POV Amelie
El día siguiente llegó. El sol amenazaba con salir después de la tempestad de la tarde de ayer. Mi cabeza seguía siendo un caos; aún no podía asimilar cómo fue que quedé envuelta en todo esto.
No había dormido en toda la noche, revisando constantemente que él no entrara aquí, que no viniera buscando consumar el "matrimonio". Tuve una noche de terror, angustia y culpa. No tenía idea de cómo iba a enfrentar a Ricardo; aunque no me había unido a otro por voluntad propia, el acto ya estaba consumado. Lo había traicionado.
La puerta de la suite se abrió. Damián entró con su aura imponente, su mirada fija en la mía, y esa maldita mueca burlona que solo me irritaba. No sé cómo podía ver la diversión en todo este lío.
—Buenos días, esposa —saludó.
—Buenos días, embaucador —le respondí. La risa sonora que salió de él me provocó un cosquilleo extraño por todo el cuerpo.
—Cariño, debes escoger las palabras que usas contra tu esposo —Se acercó y tomó asiento en una silla frente a mí—. Se supone que me amas, así que prefiero palabras como «cielo», «mi vida» o «papasito».
No pude evitar sonreír ante la última. Él, en cambio, me observó lleno de seriedad.
—¿Es broma? —cuestioné.
—Es sarcasmo —respondió—. En público me tratarás lindo, no aceptaré fallas. Aquí, en privado, me da igual, eres libre de odiarme a placer.
—Buscaré algo mejor que «papasito» —le aseguré llena de amargura.
—Saldremos de viaje en la noche —dijo de manera seria—. Espero que puedas comportarte. Tengo una reputación que mantener.
—Pues, cuando engañas a alguien para firmar un acta de matrimonio sin decirle, tiras tu reputación al suelo —Acarició su barbilla.
—No eres inocente, Amelie. Viniste a mí fingiendo ser alguien más, entonces eres igual de despreciable que yo… Salimos a las siete.
Se puso de pie y salió de la habitación. Tuve que tragarme el insulto. Tenía razón: yo también fui allí y traté de engañarlo. No soy mejor que él.
Pasé el día entero tratando de encontrar una manera de escapar. Elisa parecía un perro guardián; no se apartó de la puerta ni un segundo, y Arturo, que entró a la habitación dos veces, ni siquiera me habló. Actuó como si yo fuera parte de la decoración del lugar.
La tarde llegó y con ella la desesperación. Todo estaba listo, según pude ver. Damián, fuera de la habitación, daba algunas órdenes a alguien que lo escuchaba en completo silencio. Un ruido llamó mi atención y los pasos de las personas afuera se alejaron. Con cautela, abrí la puerta y pude escuchar a la distancia a Elisa disculparse, y noté la puerta del balcón abierta.
Una escalera conectaba al piso inferior y, sin pensarlo, bajé por ella. Con razón Elisa no se había apartado ni un segundo. Los minutos siguientes fueron de adrenalina pura. Me escabullí hasta que pude llegar a la planta baja y escapé.
Corrí lo más que pude hasta alejarme de ese lugar, lejos de Damián, y esperando poder anular esa boda antes de tener que volver a verlo.
POV Narrador
RESIDENCIA DE RICARDO (Prometido de Amelie)
—Ricardo, yo lo lamento mucho. No quiero lastimarte, pero debes saber la verdad —Sonia, la hermana gemela de Amelie, llegó con expresión lastimosa.
—¿Qué sucede? ¿Amelie está bien? —Ricardo se alejó del lienzo que pintaba y se enfrentó a Sonia.
—Lo está —respondió ella—. Pero…
—¡Pero qué, Sonia! Lo que sea, dilo ya —Ricardo exigió desesperado.
—Ella se casó ayer con Damián Blackwood.
Aquello fue un golpe devastador para Ricardo. Su Amelie, la mujer con la que planeaba casarse, a la que le había dado su vida, se había casado con otro. «Eso era difícil de creer. Amelie no…», se repitió una y otra vez.
—Eso no es cierto, Sonia. Amelie no me haría eso —Sonia negó llena de tristeza fingida.
—La asistente del señor Blackwood acaba de decírmelo. Amelie ayer se casó con él. Lamento ser yo la que te rompa, pero tienes que saberlo. Ella enamoró a mi jefe y se…
—¡No lo digas! —Ricardo no soportó escucharlo otra vez.
—Ella estuvo jugando contigo este tiempo, no es lo que creías. Mi hermana es un ser sin corazón que jugó contigo y, cuando logró atrapar a ese magnate, fue y se casó sin siquiera darte la cara. No merece nada de ti, Ricardo.
—Tengo que ver a Amelie, ella debe tener una explicación para esto.
Ricardo buscó sus llaves, listo para ir por Amelie, para enfrentarla, con la ilusión de que todo fuera un malentendido que ella pudiera explicar.
—Se fueron de viaje, Ricardo. Están en el Mediterráneo celebrando su luna de miel.
Ricardo soltó las llaves y se dejó caer al sofá. Colocó su cabeza entre sus manos y, sin previo aviso, sollozó, sintiendo el peso de la traición.
