El moretón en el hombro de Soulind se convirtió en un mapa de color: del púrpura furioso al verde enfermizo, y finalmente en un amarillo pálido que se desvaneció como un recuerdo feo en la piel. Pero lo que no se desvaneció fue el silencio nuevo que trajo consigo. Ya no era el silencio observador de antes; era un silencio estratégico, una coraza. Había aprendido la lección de la partera: su luz era peligrosa. Así que la apagó.
Dejó de sonreír cuando un pajarillo se posaba en el alféizar. Dejó de extender la mano hacia los animales del bosque. Cuando el zorro aparecía, ella lo miraba un instante y luego volvía la cabeza con una determinación que le costaba un temblor interno. Estaba aprendiendo a mentir con su propio cuerpo, a fingir ser la niña gris y sin gracia que el pueblo esperaba ver. Cada vez que lo hacía, sentía que una parte pequeña y brillante dentro de ella se encogía, se hacía añicos. Era un dolor sordo y constante, como el de un hueso mal curado.
La partera lo veía. Y le destrozaba el corazón. Por las noches, cuando creía que Soulind dormía, la mujer se acercaba a su jergón y le acariciaba el cabello, susurrando disculpas que el viento se llevaba. "Perdóname por enseñarte a esconderte. Perdóname por no poder darte un mundo donde brilles."
El verdadero castigo, sin embargo, no vino de los niños ni de las piedras. Vino del cielo. El verano siguiente fue frío y lluvioso. Las semillas se pudrieron en la tierra encharcada. La cosecha de otoño fue un desastre: espigas raquíticas, tubérculos podridos, frutos que no maduraban. El hambre, un lobo abstracto, empezó a olfatear las puertas del pueblo. Y con el hambre, llegó la necesidad visceral de un culpable.
La tensión se podía cortar con un cuchillo. En la única taberna, "El Cantor Mojado", las conversaciones ya no eran murmullos. Eran acusaciones lanzadas como cuchillos sobre mesas mugrientas.
—¡Fue la granizada de mayo! ¡La que vino después de que la partera trajera a la criatura a la plaza!
—Mi abuelo decía que la tierra tiene memoria. Recuerda la sangre inocente. ¿Y qué más inocente que una madre muerta en el parto? La tierra está de luto.
—Es la niña —dijo una voz, y la taberna se quedó en silencio. Era el anciano del bastón, su autoridad moral crecida con la desgracia—. Nació con la tormenta. La tormenta no se ha ido. Ella es la tormenta con patas. Un mal agüero viviente.
La palabra corrió como un reguero de pólvora: "Mal Agüero Viviente". Era más contundente que "Niña Tormenta". Le daba un peso de profecía, de causa y efecto irreversible.
La delegación llegó a la cabaña un atardecer de un gris metálico. No eran mujeres de trueque esta vez. Eran hombres: el anciano, Bran el herrero (con la pierna curada, pero el rencor intacto), y el alguacil del pueblo, un hombre flaco y severo llamado Corwen. Representaban la ley, la tradición y la fuerza bruta.
La partera los hizo entrar. No por cortesía, sino porque negarles la entrada habría sido una declaración de guerra. Soulind se sentó en su rincón, haciéndose lo más pequeña posible, su mirada clavada en el suelo de tierra.
—No vamos a dar rodeos —comenzó el anciano, apoyándose en su bastón—. La situación es insostenible. El pueblo se muere de hambre y de miedo.
—El hambre la trajo la mala estación, no una niña —replicó la partera, de pie frente al hogar como una capitana en la proa de un barco a la deriva.
—¡La mala estación la trajo su nacimiento! —estalló Bran, señalando a Soulind con un dedo acusador—. ¡Desde ese día, nada va bien! Mi hijo… mi hijo Elmir tiene pesadillas. ¡Dice que el zorro le habló!
—Los niños tienen imaginación —dijo la partera, pero su voz perdió un poco de firmeza. Sabía que parte de eso era cierto, aunque mal interpretado.
Corwen, el alguacil, tomó la palabra. Su voz era plana, administrativa, y por eso, más aterradora.
—No se trata de lo que creemos. Se trata de lo que el pueblo cree que ve. La presencia de la niña es… una fuente de discordia. Un foco de desgracia. Por el bien común, se debe considerar su reubicación.
—¿Reubicación? —La partera palideció—. ¿A dónde? ¿A la calle? ¿A los bosques? ¡Es una niña!
—Existe el Convento de las Lágrimas Silenciosas, al otro lado del páramo —dijo el anciano, como si ofreciera una solución misericordiosa—. Allí se acoge a huérfanas. Bajo disciplina y oración, quizá… pueda purgarse.
