(4 meses antes...)
La mansión de la familia Nájera, que siempre había sido un refugio de techos altos y silencio elegante para Lola, se sentía esa noche como una caja de resonancia para el escándalo. Los titulares en el televisor del vestíbulo eran demasiado confusos para Lola: Fraude, Traición, Desfalco, ella no entendía absolutamente nada.
Todo le había llegado de golpe de un segundo a otro, no podía dejar de ver la pantalla de su teléfono.
Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón en la garganta, mientras su teléfono no dejaba de sonar, hasta llegar a la habitación de su padre. Se detuvo en el umbral, jadeando, deseando que todo fuera una mala broma.
Ernesto Nájera no era el hombre impecable que Lola conocía, su padre siempre mantenía un rostro serio y esa postura de quien se esta comiendo el mundo entero.
Aun cuando su madre falleció, su padre no se vio tan alterado como ahora.
Esta vez, estaba frente a una maleta abierta, arrojando ropa y documentos con una desesperación que la aterrorizó.
—Papá, ¿qué está pasando? —preguntó ella, con la voz quebrada—. En las noticias dicen… dicen que engañaste a Mateo Ricci. Están hablando de robo.
Ernesto se detuvo un segundo, con una camisa entre las manos, pero no la miró a los ojos, se pasó una mano por el cabello y respiró hondo.
—Todo es una confusión, Lola. Una maldita confusión, pero no hay tiempo para explicar, tengo que irme, tengo que irme ahora.
—¡Entonces explícaselo a él! —exclamó ella dando un paso hacia adelante—. Mateo es tu mejor amigo, tu socio. ¡Es como de la familia! Si hablas con los Ricci…
—¡No entenderán nada! —rugió él, girándose al fin. Sus ojos estaban enrojecidos—. Me van a buscar por un desfalco del que no tengo cómo defenderme. Los números no mienten, aunque la intención sí lo haga. No puedo quedarme, hija. Si me quedo, iré a prisión antes de poder probar mi inocencia, esto…esto me supera.
Lola sintió que el suelo se inclinaba. La figura de su padre, su héroe, se estaba desmoronando frente a ella.
—¿Qué fue lo que pasó?.
—Alguien a estado robando mucho dinero de la empresa, y todo apunta a que yo lo hice, pero no tengo nada que ver, voy a solucionarlo.
—¿Qué se supone que haremos? ¿A dónde vamos?.
—Tú no vas a ningún lado —Ernesto se acercó y le tomó las manos con urgencia, las besó como una disculpa y la miró a los ojos—. Tú no sabías nada. Eres inocente en esto. Escúchame bien: aléjate de los Ricci. No los busques, no les pidas perdón, no intentes mediar. Ellos no te buscarán a ti si te mantienes al margen, toma tu auto y ve con tu tío Aurelio, quédate ahí hasta que todo se calme un poco, no podrás usar las tarjetas ni nada, así que…pídele dinero al tío Aurelio, yo le pagaré después.
—Papá…
Él se apartó y fue a cerrar la maleta con un golpe seco. El sonido resonó en la habitación como el disparo de salida de una carrera hacia el abismo. Ernesto le dio un beso rápido en la frente y la estrechó en un abrazo que supo a despedida final.
—Cuídate mucho, Lola. En cuanto pueda, en cuanto todo esté mas tranquilo… te llamaré. Te lo prometo.
Sin más explicaciones, Ernesto Nájera salió por la puerta trasera, perdiéndose y dejando atrás una vida de lujos convertida en cenizas. Lola se quedó de pie en medio de la habitación vacía, sin saber que hacer.
El silencio la envolvió de un modo que le causó escalofríos.
No entendía absolutamente nada, tan solo unos minutos atrás, su vida era como de costumbre, pero todo había cambiado de golpe, aun estaba asimilando todo.
El asfalto brillaba bajo las luces de la ciudad mientras Lola caminaba a paso rápido hacia su coche. Sus manos temblaban tanto que le costó encajar la llave, pero una vez dentro, el seguro automático le dio una falsa sensación de paz. Arrancó, queriendo alejarse de la casa de su padre, de las mentiras y de ese apellido que de pronto pesaba como el plomo.
Tenía que ir a su departamento y sacar algunas de sus cosas, desconocía que tan grave era este problema.
Pero si su padre había huido dejando todo atrás sin detenerse, incluyéndola, no significaba nada bueno.
Pero no llegó muy lejos.
Al doblar la tercera esquina, un sedán negr*o le cerró el paso bruscamente, obligándola a clavar los frenos. Antes de que pudiera reaccionar y poner la marcha atrás, otro vehículo se detuvo justo detrás, bloqueándola por completo. El pánico le subió por la garganta. ¿Qué estaba pasando?.
