Capitulo 8

599 Palabras
Tenía varias ideas ya tachadas...no sabía de qué hablar. Que personaje sería tan dichoso y satisfactorio para hablar de él y contar su historia, mi estómago comenzó a hacer un ruido hace casi media hora. Había olvidado tomar algo para traer de comer. Había salido tan apresurada de casa esta mañana que lo había olvidado, por completo. Sin nombrar la urgencia del Sr. Ferragni al solicitar mi asistencia para tratarme como su secretaria, dios, compadezco ahora a Rosie. Como era la hora del almuerzo y no tenía nada, preferí tomar una taza de café y quedarme a buscar más información. Mi móvil comenzó a sonar en alguna parte de mi bolso. Lo alcancé y comencé a buscarlo. — ¿Hola? — pregunté mientras miraba la pantalla de la laptop para encontrar algo interesante y comenzar algo muy pronto. — ¿Porque no dejas de hacer lo que estás haciendo y bajas para buscarme y ver dónde has estado toda la mañana? — la ronca voz de Carlos hace que una sonrisa, su sonrisa aparezca en mi rostro. —Estaré en unos minutos ahí. —le digo, cerrando la laptop y luego saliendo del pequeño cubículo que me habían dado. Caminé con decisión hasta el ascensor colgando mi bolso en mi hombro, cuando estoy llegando a uno de los tres ascensores, las personas salen y este queda vacío. Me meto y presiono el botón que me conducirá hacia abajo, las puertas se van cerrando cuando escucho a alguien gritar que lo detenga. Lo hago y cuando se mete conmigo en el estrecho lugar mi sonrisa se borra por completo, me golpeo mentalmente por no dejar que las puertas se cerraran. Él me mira y no hay ninguna sorpresa o algo de gusto en su rostro. Solo niega con la cabeza y se pone a una distancia muy lejos de mí, aprieto la correa de mi bolso sin dejar de mirar hacia adelante. Por las relucientes puertas del ascensor diviso que Ferragni comienza a hacer de nuevo lo que hace con sus manos, las cierra y las abre, una y otra vez. ¿Acaso no se da cuenta de ese tic? Dios, porque no se apura esta cosa. — ¿Cómo va el trabajo? — su repentina pregunta seca, hace que salte del susto. No me la esperaba, para nada. El hombre tiende a ignorarme, hablarme mal y a hacer que cada vez que está cerca yo me sienta pésima. — Lo siento, ¿qué? — pregunto distraída, sin siquiera mirar hacia adelante. — No lo puedo creer. — murmura entre dientes, desvisto una burlona sonrisa en su perfecto rostro. — ¿Yo?, va muy bien. ¿Cómo va el día, todo bien en la oficina? — respondo con rapidez antes de que él diga algo de que seguro tengo que hacerme una revisión en los oídos. No quiero escuchar esa parte de él, no. Él se pone rígido por mi respuesta que llega con rapidez cuando él apenas dejó de hablar. Me había girado para verlo, un error muy peligroso. — Va muy...— se aclara la garganta y endereza su relajada postura para poner sus manos detrás de su espalda. — Va muy bien, ¿va a salir a comer? — No, yo...— las puertas se abren en ese mismo instante haciendo que corra la mirada de él, miro hacia afuera y veo a mi mejor amigo saludando con una mano y una gran sonrisa. Sonrió sin darme cuenta, me acomodo los lentes que llevo puesto. — Discúlpeme. — digo para despedirme con un movimiento de cabeza.
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