A puerta cerrada

1377 Palabras
Al cruzar el umbral de la mansión, el ambiente había cambiado. Los criados, que antes me daban miradas de lástima o indiferencia, se inclinaron a nuestro paso. —Buenas noches, Don Alessandro. Señora Bianca —murmuraron al unísono. Ya no me miraban como a la esposa del hermano menor, que servía de saco de boxeo. Ahora me miraban la mujer del Capo. —Déjennos solos —ordenó Alessandro—. Que nadie nos moleste hasta mañana. —Sí, señor —respondió el mayordomo, desapareciendo en las sombras del vestíbulo. Subimos las amplias escaleras de mármol en silencio l. Cada paso de mis tacones resonaba como un martillazo. Al llegar a la puerta de mi habitación, me detuve y lo miré. —Ese beso... —comencé a decir, buscando aire—. No estaba en el plan original, Alessandro. Él me interrumpió con una mirada que me dejó muda. —Era necesario, Bianca, ya te lo dije Entró en mi habitación tras de mí y cerró la puerta con un clic que me hizo dar un respingo. El sonido de la cerradura me recordó que, aunque era un refugio, seguía siendo una celda. Alessandro se quitó la chaqueta del traje y la lanzó sobre una silla. Empezó a desabrocharse los puños de la camisa. Se veía mucho más peligroso así, a medio vestir, con la camisa blanca contrastando con su piel bronceada. —Dijiste que no me obligarías a nada —le recordé, retrocediendo un paso hasta chocar con el borde de la cama. Alessandro soltó una risa, una vibración profunda que no llegó a sus ojos oscuros. —Y mantengo mi palabra. No te obligaré a entrar en mi cama. —¿Entonces por qué me besaste así delante de todos? —Porque eres mi prometida ahora. Mi apellido está grabado en tu piel ante los ojos de cada familia de Italia. Eso significa que tu vida anterior ha muerto oficialmente. Se acercó a mí con pasos lentos, acortando el espacio hasta que pude oler el rastro de su colonia amaderada. —No hay más Bianca, la víctima de Lorenzo —continuó, cercándome—. Ahora eres la mujer del hombre más temido del país. Y mi mujer no baja la cabeza ante nadie. —Apenas puedo sostener el peso de este collar —dije, sintiendo que las lágrimas de frustración amenazaban con salir. Él levantó una mano y, con una lentitud que me torturaba los nervios, empezó a desabrochar el cierre del collar de diamantes. Sus dedos rozaron mi nuca y sentí una descarga de calor irradiando hacia mi espalda. —¿Te asusto, Bianca? —susurró, su aliento cálido rozando mi oreja y enviando un escalofrío por todo mi cuerpo. —Me asusta lo que me haces sentir —confesé en un arranque de honestidad que no pude frenar. Mi corazón galopaba desbocado. Sus dedos se detuvieron un segundo en mi piel. Fue un contacto mínimo, pero cargado de una tensión eléctrica insoportable. —Bien —dijo él, volviendo a su tono frío—. El miedo te mantendrá viva. Te hará estar alerta. Pero la confianza... la confianza es lo que nos mantendrá en el trono. El collar cayó sobre la colcha de seda con un sonido sordo. Alessandro se separó un poco, pero su presencia seguía llenando cada rincón del cuarto. —Lorenzo no se quedará de brazos cruzados —advirtió—. Mañana mismo empezarán los ataques silenciosos. —¿Crees que sus hombres lo apoyarán después de lo que dijiste en el Consejo? —Lorenzo tiene deudas, pero también tiene secretos de mucha gente. No lo subestimes. Él sabe que si demuestra que lo nuestro es una farsa, el Consejo podría invalidar mi reclamo sobre ti. —¿Y qué vamos a hacer? —pregunté, sintiendo el pánico crecer. —Dormirás en esta habitación por última vez esta noche —dijo él, recuperando esa frialdad de acero que lo caracterizaba. —¿Qué quieres decir? —Mañana, quiero que todas tus cosas sean trasladadas a mi habitación. Mi respiración se cortó. El mundo pareció dar vueltas. —Alessandro, no... los