Capítulo 4

1701 Palabras
4 Cuando abro los ojos, lo primero que veo es a mi madre sacar algo del bolsillo de su suéter. Lo pone en el alféizar de la ventana por la que se filtra la luz de la mañana. Es una sustancia viscosa amarillo-marrón y pedazos de cáscaras trituradas de huevo. Es muy cuidadosa y trata que cada asquerosa gota se quede en el alféizar. Paige respira de manera uniforme, como si todavía fuera a estar dormida por un rato. Yo trato de quitarme el mal sabor de boca de mi sueño, pero una parte se queda conmigo. Alguien llama a la puerta. La puerta se abre y la cara llena de pecas de uno de los gemelos se asoma en nuestro salón de clases. No sé cuál de ellos es, así que lo llamo Dee-Dum en mi cabeza. Su nariz se arruga con asco cuando huele los huevos podridos. —Obi quiere verte. Tiene algunas preguntas que hacerte. —Genial —respondo con modorra. —Ven. Será divertido —Dee-Dum me dedica una sonrisa demasiado brillante. —¿Qué pasa si no quiero ir? —Me caes bien, chica. Eres una rebelde —se apoya en la marco de la puerta y asiente con aprobación—. Pero, para ser honesto, nadie tiene la obligación de alimentarte, cobijarte, protegerte, ser amable contigo, tratarte como a un ser humano… —Está bien, está bien. Ya entendí —me arrastro fuera de la cama, contenta de haber dormido vestida. Mi espada cae al suelo con un ruido sordo. Se me había olvidado que la tenía conmigo debajo de la manta. —¡Shhh! Vas a despertar a Paige —susurra mi madre. Los ojos de Paige se abren al instante. Ella yace allí como un muerto, mirando al techo. —Linda espada —dice Dee-Dum casualmente. Se enciende una alarma en mi cabeza. —No tan buena como una picana —bromeo. Casi espero que mamá trate de asustarlo con su picana, pero ésta cuelga inocentemente de una esquina de su catre. Me siento más culpable cuando me doy cuenta de cuánto me alegra que mamá tenga la picana en caso de que necesite defenderse de… alguien. Más de la mitad de las personas en el campamento llevan algún tipo de arma improvisada. La espada es una de las mejores y me alegra no tener que explicar por qué la tengo conmigo. Pero una espada llama más atención de la que me gustaría. La recojo y me la cuelgo en la espalda para evitar que el gemelo trate de tocarla. —¿Ya le pusiste un nombre? —pregunta Dee-Dum. —¿A quién? —A tu espada —lo dice como si estuviera hablando con alguien idiota. —Ay, por favor. ¿Tú también vas a empezar con eso? —busco entre el montón de ropa que mamá recogió anoche. También trajo una botellas de refresco vacías y más basura de quién sabe dónde, pero me alejo de ese montón. —Yo conocí a un tipo que tenía una catana. —¿Una qué? —Una espada samurai japonesa. Magnífica —se toca el corazón como si estuviera enamorado—. Le puso Espada de Luz. Hubiera vendido a mi abuela por esa espada. Asiento como si le creyera. —¿Puedo ponerle un nombre a tu espada? —No —encuentro unos jeans que parecen de mi talla y un calcetín. —¿Por qué no? —Porque ya tiene nombre —sigo buscando el otro calcetín en el montón de ropa. —¿Cómo se llama? —Osito Pooky. Su rostro juguetón se torna serio de repente. —¿Tu increíble espada de coleccionista, fabricada para mutilar y matar, diseñada específicamente para obligar a tus enemigos a rendirse de rodillas y además provocar el lamento de sus mujeres… se llama Osito Pooky? —Sí. ¿Te gusta? —Incluso bromear acerca de eso es un crimen contra la naturaleza. Lo sabes, ¿verdad? Estoy tratando desesperadamente de no hacer un comentario sexista, pero me lo pones muy difícil. —Sí, tienes razón —me encojo de hombros—. Podría llamarla Toto o Fido en vez de Osito Pooky. ¿Qué opinas? Me mira como si estuviera más loca que mi madre. —Me equivoco, ¿verdad? No tienes una espada en esa vaina, ¿cierto? Tienes un perro chihuahua. —Me pregunto si podré encontrar una vaina rosa para Osito Pooky. Tal vez una con listones y brillantina. ¿Qué te pasa? ¿Es demasiado? Sale del salón negando con la cabeza. Es demasiado fácil hacerlo enojar. Me tomo mi tiempo vistiéndome y alistándome antes de seguir a Dee-Dum. El pasillo está tan lleno como un estadio de béisbol durante la Serie Mundial. Dos hombres de mediana edad intercambian una supuesta pluma de ángel por un bote de píldoras. Supongo que esta es la versión del tráfico de drogas del nuevo mundo. Otro hombre muestra lo que parece un dedo meñique, luego lo retira cuando un chico trata de quitárselo. Comienzan a discutir en voz baja. Un grupo de mujeres camina protegiendo unas latas de sopa como si llevaran un tesoro en sus brazos. Observan a todo el mundo nerviosamente mientras se abren paso por el pasillo. Al lado de la puerta principal, un par de personas con las cabezas rapadas pegan volantes del culto del apocalipsis. En el exterior, el jardín está desierto y lleno de basura. Cualquier persona que mire hacia abajo desde el cielo asumiría que este edificio está tan abandonado como cualquier otro. Dee-Dum me cuenta entre risas que los altos