Las puertas de la sala de juntas se cerraron con un leve clic que resonó en el silencio tenso de la oficina. Cada uno de los presentes pareció contener el aliento, mientras Vincent se erguía allí, con su presencia imponente y serena, pero con una calma que no hacía más que aumentar la incomodidad de los demás. Abby, sentada junto a Bastián, sintió cómo el calor subía por su cuello, y su corazón latía con fuerza, las palabras amenazaban con salir de su boca como veneno en un torrente de pura rabia. Era como si el suelo bajo sus pies temblara, se sentía conmocionada e impotente, y sus ojos, centelleantes de furia, no abandonaban ni un segundo la figura de Vincent, sin poder creer que se atreviera a pisar el edificio una vez más. Bastián permanecía a su lado, inmóvil, pero la ri

