El cañón del arma estaba ahí, apuntándome directo a la frente. Era un agujero oscuro que parecía tragarse toda la luz de Ischia.
Apenas podía respirar. Sentía que el aire se me quedaba atorado en la garganta, seco y amargo.
El cuerpo entero me temblaba de una forma que no podía controlar; las piernas me fallaban tanto que, si no fuera porque Alessandro me tenía sujeta con su brazo de hierro, me habría desplomado sobre la arena.
La vista se me nublaba, el pánico me estaba apagando los sentidos. Solo veía esos ojos vacíos del sicario y el metal que estaba a punto de terminar con todo.
Pero Alessandro no es de los que se quedan mirando.
De la nada, en un movimiento tan rápido que mi cerebro no alcanzó a procesar, sacó una pequeña pistola que llevaba escondida.
Disparó y el sonido rompió el cristal de mi terror.
La bala le dio al hombre directo en el brazo, haciendo que su arma saliera volando mientras soltaba un grito desgarrador de dolor.
La sangre brotó de inmediato, manchando su traje impecable, pero el tipo era un animal.
Aun herido y gritando, forcejeó en el suelo, estirando la mano desesperadamente para intentar levantar el arma y disparar de nuevo. No tenía intención de rendirse.
Alessandro no le dio tiempo.
Sin dudarlo ni un segundo, con una frialdad que me heló la sangre más que el propio ataque, disparó una vez más. Esta vez fue al pecho.
El cuerpo del hombre cayó de golpe al suelo, pesado, sin vida. El arma quedó tirada a un costado, inútil.
El silencio que siguió fue espantoso.
Solo se oía mi respiración agitada y el ruido de los platos rotos. Los hombres de seguridad de Alessandro aparecieron de la nada, con las caras pálidas.
—Señor, lo siento... no pensábamos que era un sicario... parecía…—balbuceó uno de ellos, tratando de justificarse.
—Son unos imbéciles —rugió Alessandro, levantándose y limpiándose una mancha de sangre de la manga—. ¿Para qué carajos les pago? Si ella muere, ustedes mueren detrás. ¿Les quedó claro?
Los hombres tragaron grueso, bajando la cabeza.
Nadie se atrevió a replicar. Alessandro estaba en ese punto de furia donde cualquier palabra equivocada significaba un tiro en la cabeza.
—Limpien esto. Que no quede ni rastro —ordenó con voz cortante—. Informe al capitán Lombardi que hubo un inconveniente en la isla. Muévanse.
Los hombres asistieron rápido, sabiendo perfectamente a qué se refería con "inconveniente".
Alessandro se giró hacia mí, me rodeó con sus brazos y me pegó a su pecho. Podía sentir su corazón latiendo con fuerza, aunque su rostro era una máscara de piedra.
—Tranquila —me susurró al oído, su aliento rozando mi piel—. Nunca voy a permitir que Lorenzo te haga daño. Lo juro.
Yo no pude responder. Tenía los labios entumecidos y el cuerpo hecho gelatina.
Solo podía aferrarme a su camisa, sintiendo que el mundo real era este: sangre, pólvora y protección violenta.
—Él juega a asustarte, Bianca —siguió él, apretándome más fuerte—. Pero conmigo nadie juega. Lorenzo acaba de firmar su sentencia.
Días después, el miedo seguía ahí, instalado en mi pecho como un parásito. Las pesadillas no me dejaban en paz.
Cada vez que cerraba los ojos, veía al hombre del traje gris, sentía el frío del cañón en mi frente y escuchaba el "puf" sordo de los disparos.
Me despertaba gritando, empapada en sudor, y Alessandro siempre estaba ahí, abrazándome, pero yo sabía que esto no se iba a curar con palabras.
Hoy había una fiesta de la organización. No era cualquier fiesta; era la presentación oficial ante los peces gordos de la mafia a la que ahora Alessandro pertenecía.
Él quería que luciera perfecta, que nadie viera la fisura que el ataque de Ischia había dejado en mí.
—Vamos, Bianca. Tienes que levantarte de esa cama —me dijo, entrando a la habitación con una caja enorme—. Es parte del trato. El mundo tiene que ver que eres la mujer del Capo, no una niña asustada.
Me levanté a regañadientes. Me sentía agotada, pero sabía que tenía razón. En este mundo, si huelen tu miedo, te devoran.
Me preparé con ayuda de las estilistas. No quería nada acartonado, nada que me hiciera parecer un maniquí de plástico.
