DALIA

1879 Palabras
2011 Cuando era niña mi madre me dijo que tenía una mente sin límites. Creo que fue alrededor de los nueve cuando entendí a lo que se refería, a esa edad también, entendí muchas otras cosas más. Tenía –o tengo más bien dicho- un árbol favorito, un roble japonés o conocido científicamente como Quercus acuta. Estuvo en el patio trasero de mi casa mucho antes de que yo naciera, y cuando empecé el jardín de infantes descubrí lo que era escalar. Fue una casualidad, realmente no estaba en mis planes, solo que esa tarde mi pelota se había quedado atorada en una de sus ramas y la idea de ir a buscarla yo misma se me cruzo. Fue así, donde comenzó mi travesía. Todos los días, a la misma hora subía por el árbol, llevaba una pequeña mochila azul conmigo y merendaba allí arriba mientras que leía cuentos o revistas. Ahí arriba cree las historias más fascinantes, mi mente viajaba creando personajes, mundos e historias, me quedaba horas arriba, pensando en todo, descubriendo el mundo que había inventado sin siquiera salir de mi casa. A medida que fui creciendo, no solo escribía historias en el árbol, sino en cualquiera lado que fuera. Mi mente se convirtió en mi lugar favorito, y pronto deje de ver importante la compañía de otros niños. Nunca fui muy comunicativa, jamás me gusto los lugares grandes, ni la gente reunida, ni socializar, tampoco sabía muy bien hacerlo y eso me daba problemas. Así que a la corta edad de siete años comenzaron a molestarme por eso, las niñas eran malas y tiraban mis útiles, los niños se burlaban diciendo que era rara, y en ese entonces a pesar de que no entendía sus razones, comprendí que me sentía mejor estando sola. A los nueve decidí que quería ser escritora. Eso fue cuando hablando con mi abuela, le conté sobre mis cuentos y ella me dijo que podría ser una famosa escritora si seguía ese camino. Así que a esa edad entendí porque mi mente era ilimitada, que es lo que quería convertirme de grande, y que ser quien era, me traería problemas. Fue así como a los 18 entré a la universidad de Dal-hayan, a la carrera de literatura, donde comenzaría mi camino a ser una gran escritora. Ahora con 19 años, estudiante de segundo año, podía decir que muchas cosas han cambiado gracias a ese paso. A comparación de mi secundario, tenía más amigos –o bueno, para mi así lo era-. En secundaria solo tuve un mejor amigo, que lastimosamente se mudó, pero ahora tenía una mejor amiga llamada Kim Hana, estudiante de artes y la mejor persona que he conocido. Ella me entiende y jamás me ha juzgado, nunca tuve amigas, porque las niñas con las que me juntaba no eran precisamente amigas. Eran compañeras de curso, era mi primer año de secundario y no tenía nadie con quien juntarme. Fue solo un año en el que estuve atrás de ese grupo de tres chicas fanáticas del kpop, hasta que por una bola de causas que se juntaron, la amistad se terminó. Fue algo mutuo, ninguna estaba cómoda con esa relación. Al final terminaron criticando todo de mí, y me quede sola –no me quejaba de todas formas-, ellas jamás han sido muy agradables pero era mejor pasar los recreos casi acompañada, que sola. A los catorce conocí a mi mejor amigo Minho, y las cosas parecieron mejorar aunque todas mis relaciones en el colegio fueran un asco. Conocerlo fue lo único bueno en ese montón de chicos estúpidos. Pero se fue, y cuando yo estaba cursando primer año de universidad, él estaba en su último año de secundaria en los Estados Unidos. De eso ya paso un año, y ahora estaba a tan solo un día de empezar mi segundo año. — ¿Hija? —Miré hacia abajo, y sonreí de lado al ver a mi madre con las sabanas colgando en los hombros, buscándome con la mirada. —Vamos a cenar, baja cariño. —Voy mamá. —Exclamé y me apresuré a bajar del árbol. Mi madre, era la mujer más dulce del planeta, solo con verla u oírla desprendía un encanto que te hacia quererla sin darte cuenta. Todo lo contrario a mí, que se espantaban al verme hiperventilando con un solo intento de socializar. A mi mamá la amaban todos en el barrio, y ni hablar de la clínica psiquiátrica donde trabajaba como cocinera. Hacia felices a los pacientes con sus deliciosas comidas, tenía un don para agradarles a todos. Ella era mi heroína. Y aunque mucha gente la quiera, sé que no se compara al amor que le tengo. Me ha salvado tantas veces, que no tengo dedos para contarlos, ni gracias para darle. Supongo que el trabajo de una madre es proteger y amar a sus hijos, pero sé que no todos toman ese trabajo, y ella lo ha tomado con tanto cariño que hasta hoy me sorprende. ¿Cómo cabe tanto amor dentro de una persona? No lo sabía, pero hasta mi último día le compensaría. No por deudas, sino por amor. Pisé tierra firme y caminé hacia la puerta trasera que daba al lavadero. Crucé el pequeño espacio hacia la otra entrada y llegué a la cocina, donde mi padre agarraba los vasos y mi madre servía en el último plato carne de cerdo asada. —Llevo el jugo. —Avisé agarrando la jarra, pase por el umbral y llegué al comedor, donde la mesa estaba casi lista. La luz escasa entraba por la ventana y pegaba a la mesa. Poco a poco anochecía. — ¡Aquí está la comida!