Fue entonces cuando Soulind, desde su rincón, vio algo que nunca antes había visto. Vio cómo el rostro de la partera, siempre una fortaleza de determinación astillada, se resquebrajaba. Vio el pánico, la impotencia absoluta, en sus ojos. No era miedo por ella misma, sino el terror de una madre a punto de que le arranquen a su cría. Ese pánico fue más aterrador que todas las piedras y todos los insultos.
—No —dijo la partera, pero su voz era un hilo—. No se la llevarán.
—¿Y qué propones? —preguntó Bran con brutalidad—. ¿Que todos nos muramos de hambre por capricho? ¡No es tu hija, es la hija de una muerta! ¡Una forastera!
La palabra "forastera" golpeó el aire. Pero fue la frase anterior la que atravesó a Soulind como una lanza de hielo. "No es tu hija."
Algo se rompió dentro de ella. Todo el dolor contenido, la confusión, el miedo de sentirse un fantasma en su propio hogar, el esfuerzo agotador de esconder quién era… todo se condensó en un nudo ardiente en su garganta. Miró a la partera, a la única persona que le había ofrecado calor, alimento, canciones y protección. La vio pálida, acorralada, luchando sola contra tres hombres y el peso de un pueblo entero… por ella. Por Soulind, la "forastera", la "mal agüero".
Y no pudo contenerse más.
Un sollozo, seco y áspero, le escapó de los labios. Luego otro. No era el llanto ruidoso y descontrolado de un niño. Era un llanto silencioso y profundo, un río de dolor adulto que brotaba de unos ojos de niña. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, limpias y abundantes, cayendo sobre sus manos entrelazadas. No hizo ningún ruido más. Solo lloró en completo silencio, su pequeño cuerpo sacudido por espasmos que no emitían sonido.
El efecto fue electrizante. Los hombres se quedaron desconcertados. Bran miró a otro lado, incómodo. El anciano carraspeó. Habían esperado rabia, brujería, tal vez maldiciones. No esta humanidad desgarradora. La partera, al verla llorar, sintió que su propio corazón se partía en dos. Toda su fuerza se derrumbó. Se arrodilló frente a Soulind, olvidándose por completo de los hombres.
—Shhh, pequeña alma, no, no llores —susurró, envolviéndola en sus brazos—. No les hagas caso. Son palabras vacías.
Pero Soulind, ahogándose en su propio dolor, buscó su rostro con las manos. La miró a los ojos, sus ojos grises nublados por las lágrimas, y con una voz rota, impregnada de una necesidad tan vasta y tan simple que congeló el aire de la cabaña, dijo la palabra que nunca antes había pronunciado, la palabra que llevaba años gestándose en lo más profundo de su ser:
—Mamá… —sollozó, aferrándose a su delantal—. No me dejes, mamá.
El mundo se detuvo. La partera sintió que el aire le faltaba. Esa palabra, prohibida, imposible, anhelada en secreto durante noches interminables, resonó en la cabaña con más fuerza que cualquier trueno. Era una afirmación, una elección, un lazo más fuerte que la sangre. Ya no era la partera. En ese instante, ante los ojos incrédulos de sus acusadores, se transformó. Era su madre.
La partera —no, su madre— la apretó contra su pecho, enterrando el rostro en su cabello. Cuando alzó la vista hacia los hombres, sus ojos ya no mostraban pánico. Mostraban una frialdad de acero, una furia maternal que podía derribar montañas.
—Salgan —dijo, y su voz no temblaba. Era plana, cortante, definitiva—. Salgan de mi casa. Mi hija y yo tenemos que estar solas. Si alguno de ustedes, o cualquier otro, vuelve a acercarse con estas ideas… no responderé con hierbas. El hambre puede matar de muchas formas. Y yo conozco todas.
No fue una amenaza violenta. Fue algo peor: una promesa de conocimiento oscuro, de una resistencia absoluta. Los hombres, derrotados no por la lógica sino por una verdad emocional que no podían contradecir (y por el escalofrío supersticioso que les dio la última frase), retrocedieron. Salieron sin decir una palabra más.
Cuando la puerta se cerró, la mujer se derrumbó junto a Soulind, las dos abrazadas en el suelo de tierra, llorando juntas. Una, por el alivio y el doloroso honor de un título no buscado pero profundamente ganado. La otra, por haber encontrado, en medio de la tormenta, el único nombre que importaba.
—Nunca —juraba la mujer entre sollozos, besando la cabeza de Soulind—. Nunca te dejaré. Eres mi alma, Soulind. Mi pequeña y valiente alma. Mi hija.
Afuera, el cielo, como si hubiera estado esperando ese momento, descargó la mayor tormenta de la temporada. Un trueno colosal retumbó, sacudiendo los cimientos de las casas. En la cima de la montaña negra, el tenue resplandor ámbar se avivó por un instante, brillando con una intensidad feroz, como si un corazón gigantesco hubiera latido con fuerza al percibir, a lo lejos, el desgarro y la consolidación de un vínculo que también él, en su infinita soledad, empezaba a reconocer como propio.