Capítulo treinta y dos Sus besos son una droga para mí. Lo confirmo. Amir lleva sus manos a mi cintura y lentamente me despega de su cuerpo —tranquila, irresistible —revuelve mi cabello y camina hacia el armario. Junto mis cejas, ¿qué le pasa? Está extraño. Camino detrás de él como puedo y lo veo quitarse la ropa en frente mío —eh, no sé que decir, ¿cómo has estado? ¿Cómo la has pasado sin mí? Voltea y con paso demandante pasa a mi lado, camino detrás de él hasta el baño y me asiento en la encimera, quita la toalla de su cuerpo y se mete a la regadera —mal, lo he pasado muy mal y tengo que contarte cosas, pero primero déjame relajarme, hoy fue un día muy agotador. —Ya veo —observo su perfil y como las pequeñas gotas de agua bajan por su piel —si te es gratificante yo tampoco me he

