El camino de Lucas hacia la riqueza inició a sus trece años. Había estado jugando durante mucho tiempo con sus amigos, pero sentía que se había estancado al no sentir grandes emociones. A pesar de seguir organizando batallas épicas entre sus compañeros, no lograba hallarse, simplemente carecía de motivación. No tenía ni idea de cómo podía evolucionar, estando en un ambiente en el cuál la mayoría de los muchachos solo entraban para jugar y sentirsen aceptados. No era una pasión tan grande como la que tenía él.
Su hermana resultó teniendo grandes habilidades para las apuestas, pero no le llamaba la atención el mundillo, le parecían actividades divertidas para pasar el rato y a pesar de su corta edad, derrotaba por marcadores humillantes a muchachos que la superaban incluso por más de una década de existencia, pero a su misma vez, se daba cuenta que algunos tenían comportamientos que llegaban a ser hasta enfermizos. Personas que simplemente observaban, perdían el dinero de su recreo diario. Es más, observaba los patrones en dónde uno que otro estudiante apostaba absolutamente todo para recuperar lo que llegaba a perder en la semana y esto, solo se convertía en una situacióne n donde perdía cualquier billete que tuviera en su bolsillo.
Sara apoyaba a su hermano en cualquier torneo que se realizaba y a la hora de aconsejar era la mejor. No era alguien que le dijera directamente en lo que fallaba o las cosas que hacía bien. Tenía un método pedagógico un tanto curioso, porque solo enseñaba los errores por medio de la práctica, así como lo hizo en el torneo de “Mentiroso” dónde le indicó a su hermano que a la hora de mentir tenía un tic pronunciado que cualquier jugador podría aprovechar.
El rumor de que los pequeños eran muy habilidosos en juegos peligrosos llegó al oído de sus padres, quienes sin dudarlo citaron al chico de ya trece y la pequeña de once.
- Hemos oído muchas cosas acerca de ustedes – pronunció el padre. Durante años nos hemos hecho los de la vista gorda porque creíamos que era simple y llana diversión, pero ahora me doy cuenta que incluso entrando a la adolescencia, están convirtiendo a los juegos en un vicio… y eso no lo podré permitir.
- Tranquilo papá, no es como lo piensas – respondió Lucas, quién tomaba la vocería en la sala. Apenas y jugamos con nuestros compañeros en clase, no es algo que te deba preocupar... o concernir.
- Porque te conozco es que te lo digo pequeño. Estoy seguro de que vas a entrar en un ciclo del que no vas a poder salir y sé que no soy tu padre biológico como para que esos comportamientos se hereden, pero yo también tuve una época oscura en dónde me dediqué al juego… y no es algo en lo que quieras entrar de lleno… perdí más de lo que gané, de eso estoy seguro.
- Papá, sé a lo que te refieres, pero ni Sara ni yo pensamos dejar esto. Somos buenos… y hemos hecho algo de dinero – le indicó mientras le pasaba un fajo de billetes de mil dólares.
- ¿Qué significa esto? – preguntó Meryl totalmente paniqueada, sus primeros pensamientos le dictaban que los chicos estaban haciendo cosas ilegales para obtener poder adquisitivo.
- Mamá, no sé de que te sorprendes, sabes de sobra que es dinero que hemos ganado jugando, no somos ladrones ni nada por el estilo.
- Lo sé… pero es mucho dinero, díganme ustedes con quién están apostando esas cantidades tan absurdas. Estas no son cosas que se vean en un colegio normal... ¡Díganme! ¡Por favor!
- No es absurdo, es lo que hemos recogido en todos estos años.
- ¡No me lo creo! A otro perro con ese hueso – amenazó Jonas en un ataque de ira incontenible. Ustedes aún son niños, deberían estar disfrutando de su vida en vez de andar organizando apuestas con gente mucho mayor que ustedes… no saben el riesgo que están corriendo. De ahora en adelante les prohíbo que apuesten una vez más y si me llego a enterar de que andan en esos pasos ¡Se las verán conmigo!
- Su padre tiene razón niños. No sé cómo han conseguido esa cantidad tan bárbara, pero lo mejor será que lo devuelvan y empiecen a enfocarse más en sus estudios. El decano del colegio no está para nada contento con sus resultados… además, sospechan que la adicción por el juego se ha estado expandiendo en varios chicos. Me han hablado madres, que están preocupadas porque mucho del dinero que se destina para los gastos diarios están desapareciendo y aún se niegan a creer lo que está pasando... al igual que yo.
