La recuperación de la mujer fue lenta, como el deshielo de un arroyo obstruido. La tos cedió, la fiebre se retiró, pero dejó tras de sí un cuerpo demacrado y una fatiga profunda que se aferraba a sus huesos. Ya no era la partera inquebrantable; era una superviviente vulnerable, y ambos, madre e hija, lo sabían. Soulind, ahora con una solemnidad precoz, asumió tareas nuevas: ir a por agua al pozo (siempre de día, siempre mirando por encima del hombro), encender el fuego, preparar las infusiones simples. Pero la hierba digital en la puerta no sería el último mensaje. El aislamiento se volvió absoluto. En el pueblo, las mujeres cruzaban la calle cuando las veían acercarse. Los hombres las observaban desde las puertas, con brazos cruzados y miradas de piedra. El "Cantor Mojado" dejó de compra

