POV DAMIÁN El aire en la sala de audiencias de la Corte de Magistrados de Westminster era denso, impregnado de ese olor a madera vieja y formalidad que suele preceder a las sentencias definitivas. Entré escoltado por dos guardias, con las esposas tintineando en mis muñecas. Me había negado a afeitarme por completo y mantenía los hombros ligeramente caídos; necesitaba que el mundo, y especialmente ella, siguiera viendo al hombre que creía haber destruido. Aranza ya estaba allí. Vestía un traje de sastre n***o impecable, un velo sutil de encaje adornaba su cabello, simulando un luto que resultaba insultante. Cuando nuestras miradas se cruzaron, no vi compasión, sino un brillo de triunfo salvaje y casi erótico. Para ella, mi dolor era su mayor trofeo. —Se abre la audiencia preliminar