—Anunció mi madre entrando al comedor, mi papá la siguió por detrás con los vasos y me apresuré a sentarme. —Se ve delicioso mamá. —Dije inclinándome un poco sobre la mesa para ver de cerca el cerdo picante humeante en el centro de la mesa, al lado había un tazón de arroz blanco y otro del otro extremo con lechuga fresca. Y no solo eso, habían dos platillos más, Kimchi y Namul. La boca se me hizo agua al imaginar la explosión de sabores que produciría la carne picante de cerdo y el arroz con Kimchi en mi boca. —Ya quiero probarlo. —Aquí tienes. —Le dijo su madre sirviéndome un plato de arroz. Agarré los palillos y tome algunos pedazos de carne y un poco de Kimchi para revolverlo todo. Al final tome una cuchara y metí un gran bocado a la boca. — ¿Esta rico? —Me preguntó con una dulce sonrisa y asentí con emoción. —Exquisito. Tus manos son un regalo del cielo. —La alagó mi padre haciendo sonrojar a mi madre, que ante el comentario golpeó ligeramente su hombro. —Deja de decir tonterías y come. Mi padre y yo, solo reímos. A mi madre no le gustaba muchos los halagos, la hacían sentir avergonzada, por lo tanto solía esquivarlos y si provenía de mi padre, lo golpeaba. Al finalizar la cena, me fui a mi habitación. No era muy grande, pero era cómodo, tenía las paredes blancas, las cortinas azul Francia, poster de lobos, uno grande de Jacob Black en su forma lobuna. Solo me gustaba crepúsculo por él, es que era tan atractivo. En otra pared había cuadros míos –intentos de dibujos y pinturas de lobos-. En la cama de edredón azul y almohadones celestes y blancos, había peluches y adivinen que, también eran lobos. Tenía una obsesión con ellos, eran mi principal interés. Mi estantería de libros contenía información de ellos y algunas novelas de hombres lobos. Así que me acerque a ellos, y tome el libro que estaba pronto a terminar. Salí de mi habitación y me choque con papá en el comedor que llevaba una lata de cerveza fría en la mano y al verme estiró una sonrisa nerviosa. —No le diré a mamá. —Comenté. — ¿Vas a la terraza? —Preguntó viendo el libro entre mis manos. Asentí y el agregó. —Te acompaño, quiero disfrutar un tiempo contigo antes de que te vayas mañana. La relación con mi padre era más de cómplices. El guardaba secretos míos que mamá no podía enterarse, nada importante, -a menos que haber destruido accidentalmente su jarrón favorito sea un delito grave-. No entiendo porque las madres tienen gustos tan peculiares... a menos que solo la mía tenga un jarrón favorito. Y bueno, el único en saber fue mi padre, pero juro no decirle a nadie a cambio de que yo no delatara con mamá cuando lo viera bebiendo a escondidas. — ¿Estas nerviosa por mañana? —Preguntó el, dándole un sorbo a su lata. Me encogí de hombros. No estaba segura. —No sé, supongo. No tanto como el año anterior, creo que ya me adapte. —Si. Te ha costado, nos has llamado varias noches llorando y no fue sencillo lidiar con un montón de jóvenes ruidosos. ¿Pero estas mejor no? Jóvenes ruidosos. Era un término general, dicho más que nada a la gente extravagante y chillona. No me malinterpreten, no es que quisiera ser grosera ni nada, solo que siempre me ha gustado la gente tranquila. Soy sensible a los ruidos, a las texturas, a los olores, básicamente a muchas cosas y en su gran mayoría no me agradaban. Me alejaba de este tipo de gente y prefería rodearme de gente silenciosa –como las que están en la biblioteca- allí todos respetan el silencio, son calmados y eso me tranquiliza. Poco a poco fui acostumbrándome a la universidad, porque para adaptarme tampoco soy buena, lo rechazo pero me esfuerzo aun así. Busque mi propio espacio en el gentío y forme mi cómodo mundo para sobrellevar la convivencia. Sí, yo tenía ciertas dificultades y no las había escogido, sin embargo debía aprender a manejarlo, o si no sería una recluida social, viviría lejos de la comunidad como una inadaptada. Y no era lo que quería, quería enseñarle al mundo y a mí misma que nacer con la misma condición que tenía no te reprimía de hacer lo que quieras y lo que sueñas. Si bien costaba un poco más, no era imposible. —Ya sabes cómo es esto. Si quiero ser una gran escritora algún día debo estar preparada para lo que sea. —Y lo serás, lo lograras. — Me sonrió alzando ligeramente su cerveza como un símbolo de que iba a cumplirse. Cómo deseo que así sea. Sonreí de lado. No descansaría hasta lograr mi sueño. —Los voy a hacer sentir orgullosos. Mi padre soltó una breve risa y negó. Me confundió unos segundos, ¿No era suficiente acaso? Fruncí el ceño tratando de hallar el significado de sus gestos, pero fue interrumpida por su cálido brazo rodeando mis hombros y al instante sentí su mano guiar mi cabeza hacia su pecho. Sonreí y cerré los ojos cuando sus labios se pegaron a mi cabello en un tierno beso. —Eso ya lo eres. — Me susurró. —Aunque decir que soy el padre de la escritora más famosa del país no suena mal. —Me soltó y alzó las cejas hacia arriba un par de veces con picardía. —Podrás presumir todo lo que quieras. —Le dije sonriéndole. —Podre presumir mucho más. —Corrigió. Sin duda esos momentos con el eran los más dulces. Mis padres eran todo lo bello que tenía en mi vida, y quería hacerlos felices, quería que todo lo que han sacrificado y trabajado por mí, un día valiera la pena. No sabía que cosas me esperarían en el mañana, pero no dejaría que nada ni nadie me detenga, iba a cumplir mi sueño contra todo pronóstico, como decía mi madre.   
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