Elegí un vestido que era pura seda líquida, de un color n***o tan profundo que brillaba bajo la luz.
Tenía una caída increíble que marcaba mis curvas sin esfuerzo, con un escote en la espalda que llegaba justo donde empezaba el peligro.
No me puse joyas grandes, solo unos pendientes que atrapaban la luz y el cabello suelto, con ondas naturales que caían sobre mis hombros.
Cuando me miré al espejo, casi no me reconocí. Me veía poderosa, elegante.
Bajé las escaleras y Alessandro me esperaba al final. Llevaba un traje oscuro, impecable, que resaltaba su porte. Se veía tan guapo que me dio un vuelco el corazón.
Al verme, se quedó mudo.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis labios y luego perdiéndose en el escote de mi espalda cuando me giré para recoger mi bolso.
Noté cómo tragaba saliva. Estaba completamente fuera de combate por un segundo.
—Estás buenísima —soltó de repente, con una naturalidad que me hizo soltar una risita nerviosa—. Creo que estoy empezando a arrepentirme de llevarte. No voy a soportar que otros te estén buceando toda la noche con los ojos. Me van a dar ganas de sacar el arma otra vez.
—Pues te aguantas —le respondí, acercándome a él y acomodándole el cuello de la camisa—. Este vestido lo elegiste tú, o al menos me mandaste el catálogo para que yo escogiera entre lo que tú habías marcado. Así que la culpa es tuya.
Él suspiró, rodeándome la cintura con una mano firme que me pegó a su cuerpo.
—Está bien, tienes razón. Me castigo yo solo por tener buen gusto —murmuró, mirándome con una mezcla de orgullo y deseo—. Señora Bianca, estás simplemente hermosa. No tengo palabras para describir lo que me haces sentir ahora mismo.
—Tú también estás muy guapo, Alessandro. Ese traje te queda increíble. Parece que te lo pegaron al cuerpo.
Él sonrió de esa forma descarada que siempre me ponía a vibrar.
Me apretó un poco más, asegurándose de que sintiera el calor que emanaba de él, esa fuerza que me servía de escudo.
—Sé que tienes miedo por lo de la isla —me dijo, bajando un poco la voz para que solo yo lo escuchara—. Pero esta noche es especial. Eres la mujer más poderosa de esa sala, ¿me oyes? No bajes la cabeza ante nadie.
—Lo sé. Solo... mantente cerca de mí.
—No me voy a despegar ni un centímetro —prometió, dándome un beso corto pero intenso que me dejó con ganas de más—. Quiero que esos viejos verdes y esos capitanes envidiosos entiendan que meterse contigo es meterse directamente con la muerte.
Caminamos hacia la puerta de la mansión. Los coches negros ya estaban esperando, con los motores encendidos.
El aire de la noche era fresco, pero yo sentía que estaba ardiendo por dentro.
La adrenalina de la fiesta empezaba a mezclarse con el deseo que Alessandro me despertaba siempre que me miraba así, como si fuera lo único importante en el universo.
—¿Lista para el show? —me preguntó antes de que el chofer abriera la puerta del vehículo.
—Lista.
Él asintió, satisfecho.
Me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos.
Sus nudillos estaban un poco marcados, un recordatorio de que ese hombre elegante también podía ser un carnicero si alguien cruzaba la línea.
—Eso es lo que quería oír. No quiero que piensen que te tengo encerrada. Quiero que vean que caminas a mi lado porque quieres, y que cualquiera que piense lo contrario va a terminar como el tipo de Ischia.
Subimos al coche y el trayecto fue silencioso. Alessandro no soltó mi mano en ningún momento, acariciando mis dedos con el pulgar.
Yo miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad pasar rápido, pensando en cómo mi vida había cambiado en tan poco tiempo.
De ser la mujer golpeada de Lorenzo a ser la compañera del hombre más temido de la organización.
—¿En qué piensas? —preguntó él, sin mirarme, pero notando mi distracción.
—En que Lorenzo debe estar revolcándose de rabia en algún lugar —contesté con sinceridad.
Alessandro soltó una risa seca, gélida.
—Eso dalo por hecho. El tipo está desesperado. Por eso mandó a un sicario tan obvio. Sabe que te perdió y eso le está carcomiendo las entrañas. Pero su mayor error fue pensar que un susto te iba a devolver a sus brazos. No sabe la mujer que tengo a mi lado.