Era un sonido crudo, el de un hombre cuya vida acababa de ser desmantelada.
Sonia se acercó lentamente, se sentó a su lado. La tristeza en su rostro era casi tan genuina como la calculada mentira que envió a Amelie con engaños a Damián. Dejó pasar unos segundos, permitiendo que la magnitud del dolor de Ricardo impregnara la habitación.
—Ricardo, mírame —le pidió con voz suave.
Él levantó la cabeza, sus ojos enrojecidos y llenos de una vulnerabilidad que nunca le había mostrado a nadie, solo a Amelie, y ella lo había engañado.
—La he perdido —dijo de manera temblorosa—. ¿Por qué me hizo esto?
—Ella se perdió a sí misma —contradijo Sonia, deslizando un brazo protector alrededor de sus hombros—. Escogiste a la persona equivocada, Ricardo. Ella supo bien cómo engañarte, pero yo no voy a irme a ninguna parte. Voy a quedarme aquí contigo, voy a cuidarte.
Sonia lo atrajo hacia su pecho en un abrazo. Ricardo se aferró a ella, buscando refugio en el único ancla que le quedaba del recuerdo de Amelie. El tacto de Sonia, firme y constante, era un recordatorio del engaño de Amelie. En ese contacto, no había mentiras. Sonia fue leal a él, una amiga que siempre estuvo allí apoyándolo, justo como ahora.
El abrazo se prolongó más de lo debido, tal vez por la imagen de Amelie en ella, porque él quería creer que la mujer que lo abrazaba era Amelie y que todo lo demás era una pesadilla. Ricardo se separó. Sus ojos se encontraron con los de Sonia, del mismo color verde de Amelie, y la razón se esfumó, dando paso a una pasión prohibida. La distancia se acortó y el vínculo de amistad se resquebrajó.
Sonia se inclinó y acarició su mejilla, su pulgar rozó la lágrima que fluía de los ojos de Ricardo. El aire se hizo espeso y el dolor se transformó en una necesidad desesperada de deseo y rabia. Ricardo no lo pensó, se inclinó y la besó.
No fue un beso tierno, fue el beso de un náufrago que se agarra al único trozo de madera flotante, un acto de desesperación. Sonia respondió al instante, una respuesta que había guardado reprimida durante años de observar a Ricardo con su hermana, años de envidia y de desear a su cuñado en silencio.
Se levantaron del sofá. La ropa se deslizó al suelo con el abandono de quienes ya no tienen nada que perder. Se dirigieron a la habitación que Ricardo y Amelie compartían de vez en cuando, y en ese acto desesperado, la traición llegó. Ricardo había caído en el juego de Sonia; la había dejado salirse con la suya.
Amelie había logrado regresar a la ciudad, exhausta, sucia y con la esperanza agonizante de que Ricardo aún no supiera nada. Había viajado a pie casi toda la noche. Llamó por horas a Ricardo desde una cabina telefónica, pero no obtuvo respuesta. Sin más opciones, se obligó a caminar con la esperanza de que el hombre que amaba la escuchara y ayudara.
Al llegar a la residencia de Ricardo, buscó la llave escondida en la entrada y corrió por los pasillos, dirigiéndose directamente al estudio, donde él siempre estaba por la mañana.
Empujó la puerta de caoba del estudio, jadeando. El aire que llegaba a sus pulmones era escaso, pero ella no tenía tiempo para pararse a respirar. Necesitaba explicar.
—¡Ricardo! ¡Estoy aquí, tienes que escucharme! —gritó—. Fui engañada…
Se detuvo en seco.
La luz de la mañana inundaba el estudio. La escena que vio no era la de un hombre trabajando, sino la de un traidor.
En el suelo, amontonadas sin cuidado, estaban las ropas de hombre que reconoció como las de Ricardo y otro grupo de ropas de mujer. Amelie sintió que el suelo se abría y la tragaba. La puerta del dormitorio estaba abierta. Un gemido mudo escapó de su garganta, y entonces, desde el umbral, apareció Sonia.
Estaba envuelta en una de las sábanas de seda que ella misma había elegido, con el cabello desordenado y una expresión de calma vencedora en el rostro. Su mirada se encontró con la de Amelie, y el leve destello de satisfacción en sus ojos lo dijo todo.
—Amelie... has vuelto —dijo Sonia, sin asomo de sorpresa.
En ese momento, Ricardo apareció detrás de Sonia, también envuelto en una sábana, con el pelo revuelto. Su rostro pasó de la somnolencia a una expresión de dolor y rabia helada al ver a la mujer que lo había traicionado de pie en su estudio.
Amelie no necesitó una explicación. Vio el cuerpo de su hermana y el de su prometido, vio sus ropas y vio la verdad: mientras ella intentaba escapar de un matrimonio forzado con Damián, ellos habían estado intimando, traicionándola.
El grito de dolor y reclamo de Amelie se ahogó en su garganta. No había palabras, no había explicaciones, nada de lo que ellos pudieran decir cambiaría el hecho de que se habían acostado, en su propia cama, de que habían elegido traicionarla.