POV DAMIÁN El beso, que había comenzado como una confirmación suave, se profundizó, volviéndose una declaración de amor silenciosa y desesperada. La boca de Amelie era el único lugar en el mundo donde mi mente, habitualmente un algoritmo de números y estrategias, se rendía por completo al instinto. La sostuve, sintiendo el frío de la noche contrastar con el calor que emanaba de su cuerpo, y un sentimiento de absoluta pertenencia me inundó. Ella no era una variable; era el eje de mi universo. Nos separamos, y la sonrisa que Amelie me dedicó no era la máscara cínica o coqueta que solía usar, sino un resplandor puro que parecía emanar de su alma. Mi sol. El apodo se sintió perfecto, una verdad incuestionable. —Eres increíble —susurró ella, sus dedos trazando la línea de mi mandíbula.