mandos de la Resistencia se han apoderado del salón de profesores y que Obi ocupa la oficina del director de la escuela. Caminamos hacia el edificio principal de adobe donde está instalado Obi, con cuidado de no ser vistos desde el cielo, incluso cuando eso significa que tenemos que ir por un camino más largo. El vestíbulo y los pasillos del edificio principal están más abarrotados de gente que los del mío, pero la gente de aquí parece tener un propósito real. Un tipo camina con prisa por el pasillo arrastrando unos cables detrás de él. Varias personas mueven escritorios y sillas de una habitación a otra. Un chico adolescente empuja un carrito con montones de sándwiches y jarras de agua. Cuando pasa a su lado, la gente coge la comida y las bebidas como si tuvieran el derecho de hacerlo sólo por trabajar en este edificio. Dee-Dum toma un par de sándwiches y me da uno. Así de fácil, de repente soy parte del grupo en el poder. Me como mi desayuno antes de que alguien se dé cuenta de que no pertenezco aquí. Pero casi me atraganto con el sándwich cuando me doy cuenta de algo. Los cañones de las armas que llevan estas personas son muy largos. Se parecen a los silenciadores que los asesinos atornillan a sus rifles en las películas. Si nos atacan los ángeles, el ruido de las armas no importaría porque ellos ya sabrían dónde estamos. Pero si nos disparamos unos a otros… La comida en mi boca de repente me parece fría y viscosa y el pan duro como una piedra, en vez de la sorpresa deliciosa que era hace un momento. Dee-Dum me guía a través de una puerta. —… todo mal —dice una voz masculina desde el interior de la habitación. Hay varias filas de personas sentadas frente a decenas de computadoras, totalmente inmersas en sus pantallas. No he visto nada como esto desde antes del ataque. Algunos de los programadores son todo un espectáculo, con sus anteojos de chicos buenos y sus tatuajes de pandilleros. Hay más personas instalando nuevas computadoras en las filas de atrás y conectando grandes pantallas en frente del pizarrón. Parece que la Resistencia ha descubierto la manera de mantener una fuente de energía eléctrica constante, al menos en esta habitación. En el centro de toda la actividad está Obi. Una hilera de gente lo sigue a todas partes, esperando su turno para hablar con él. Otras personas parecen dividir su atención entre él y alguna otra actividad. Boden está de pie a su lado. Su nariz todavía está hinchada de nuestro pequeño encuentro hace unos días. Quizá la próxima vez se dirija a las personas como si fueran seres humanos en lugar de tratar de intimidarlas, incluso si son chicas pequeñas como yo, que pueden parecer un blanco fácil. —Sólo fue un ajuste en los planes, no una metedura de pata —se defiende Boden—. Y no se trató de una “traición a la humanidad”. ¿Cuántas veces tengo que explicártelo? Sorprendentemente, hay una canasta de chocolates y golosinas en la puerta. Dee-Dum agarra dos y me entrega uno. Cuando siento la barra de Snickers en mi mano entiendo que los gemelos me consideran una de las suyas. —Adelantarse a la acción no es un ajuste en los planes, Boden —dice Obi mientras mira un documento que le entregó un soldado—. No podemos ejecutar una estrategia militar permitiendo que un simple soldado decida el momento sólo porque no puede mantener la boca cerrada y ya gritó todos los detalles a los cuatro vientos. Cada mendigo en la calle y hotelero vendido lo sabía. —Pero no fue… —Tu culpa —dice Obi—. Lo sé. Me lo has dicho hasta el cansancio —Obi mira en mi dirección mientras escucha lo que tiene que decirle el siguiente en la fila. Después de fantasear con el sabor de la barra de chocolate por un momento, la guardo en el bolsillo de mi abrigo. Tal vez pueda lograr que Paige se la coma. —Puedes retirarte por ahora, Boden —Obi me hace una señal para que me acerque. Boden me lanza una mirada asesina cuando paso a su lado. Obi me sonríe con gusto genuino. La mujer que seguía en la fila me observa con algo más que sólo curiosidad profesional. —Me alegra verte de nuevo con vida, Penryn —dice Obi. —Me alegro de estar viva —le contesto—. ¿Estás organizando un club de cine? —Estamos estableciendo un sistema de vigilancia a distancia en toda la Bahía —dice—. De algo tenía que servir tener a tantos genios de la computación en Silicon Valley. Están consiguiendo que lo imposible sea posible de nuevo. Uno de los hombres sentados frente a una pantalla grita: —¡La cámara veinticinco está funcionando! Los otros programadores siguen tecleando en sus computadoras sin inmutarse, pero puedo sentir su emoción inundando la habitación. —¿Qué estás buscando? —pregunto. —Cualquier cosa interesante —dice Obi. —¡Encontré algo! —grita un programador en la parte de atrás—. Ángeles en la carretera de Sunnyvale. —Ponlo en la pantalla de enfrente —ordena Obi. Una de las pantallas al frente del salón de clases se enciende.
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