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La verdad es que Paige y yo estamos acostumbradas a que nos miren. Yo solía simplemente ignorar a la gente, pero Paige siempre les sonreía a los curiosos desde su silla de ruedas. Casi siempre le devolvían la sonrisa. El encanto de Paige era difícil de resistir.
Antes.
Mamá empieza a recitar una letanía en su idioma inventado. Esta vez me mira mientras murmura, como si me estuviera rezando a mí. Los sonidos guturales que salen de su garganta dominan el ruido de la multitud. Mamá tiene una capacidad especial para incrementar el horror de cualquier situación, incluso a plena luz del día.
—Muy bien, todos fuera de los vehículos —ordena Obi con una voz autoritaria. Mide casi dos metros, tiene los hombros amplios y un cuerpo musculoso, pero es su presencia imponente y su confianza en sí mismo lo que lo distingue como el líder de la Resistencia. Todo el mundo lo observa y escucha mientras camina entre los vehículos, con el aspecto de un comandante militar de verdad en una zona de guerra—. Vacíen los camiones y caminen hacia el edificio. No se expongan al cielo abierto mientras les sea posible.
Eso anima a la gente, que empieza a saltar de los camiones. Los tipos de nuestro vehículo se empujan unos a otros con tal de alejarse de nosotras.
—Conductores —llama Obi—, cuando los camiones estén vacíos, muevan sus vehículos y estaciónenlos cerca de aquí. Ocúltenlos entre los demás autos abandonados o en algún lugar que sea difícil de ver desde arriba —camina a través del río de refugiados y soldados, dándole un propósito y un sentido a quienes de otra manera estarían perdidos por completo—. No quiero que quede ningún rastro de que esta zona está ocupada. Debe parecer que el área está abandonada en un radio de dos kilómetros.
Obi se detiene cuando ve a Dee y Dum de pie uno al lado del otro, mirándonos.
—Señores —dice. Dee y Dum salen de su trance y voltean a mirar a Obi—. Por favor, muestren a los nuevos reclutas a dónde deben ir y qué deben hacer.
—Correcto —dice Dee, saludando a Obi con una sonrisa traviesa.
—¡Novatos! —grita Dum—. Los que no tengan idea de lo que tienen que hacer, sígannos.
—Pasen por aquí, chicas —dice Dee.
Supongo que se refiere a nosotras. Me levanto con dificultad y automáticamente me agacho para ayudar a mi hermana, pero me detengo antes de tocarla, como si una parte de mí creyera que es un animal peligroso.
—Vamos, Paige.
No sé qué haría si Paige no se mueve. Pero ella se levanta y me sigue sin chistar. No creo que logre acostumbrarme a verla caminar sobre sus propias piernas.
Mamá también nos sigue, sin dejar de recitar sus plegarias. Me parece que son más fuertes y más fervientes que antes.
Las tres nos incorporamos al flujo de recién llegados que camina tras los gemelos.
Dum camina hacia atrás, mirándonos de frente mientras habla con nosotros.
—Vamos a entrar a una escuela preparatoria, donde nuestros instintos de supervivencia siempre están en su máxima expresión —bromea.
—Si los ataca el impulso de grafitear las paredes o golpear a su profesor de matemáticas —dice Dee—, háganlo donde las aves no puedan verlos.
Caminamos a un lado del edificio principal de adobe. Desde la calle, la escuela parece pequeña. Detrás del edificio principal, sin embargo, hay todo un campus de edificios modernos conectados por pasarelas techadas.
—Si alguno de ustedes está herido, debe acudir a este magnífico salón de clases —Dee abre la puerta más cercana y se asoma. Es un salón de clases con un esqueleto de tamaño natural colgando del techo—. Huesos les hará compañía mientras esperan al médico.
—Y si alguno de ustedes es médico —dice Dum—, sus pacientes lo están esperando ansiosamente.
—¿Somos todos? —pregunto de repente—. ¿Nosotros somos los únicos sobrevivientes?
Dee mira a Dum.
—¿Las chicas zombis tienen permiso de hablar?
—Sólo si son guapas y están dispuestas a pelear en el barro contra otras chicas zombis.
—Amén, camarada.
—Esa es una imagen desagradable —les lanzo una mirada de pocos amigos, pero en el fondo estoy contenta de que no estén asustados por mi regreso de entre los muertos.
