Me quedé inmóvil, escuchando su respiración.
Por un segundo, olvidé el desastre de afuera, me permití creer que éramos una pareja normal. Pero la paz aquí dura lo que un suspiro.
Un golpe en la puerta me hizo saltar.
Alessandro reaccionó como un resorte; antes de que yo pudiera abrir bien los ojos, él ya estaba de pie, apuntando a la entrada con su Beretta.
—¿Quién es? —rugió.
—Señor, es Enzo. Perdone la molestia —respondió una voz desde el otro lado, sonando bastante nerviosa—. Tenemos un problema grave en los muelles. Y acaba de llegar un sobre a su nombre... con el sello personal de su padre.
Alessandro soltó una maldición entre dientes, de esas que te dicen que la cosa está muy fea. Se pasó una mano por el pelo, despeinándose más, y me miró.
El amante de anoche se había esfumado; el Capo estaba de vuelta y no traía buenas noticias.
—Vístete, Bianca. Ahora mismo —me ordenó mientras se ponía los pantalones a toda prisa.
—¿Qué pasa, Alessandro? Me asustas.
—No salgas de esta habitación por nada del mundo hasta que yo regrese —continuó, ignorando mi pregunta mientras se abrochaba el cinturón—. Lorenzo no se quedó quieto después de la humillación que le metí anoche frente a todos. El muy cobarde fue a llorarle al viejo.
Sentí un nudo en la garganta que casi no me dejaba tragar.
—¿Tu padre? ¿Va a meterse en esto?
—Mi padre no se mete en nada por amor al arte, Bianca. Él solo respeta el poder y los resultados. Y Lorenzo, que es un experto en manipular, le ha contado que este matrimonio es un circo. Le dijo que lo nuestro es una farsa que inventé solo para robarle su herencia y dejarlo en la calle.
Se acercó a la cama de un par de pasos.
Se inclinó, me agarró la cara con una mano y me dio un beso rápido.
—Voy a solucionar este desmadre —me susurró, mirándome fijo—. Si alguien intenta entrar y no es Enzo, ya sabes dónde guardo la otra pistola, en el cajón de la derecha. No lo pienses, Bianca. Úsala.
Me quedé sola, en medio de esa cama deshecha que todavía olía a nosotros.
Me levanté y caminé hacia el ventanal, apartando un poco la cortina.
Vi tres coches negros salir a toda mecha de la propiedad, levantando polvo. Alessandro iba en el del medio.
—Maldita sea, Lorenzo —susurré contra el cristal.
Ahora me quedaba claro. Lorenzo no quería recuperarme.
Él quería destruirme solo para darle donde más le dolía a su hermano. Quería demostrar que Alessandro le había "robado" algo para que el padre le quitara el mando.
Y ahora, el juego ya no era solo entre nosotros tres.
La familia entera, los Di Lucca, estaban a punto de arder en su propio infierno, y yo estaba ahí, justo en el centro del incendio, rogando que Alessandro no se quemara conmigo.
Pasé las siguientes dos horas caminando de un lado a otro.
Me puse unos jeans y una camisa sencilla, algo que me permitiera moverme si tenía que salir corriendo.
Me senté en el borde de la cama, luego en el sofá, luego volví a la ventana.
El silencio de la mansión era horrible.
—No puede ser tan fácil —me dije a mí misma—. No puede ser que un sobre lo arruine todo.
El padre de Alessandro, Don Vitto, era una leyenda.
Un hombre que había levantado ese imperio con sangre y que no aguantaba traiciones de nadie, ni de sus propios hijos.
Si creía que Alessandro se estaba burlando de las leyes de la familia para quedarse con el sector de Lorenzo, nos iba a despellejar a los dos.
Escuché pasos en el pasillo. Me puse tensa de inmediato. Me acerqué a la mesilla de noche y abrí el cajón.
Ahí estaba. Una pistola negra, la tomé con las manos temblando, tal como me había dicho Alessandro.
—¿Señora Bianca? Soy Enzo. Traigo algo de comer y noticias.
Solté un suspiro que me vació los pulmones.
Guardé el arma y abrí la puerta. Enzo entró con una bandeja, pero su cara no era nada buena. Tenía ojeras y no paraba de mirar hacia el pasillo.
—¿Dónde está él? ¿Qué ha pasado en los muelles? —lo asalté a preguntas antes de que pusiera la bandeja en la mesa.
—Don Alessandro está en una reunión privada con su padre, señora. Lorenzo también está ahí. Hubo un altercado en uno de los almacenes de los muelles... parece que gente de Lorenzo intentó retomar el control a la fuerza y hubo disparos.
—¿Disparos? ¿Hay heridos?
Enzo asintió con la cabeza gacha.
—Dos de los nuestros. Don Alessandro está furioso. El Viejo exigió verlos a todos en la casa de campo. La cosa está muy tensa, señora. Se dice que el padre quiere que se anule todo y que usted vuelva a la casa de Lorenzo hasta que se aclare la situación financiera.
