Demian se acercó a mí, sin borrar su sonrisa de su propio rostro. —¿Y no vas a compartir esa felicidad conmigo? —Estoy feliz porque estoy enamorada, Demian, pero no creo que eso te interese. Vi cómo su sonrisa se borraba de su rostro y su expresión se volvió dura. —No me digas que te has enamorado del tonto de Humberto. Ese hombre no tiene nada que ofrecerte. —Él me ha ofrecido todo lo que tú nunca pudiste darme. Caminé hacia mi oficina sin esperar que fuera capaz de responderme y entré a mi oficina peor para mi sorpresa, él me siguió. —¿Y qué te ha ofrecido ese campesino? ¿Olor a estiércol de vaca? —Me ha ofrecido amor, respeto, cuidado… un hombre que se parte el alma trabajando y aún así me hace sentir la mujer más especial del mundo. Demian se rió con cinismo. —¿Quieres saber p

