Cuando me desperté a la mañana siguiente, la manta que Everest y yo compartíamos estaba enredada entre nuestros cuerpos. Mantuve los ojos cerrados, escuchando su respiración tranquila y el constante sonido de su corazón latiendo junto a mí. Moví mi mano y sentí su pecho debajo de ella. Sonreí y abrí los ojos. Mi cabeza descansaba donde su pecho y hombro se encontraban, y juro que era mejor que cualquier almohada. Incliné la cabeza hacia atrás y besé su mandíbula. Lentamente salí de sus brazos y fui a ducharme. Me preparé y cuando salí de la ducha, Everest estaba sentado en nuestra cama. Su cabello lucía despeinado y por el aspecto de sueño que aún quedaba en su rostro, acababa de despertarse. Tenía una sonrisa adormilada mientras me observaba. —Buenos días, guapo —Le sonreí. Aunque recié