—No elegiríamos a las zombis en estado de descomposición, Penryn. Sólo elegiríamos a las que estén frescas y recién resucitadas, como tú.
—Sólo que con las ropas rasgadas, y demás.
—Y con hambre de peeeeechos.
—Quiso decir cerebros.
—Sí, eso.
—¿Podrían contestar a su pregunta, por favor? —pregunta un hombre con anteojos sorprendentemente intactos. No parece estar de humor para bromas.
—Bien —dice Dee, repentinamente serio—. Este es nuestro punto de encuentro. Los demás nos encontrarán aquí.
Seguimos caminando bajo la débil luz del sol y el tipo de los anteojos termina en la parte de atrás del grupo.
Dum se inclina hacia Dee y le susurra en voz suficientemente alta para que yo pueda escucharlo:
—¿Cuánto quieres apostar a que ese tipo estará en primera fila apostando en la pelea de chicas zombis? —intercambian sonrisas y se guiñan un ojo.
El viento de octubre se filtra a través de mi blusa. No puedo dejar de buscar a un ángel en particular en el cielo, con alas de murciélago y un sentido del humor bastante cursi. Me obligo a bajar la mirada al suelo.
Las vitrinas de los salones de clases están cubiertas de carteles y avisos sobre los requisitos para ser admitido en el colegio. Otra vitrina muestra estantes llenos de obras de arte de los estudiantes. Figuras de arcilla, madera y papel maché de todos los colores y estilos cubren cada pulgada de la vitrina. Algunas son tan buenas que me da tristeza pensar que estos niños no van a crear obras de arte en mucho, mucho tiempo.
Mientras caminamos a través de la escuela, los gemelos se quedan cerca de mi familia. Yo dejo pasar a Paige y a mamá, pensando que no es una mala idea que Paige camine delante de mí, donde puedo cuidarla. Ella camina rígidamente, como si todavía no estuviera acostumbrada a sus piernas. Yo tampoco estoy acostumbrada a verla así, y no puedo dejar de mirar los puntos de sutura que recorren todo su cuerpo y la hacen parecer una muñeca de vudú.
—¿Así que esa es tu hermana? —pregunta Dee en voz baja.
—Sí.
—¿Por la que arriesgaste tu vida?
—Sí.
Los gemelos asienten cortésmente de forma automática, como hace la gente cuando no te quiere ofender.
—¿Y su familia es más normal? —les pregunto.
Dee y Dum se miran el uno al otro.
—Nah —dice Dee.
—No, la verdad no —dice Dum al mismo tiempo.
Nuestra nueva casa es un salón de historia. Las paredes están cubiertas de líneas del tiempo y carteles que relatan la historia de la humanidad. Mesopotamia, la Gran Pirámide de Guiza, el Imperio otomano, la dinastía Ming. Y la Peste Negra.
Mi profesor de historia nos contó que la peste acabó con casi el sesenta por ciento de la población de Europa en poco tiempo. Nos pidió que imagináramos cómo sería que el sesenta por ciento de nuestro mundo estuviera muerto de repente. No me lo pude imaginar en ese momento. Me pareció tan irreal.
Creando un extraño contraste, encima de todos los carteles de historia antigua, cuelga la imagen de un astronauta en la luna con la Tierra azul flotando detrás de él. Cada vez que veo esa pelota de azul y blanca en el espacio, pienso que debe ser el mundo más hermoso de todo el Universo.
Pero eso también me parece irreal ahora.
Afuera, los motores de más camiones retumban cuando llegan al estacionamiento. Me acerco a la ventana para verlos y mamá comienza a empujar pupitres y sillas a un lado para hacernos espacio. Me asomo y veo a uno de los gemelos llevar a los aturdidos recién llegados hacia la escuela, como el flautista de Hamelín.
—Hambre —dice mi hermana detrás de mí.
Me tenso de inmediato y tengo que guardar toda clase de ideas horribles en la bóveda en mi cabeza.
Veo el reflejo de Paige en la ventana. En la imagen borrosa sobre el cristal, ella mira a mamá como cualquier otro niño miraría a su madre, en espera de la cena. Pero su cabeza parece distorsionada por una curva en el cristal, enfatizando las puntadas negras que surcan su rostro y alargando sus dientes afilados.
Mamá se inclina y acaricia el cabello de su pequeña. Luego comienza a tararear su inquietante canción de disculpa.