Dos hombres corpulentos bajaron del primer auto. Lola buscó su teléfono, pero la ventanilla del conductor estalló en mil pedazos antes de que pudiera marcar. El frío de la noche entró de golpe junto con una mano enguantada que abrió la puerta desde dentro.
—Baje del auto.
Lola luchó, gritó y se aferró al volante, pero fue inútil. La arrastraron fuera, sus pies apenas rozando el pavimento, y la lanzaron al interior de una camioneta que esperaba con la puerta lateral abierta. Allí, sentado en las sombras, reconoció al asistente personal de Mateo Ricci. El hombre no la miró; simplemente hizo una señal al conductor.
El trayecto hacia la mansión Ricci fue un silencio sepulcral, interrumpido solo por los sollozos ahogados de Lola. Al llegar, la escoltaron hacia el estudio privado. Mateo Ricci estaba de pie frente al ventanal. Era un hombre cuya edad se medía en arrugas de amargura y cuya presencia siempre había intimidado a Lola, pero hoy, el aura que lo rodeaba era directamente letal.
—¿Dónde está tu padre, Lola? —preguntó Mateo, sin girarse.
—No lo sé… lo juro, él se fue antes de que yo llegara… —respondió ella, con la voz quebrada. —Por favor…
Mateo se giró lentamente. No había rastro del “tío Mateo” que le regalaba joyas en sus cumpleaños, que le sonreía para amortiguar esa aura. Solo había un acreedor cobrando una traición.
—Mientes. Ernesto no se iría sin decirte a dónde—Dijo Mateo.
—¡No lo sé! —gritó ella. —Te lo juro, no se a donde fue.
Mateo hizo un leve gesto con la cabeza a sus hombres. El primer golpe le llegó al estómago, dejándola sin aire. El segundo fue a la cara, enviándola al suelo. Lola sintió el sabor metálico de la sangre en su boca. Mientras estaba en la alfombra, los golpes siguieron, secos y precisos. A pesar del dolor cegador, ella solo pudo repetir la misma verdad entre gemidos: no sabía nada.
Mateo la observó desde arriba, con una mezcla de desprecio y un coraje que no tenia origen.
—Te quería como a una hija —dijo él, su voz cargada de un asco profundo—. Ahora solo veo que eres una basura como tu padre. Encárguense de ella. Que no vuelva a molestar, y sigan buscando al imbécil de Ernesto.
Los hombres la levantaron del suelo como si fuera un fardo de ropa sucia. La lanzaron de nuevo a la camioneta. Fuera, el cielo se había roto en una tormenta eléctrica feroz. Lola sabía lo que significaba “encargarse de ella”. No la llevaban a su casa; la llevaban al final del camino.
La camioneta avanzaba a gran velocidad por la carretera mojada. Lola, con la cara hinchada y el cuerpo gritando de dolor, vio su única oportunidad. El hombre a su lado se distrajo encendiendo un cigarrillo. Con un movimiento desesperado nacido del puro instinto de supervivencia, Lola se lanzó contra él, golpeó su brazo y tiró de la palanca de la puerta.
El viento y la lluvia la golpearon de frente. Sin pensarlo, se lanzó al pavimento.
Su cuerpo impactó contra el suelo empapado, rodando varias veces hasta quedar tendida en el carril contrario. El dolor fue tan intenso que el mundo se volvió blanco por un segundo. La camioneta frenó chirriando unos metros más adelante. Lola intentó levantarse, pero sus piernas no respondían.
Su mirada se clavó en ese cielo oscuro, y el ardor de su rostro se apaciguaba con aquellas gotas que la golpeaban en la cara.
Una oleada de frío la hizo temblar.
Este iba a ser su fin, las lágrimas se mezclaron con la lluvia, se arrepentía de algunas cosas, pero en especial, se arrepentía de aquellas cosas que no hizo.
De pronto, dos luces cegadoras aparecieron de frente. Un motor rugió y el sonido de unos frenos cerámicos cortó el aire justo antes de que el parachoques de un auto de lujo tocara su piel.
Lola se quedó petrificada, empapada y sangrando, mirando hacia un lado.
Aquel auto quedó a escasos centímetros. La puerta del conductor se abrió y de allí bajó una figura alta, impecable, que parecía inmune al caos de la tormenta.
Era Andreas Waltz. El hermano menor de su exnovio, el hombre que siempre la había mirado con una mezcla de hambre y desprecio en las fiestas de la alta sociedad. En ese momento, bajo la lluvia torrencial, Andreas no parecía un salvador, mas bien parecía, una hermosa coincidencia.