—. Te pregunto de nuevo: ¿de verdad quieres que tu primera vez sea conmigo?
Sus ojos brillan. Mi pecho se quiebra un poco.
—Lo decía porque quiero que seas tú —contesta.
Ahí pierdo toda compostura.
—Prometo que será mágica.
[…]
Y entonces lo hace.
Toma la camiseta, la levanta despacio… Cae al suelo.
Queda frente a mí, solo en el conjunto blanco que elegí para ella.
Santo Dios.
—Espero que eso responda tu pregunta —dice.
Me acerco, la beso con urgencia, con hambre, con devoción. Camino con ella hasta la cama sin dejar de besarla.
—Te queda divino ese conjunto —susurro contra su piel, besando su clavícula.
—Tienes un gusto exquisito —responde.
Mi cuerpo arde. El suyo también.
—Te amo, Valentina —confieso.
—Y yo a ti, Alex…
La forma en que lo dice… me enloquece.
Siento sus manos en mi cinturón y yo mismo saco los envoltorios del bolsillo, y los dejo junto a nosotros. Mis labios recorren sus hombros mientras mis manos desabrochan su sujetador.
La observo mientras cae.
Ella tiembla. Yo también.
—Eres… increíblemente bella —murmuro antes de tomar sus pechos y ver cómo su cuerpo responde.
—Arghhh… —gime, arqueándose.
Estoy completamente perdido.
Le bajo la tanga despacio, y no puedo evitar preguntárselo.
—¿Continúo?
Ella asiente sin dudarlo, y sin más, la desnudo por completo. Se queda expuesta, perfecta, mía.
Me acerco a su intimidad y beso el límite, subiendo por su abdomen, sus pechos, su cuello… Su olor me hace perder la cabeza.
Ella toca mi espalda y yo no puedo más.
—Quítame el pantalón —le pido.
—No puedo si me tocas así… —jadea.
Me arrodillo, me quito todo. Su mirada… me perfora y me enloquece.
—Eres desquiciadamente sexy —le digo.
—Y tú jodidamente perfecto…
Guío su mano a mi erección y muerdo mis labios al sentirla.
—Así…
—Alex… hazme tuya ya, por favor —suplica.
Dios… ¿acaso me quiere matar?
Abro el sobre con los dientes, me preparo, y vuelvo sobre ella, separo sus piernas.
—Seré cuidadoso, ¿de acuerdo?
Asiente. Sin poder resistirme más, entro en ella lentamente. Y casi pierdo la razón.
—¿Continúo? —susurro.
Asiente otra vez.
Cuando estoy por completo dentro, siento cómo su cuerpo me recibe, se adapta, tiembla. Empiezo a moverme. Lo más suave que puedo. Lo más profundo que necesito.
Sus gemidos llenan el camarote. Sus uñas marcan mi espalda. Sus labios buscan los míos.
—Alex… —dice temblando.
—Te amo… —respondo, y sé que es verdad—. Te amo.
Nos besamos mientras ella se quiebra bajo mí, mientras su cuerpo tiembla, mientras la adoro.
Cuando todo termina, salgo de ella con cuidado y me acuesto a su lado.
—Dime que estás bien —le pido.
Se acurruca en mi pecho y sonríe.
—En mi mejor momento.
La abrazo fuerte, respirando su cabello, su piel, su existencia.
Y entiendo algo con absoluta claridad:
Mi vida se partió en dos. Antes de ella. Y ella.