CAPÍTULO CUATRO Mackenzie iba sentada en el asiento del copiloto con varios archivos en su regazo y con Porter al volante martilleando los dedos al ritmo de un tema de los Rolling Stones. Mantenía la radio sintonizada con la misma estación de rock clásico que siempre escuchaba mientras conducía, y Mackenzie levantó la vista, molesta, ya que al final le había hecho perder la concentración. Observó cómo las luces delanteras del coche trazaban surcos en la autopista a ochenta millas por hora, y se volvió hacia él. “¿Podrías bajar eso, por favor?” le replicó. Normalmente, le daba igual, pero estaba intentando acceder al estado mental adecuado, para entender el modus operandi del asesino. Con un suspiro y una sacudida de cabeza, Porter bajó el volumen de la radio. Él la miró con desdeño. “

