EL REGRESO

920 Palabras
Pisar suelo en Milán siempre me provoca algo en el pecho… pero hoy es distinto. Hoy no estoy regresando a casa; hoy estoy trayendo conmigo a Valentina Ferrara, la heredera del imperio que su padre construyó y el centro de una historia que ninguno de los dos entiende del todo. Caminamos por la terminal y ella mira todo con esa mezcla de asombro y pérdida que casi puedo sentir en mi propia piel. Su vida cambió en cuestión de días. La mía, también. El chofer aguarda afuera con el auto listo. Fillipo —correcto, profesional, silencioso— abre la puerta trasera. Apenas habla castellano, pero no importa; mi obligación es traducir, acompañar, proteger… aunque ella todavía no comprenda la magnitud de todo esto. Cuando tomo asiento junto a ella, Milán se extiende frente a nosotros como un cuadro en movimiento. La ciudad que conozco de memoria ahora se vuelve escenario de algo nuevo. De algo delicado. De algo que no sé si quiero o puedo controlar. Miro a Valentina. Sus ojos verdes van de la ventana a sus manos, inquietas sobre su regazo. Intento disimular mi propio estado, pero sé que no lo logro del todo. El impacto de la carta sigue clavado en mi pecho. Mis padres. La verdad. La palabra “asesinato” resonando como un eco que no me abandona. No quiero que ella cargue con mi dolor, pero lo ve. Lo siente. —Alessandro… —dice en voz baja. Levanto apenas la mirada. Sus dedos tocan mi hombro y algo en mi interior se tensa. No sé si es sorpresa, consuelo o la simple necesidad de no quebrarme delante de ella. —Prometo que te ayudaré a que la muerte de tus padres no quede impune. Mi padre… No la dejo seguir. Mi mano cubre su boca antes de pensarlo. Un reflejo. Una alarma. Se queda inmóvil, confundida. Me acerco lo suficiente para que solo ella escuche lo que tengo que decir. —Tu padre nos pidió que no confiáramos en nadie —susurro—. Y eso incluye al chofer. La observo de frente. Está tan cerca que siento su respiración, su perfume, su desconcierto. Es un peligro innecesario… pero no puedo arrepentirme. Prefiero verla sobresaltada que verla en riesgo. Me retiro despacio. Ella asiente. —De acuerdo —susurra. Me acomodo en el asiento y miro hacia adelante, controlando el pulso. Pero en el fondo… siento algo que no esperaba. La proximidad de ella me desarma. La forma en que su voz tiembla cuando está cerca de mí, también. No puedo permitirme pensar en eso. Ella es mi responsabilidad. Nada más. El viaje parece eterno, aunque son apenas treinta minutos. Cada kilómetro trae ansiedad, preguntas, la sensación de que ambos estamos entrando en una historia que no escribimos… pero que debemos terminar. —Hemos llegado —le digo cuando la mansión aparece ante nosotros. Valentina levanta la vista y su expresión cambia. De sorpresa. De incredulidad. La propiedad se extiende con elegancia clásica. Jardines impecables, camino de piedra, la fachada blanca como mármol iluminada por el sol de la tarde. —Es asombrosa… —susurra, sin poder apartar la mirada. —Y espera a que veas la piscina —respondo, permitiéndome una sonrisa que apenas se forma… pero que ella nota. La primera que hago desde el avión. La primera que no puedo evitar. Fillipo detiene el auto. Dos personas salen a recibirnos. —Eliza y Marco —digo—. Ama de llaves y jefe de seguridad. Valentina les sonríe con educación. La observo de lado. Está abrumada… pero también intentando adaptarse, como lo hacía su padre. Con más fuerza de la que cree. —Ven, Valentina —le digo mientras abro la puerta—. Te muestro la casa. Caminamos por el vestíbulo y siento cómo ella se detiene apenas entra. La mansión es perfecta. Pero está vacía. Sin fotos. Sin detalles personales. Sin rastros de vida. Un espacio enorme que siempre me ha parecido frío, pero que ahora —con ella dentro— se siente distinto, casi expectante. —¿Quieres que te dé un recorrido o prefieres descansar primero? —pregunto. —Prefiero refrescarme y luego conocer el resto. Asiento. —Ven, te mostraré tu habitación. Subimos la escalera. Ella observa cada rincón, como si buscara algo que encaje en su idea de hogar y no lo encuentra. Me detengo frente a la habitación principal. —Esta es —digo—. Vista al jardín, jacuzzi, armarios amplios. Haré que suban tus cosas. Si quieres, podemos cenar más tarde. Ella recorre el lugar con la mirada. —Perfecto —responde. Me quedo un segundo más de lo necesario mirando cómo se adentra en la habitación, cómo toca el borde del cortinado, cómo respira como si buscara estabilidad. Me doy la vuelta. —Te veo más tarde —digo, antes de cerrar. Camino por el pasillo y siento el peso de mis propios pasos. El impacto de la carta. La responsabilidad. El miedo. La cercanía de ella. Todo mezclado. En el fondo, sé que Valentina piensa que estoy distante. Tal vez lo estoy. Tal vez es mi forma de no romperme. Porque una parte de mí… ya lo sabe: Si ella atraviesa esta casa, esta ciudad, esta historia, no solo como heredera… sino como algo más… yo estaré perdido. Y eso —precisamente eso— es lo que temo que mi carta no me está diciendo. Lo que Salvatore sí sabía. Y lo que ahora, por primera vez, empiezo a sospechar.
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