—Dios… pero ¿cuánta ropa tienes? —se queja entre risas cuando dejamos la última tanda sobre el sofá de lo que ahora es nuestra habitación. Dejo mis cosas y la miro con diversión. —¿Me lo preguntas tú? ¿Acaso no has visto tu habitación aparte solo para la ropa? —replico, imitándole el tono. Sonríe y niega con la cabeza. —Eso es diferente. Tú has comprado todo eso… yo solo vine con un par de maletas. No contesto enseguida. Camino hacia ella despacio, con esa calma que siempre la desarma. La rodeo por la cintura y pego su cuerpo al mío, disfrutando de cómo se le acelera la respiración. —De acuerdo, tu punto es válido —admito—. Pero entiende algo: soy ejecutivo de Salvatore Ferrara. No puedo darme el lujo de usar siempre la misma ropa. Sé exactamente lo que hago cuando dejo la camisa ab