criados... —Exactamente. Los criados hablan, Bianca. Las paredes de esta casa tienen oídos y ojos que informan a otras familias. No puedo permitir que nadie, absolutamente nadie, sospeche que este matrimonio es solo un trozo de papel firmado. —Pero nuestro trato... —Dormiremos en la misma cama, Bianca. Es la única forma de vender la mentira. Me levanté de la cama, indignada y asustada. —¡Dijiste que respetarias mi espacio! ¡Dijiste que no me tocarías! —Y lo cumpliré —me cortó, alzando la voz solo un poco, lo suficiente para recordarme quién mandaba allí—. No te tocaré si no lo pides. Pero el mundo debe creer que no podemos quitar de encima las manos el uno del otro. Debe creer que estoy obsesionado contigo. —Eso es una locura. —Es supervivencia —replicó él, acercándose de nuevo, obligándome a sostenerle la mirada—. Si quieres seguridad, si quieres que Lorenzo no vuelva a arrastrarte por el suelo de una villa, este es el precio que debes pagar. Compartir mi espacio y mi cama. Tragué saliva. La idea de dormir a su lado, de sentir su calor y su respiración durante toda la noche sin saber qué pasaba por su mente, era casi más aterradora que el propio Lorenzo. —¿Crees que podré hacerlo? —pregunté con voz pequeña. —No tienes otra opción —impuso él. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo con la mano en el pomo—. Una cosa más. —Dime. —Lávate la cara, Bianca. Quítate esa máscara. —¿Qué? —me toqué la mejilla, confundida. —No quiero ver más ese maquillaje ocultando lo que ese animal te hizo. No en mi casa. No frente a mí. —Es horrible, Alessandro. Me veo... —En esta casa, ya no tienes que esconder tus cicatrices —dijo, y por un microsegundo, su voz sonó casi humana—. Yo me encargaré de que Lorenzo pague por cada una de ellas con algo más que dinero. Cuando la puerta se cerró tras él, me desplomé sobre la cama, sintiendo que los hilos que me sostenían se cortaban. Toqué mis labios con la punta de los dedos, todavía sintiendo el fuego residual de su beso hace rato. Estaba a salvo de Lorenzo, sí. Las palizas habían terminado. Pero me daba cuenta, con un miedo creciente en el pecho, de que Alessandro Di Lucca era un tipo de peligro totalmente distinto. Él no usaba los puños para romperte los huesos. Él usaba su presencia, su voz y su poder para filtrarse bajo tu piel, poco a poco, hasta que no pudieras recordar quién eras antes de conocerlo. Él no quería romper mi cuerpo; quería poseer mi voluntad. Me levanté con piernas temblorosas y fui al baño. Abrí el grifo y dejé que el agua corriera. Me quité el vestido rojo, que ahora parecía una piel de serpiente que necesitaba mudar, y me miré al espejo. Agarré una toallita y empecé a restregar el maquillaje con furia. Capa tras capa de base y corrector desaparecieron, revelando la realidad cruda: el labio partido, el pómulo amarillento, la marca de los dedos en mi cuello. Alessandro tenía razón. Ocultarlas solo le daba poder al pasado. Me puse un camisón de seda blanca, sencillo, que me hacía parecer un fantasma en la inmensidad de la habitación. Me metí en la cama, pero no pude cerrar los ojos. Mañana mis cosas estarían en su habitación. Mañana sentiría el peso de su cuerpo al otro lado del colchón. —¿En qué lío te has metido, Bianca? —susurré a la oscuridad. Había escapado de un monstruo para entregarme voluntariamente al diablo. Y lo peor de todo era que, mientras recordaba el calor de su mano en mi nuca, una parte de mí, una parte intrigante y herida, no podía dejar de desear que el diablo volviera a entrar por esa puerta. Cerré los ojos finalmente, escuchando los ruidos de la mansión. Sabía que Lorenzo estaba en alguna parte, rabiando de odio. Sabía que la paz era solo una ilusión.
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