La puerta del elevador se abre. Y el universo decide reírse de mí. Mateo está ahí. Frente a nosotros. Viéndonos. Viéndome besarla. Nos mira como si acabara de descubrir un incendio en su propia oficina. —¿Podría preguntar qué ha sido eso? —dice, directo, sin parpadear. Valentina y yo salimos del elevador al mismo tiempo, pero en direcciones distintas. Ella va hacia la izquierda, yo hacia la derecha. Separados. Fríos. Calculadores. Intentando fingir que hace dos segundos no estaba devorándole la boca. Puedo sentir su miedo. Y el mío también. Un error así podría arruinarlo todo. Me detengo unos pasos adelante. Valentina se queda quieta en medio del pasillo. Sé que está esperando que yo hable. Sé que debo protegerla. Sé que no podemos confiar en nadie. Y entonces lo digo: —Mateo, claro