- Mamá, esto no es un virus ni nada por el estilo. Son simples juegos, el que quiera poner en juego algo lo hace, el que no pues simplemente observa. Cada quién es libre de jugar y nadie es obligado, pero si su deseo es que deje de participar en todo esto… lo haré, no quiero tener más problemas con ustedes y menos que se lleven una gran decepción.
- A menos – interrumpió sin aviso la pequeña Sara. De que por esta vez se hagan los de la vista gorda de nuevo.
- ¿Por qué crees que haríamos eso? De ti es de quién estoy más decepcionada, apenas eres una niña para estar metida en una cosa de esas… no lo puedo creer ¿En qué fallé como madre?
- No digas eso mamá – respondía con voz tierna. Lo que pasa, es que participaremos en un torneo y el premio son nada más y nada menos que un millón de dólares… justo lo que necesitan para pagar la hipoteca de la casa ¿O me equivoco?
Las miradas cómplices de los adultos indicaba que la información era cierta.
El silencio otorga.
- Ya veo, entonces sí necesitan el dinero – sentenció Lucas.
- No… no es así, necesitamos que se enfoquen en sus estudios y nada más. No tengo problema en seguir trabajando para sacar esta casa a flote, pero necesito que ustedes se enfoquen en el presente y no en andar incitando reuniones clandestinas para apostar dinero, además ¿Un torneo? ¿Un millón de dólares en juego? ¿Quién patrocina eso? ¿La mafia?
Al parecer sí. En Nueva York existía una organización criminal de origen ruso llamada Falvok. Habían trabajado de manera muy discreta y hasta ahora no estaban en la mira de las diferentes agencias estadounidenses. Mantenían bajo perfil en lo que a venta de elementos ilegales se refería. Con sus conexiones en Europa y la mayoría de los agentes internacionales sobornados, estaban teniendo un éxito brutal, llegando a facturar millones de dólares en apenas semanas.
Pero algo con lo que les encantaba legalizar el dinero era con los casinos. A menudo montaban alguno que otro local en dónde invertían un montón de dinero para que fuera una casa seria de apuestas, luego de que se consolidara y ganara algunos millones de dólares, la liquidaban y hacían pasar toda aquella ganancia como legal.
Nikolas, el antiguo compañero de juego de Lucas, ya era universitario para la fecha. A pesar de eso, no había dejado de hablarse con su pequeño rival, con el que al final forjó una gran amistad. Seguía metido en el tema de las apuestas de manera más discreta. No era un jugador empedernido de cartas. Si al caso apostaba a partidos de fútbol americano o a carreras de caballo, en dónde había tenido algo de suerte. Con apenas veinte dólares, había logrado obtener poco más de miles de dólares simplemente acertando el marcador exacto de la final de la liga de fútbol americano. Con ésto, se había dedicado a estudiar ingeniería de sistemas y un pequeño emprendimiento de desarrollo de videojuegos estaba viendo la luz.
El chico que ya lucía una barba bien cuidada y poblada, nada que ver con esa pelusa que portaba en su adolescencia, le indicó a Lucas que una casa de apuestas abriría esa semana y se rumoreaba que habría varios concursos, en dónde el premio mayor sería de un millón de dólares. Todo muy misterioso, pero los rumores que se esparcían databan de que eran famosos millonarios que realizaban anualmente éstas apuestas, así que las personas no temían ir allí.
A pesar de la corta edad de los hermanos Fair, las personas que organizaban el torneo eran criminales sin escrúpulos, que omitían muchos detalles.
Los pequeños estaban lejos de saber en dónde se estaban metiendo.
El día del torneo, Lucas avisó a su hermana para que se fueran corriendo antes de que sus padres llegaran del trabajo.
- ¿Crees que es buena idea? – preguntaba Sara indecisa.
- Lo es, tenemos que ir, nuestros padres están atrasados en sus pagos, debemos ayudarles al menos con eso.
- ¿Y si se enteran?
- ¿Si nos enteramos de qué? – se escuchó la voz de Jonas, quién había llegado más temprano de lo habitual.
- De… de nada papá, es que ¡Lucas perdió un examen!
- ¡Sí eso es! ¡Lo siento mucho! Las matemáticas no son lo mío…
- ¿Es enserio Lucas? No puede ser que esto siga pasando, necesitamos al menos costear un profesor particular… Por cierto ¿A dónde van? ¿Irán a jugar verdad?
El ambiente se vio envuelto en silencio absoluto.
- Díganme… si ya no puedo hacer nada para detenerlos, sólo les pediré una cosa.
El hermano mayor se sorprendió.
- ¿Qué?
- Ganen. Si es cierto lo que hablan de ustedes, estoy seguro de que se pueden traer ese premio a casa… bastante que lo necesitamos.