Sentí que el mundo se me caía encima. ¿Volver con Lorenzo? ¡Ni muerta! Prefería usar esa pistola contra mí misma antes de dejar que ese animal me volviera a tocar.
—Alessandro no va a permitir eso —dije, más para convencerme a mí misma que a Enzo.
—Don Alessandro es el Capo ahora, sí, pero el Viejo sigue teniendo la última palabra en asuntos familiares. Si él decide que la unión es nula, todos se pondrán del lado del padre. Nadie quiere una guerra interna, y menos por una mujer, con todo respeto.
—Entiendo —susurré, sintiendo que me faltaba el aire.
Enzo se fue, pero yo no podía ni ver la comida. Me senté en el suelo, apoyada contra la cama.
La realidad me dio un bofetón. Por mucho que Alessandro me hubiera hecho sentir segura anoche, seguíamos viviendo en un nido de víboras.
Pasaron tres horas más. El sol empezó a bajar y las sombras en la habitación se hicieron más largas. De repente, escuché el ruido de los motores volviendo. Corrí a la ventana.
Los coches entraron derrapando. Alessandro bajó del primero. Caminaba rápido, con los puños apretados y echando chispas por los ojos.
Unos minutos después, escuché la cerradura de la habitación. Alessandro entró y cerró de un portazo que casi tira un cuadro de la pared.
—¡Maldito sea mil veces! —gritó, lanzando su corbata al suelo.
Me acerqué a él con cuidado, como quien se acerca a una bomba a punto de estallar.
—¿Qué pasó, Alessandro? Enzo me dijo que tu padre quería que volviera con Lorenzo.
Él se giró hacia mí. Tenía la mandíbula tan tensa que parecía que se le iba a partir.
Se acercó y me agarró de los brazos, con delicadeza.
—Mi padre es un hombre de la vieja escuela, Bianca. Dice que si no hay pruebas de que este matrimonio es real, te entregará a Lorenzo esta misma noche para limpiar el honor.
—¿Y qué pruebas quiere? —pregunté, con el corazón en la mano.
Alessandro me miró con una intensidad que me quemó por dentro.
—Quiere una cena. Esta noche. En su casa. Quiere vernos juntos, quiere interrogarte. Quiere saber si te casaste conmigo por miedo o por... algo más.
—¿Y qué le vamos a decir? Lorenzo le habrá contado de los golpes, de cómo escapé...
—Lorenzo le dijo que yo te secuestré y que te obligué a firmar bajo amenaza de muerte. Le dijo que te lavé el cerebro. Mi padre cree que soy un traidor que usa a las mujeres para ganar terreno.
Alessandro me soltó y empezó a caminar por la habitación.
—Si no lo convencemos hoy, Bianca, la guerra va a empezar mañana. Y no solo contra Lorenzo. Tendré que enfrentarme a mi propio padre y a la mitad de mi organización.
Me acerqué a él y le puse una mano en el pecho, obligándolo a detenerse. Podía sentir su corazón latiendo con fuerza bajo la camisa de seda.
—Entonces vamos a convencerlo —dije con toda la seguridad que pude reunir—. Vamos a esa cena y vamos a darle la actuación de nuestras vidas.
Él bajó la mirada hacia mis manos y luego hacia mis ojos. Por un momento, vi una grieta en su mirada por lo que me pudiera pasar a mí.
—Es un hombre cruel, Bianca. No se parece en nada a Lorenzo; él es inteligente. Te va a presionar, va a intentar quebrarte para que confieses que esto es un trato.
—Anoche no fue un trato, Alessandro —le recordé, bajando la voz—. Lo que pasó en esta cama... eso no fue trato.
Él tragó saliva y su mirada se oscureció. Me tomó la nuca y me pegó a su frente.
—No, no lo fue. Pero mi padre no necesita saber lo que pasa en nuestra cama, necesita sentir que eres mía de verdad. Que morirías por mí tanto como yo estoy dispuesto a matar por ti.
—Entonces eso es lo que le daremos —respondí, sintiendo una fuerza nueva—. No voy a dejar que Lorenzo gane. No voy a dejar que me alejen de ti.
Alessandro me besó con una desesperación que me dejó sin aliento.
—Ponte el vestido más sencillo que tengas —me ordenó cuando se separó—. Mi padre odia la ostentación, tenemos una hora para salir.
Corrí al vestidor sabiendo que mi vida se decidía en las próximas tres horas. Lorenzo estaba usando su última carta: el Viejo.
Me miré al espejo, viendo que ahora tenía algo por lo que pelear. Si debía mentirle al diablo para quedarme con Alessandro, lo haría con mi mejor sonrisa.
Bajamos a los coches en silencio. Durante todo el trayecto, Alessandro no me soltó la mano; sus dedos entrelazados con los míos con fuerza.
—Recuerda —me susurró al oído cuando llegamos a la vieja villa del patriarca—. Pase lo que pase, no le quites la mirada. El miedo es lo único que él no perdona.
—No tengo miedo, Alessandro —mentí, sintiendo que el corazón me iba a estallar—. Al menos, no de él.