Demian bajó las escaleras como si cada minuto contara, vestía una camisa negra que resaltaba sus ojos claros.
Se detiene a pocos pasos de donde yo seguía sentada en el sofá, aún con el móvil en la mano.
—Ya estoy listo —dijo con voz tranquila.
Me levanté lentamente, acomodando la caída de mi vestido rojo mientras dejaba el bolso colgando del hombro.
—Entonces podemos irnos —le respondí con una sonrisa.
Demian se acercó y tomó mi mano, no fue un gesto fingido, ni mecánico, fue cálido, así pude sentirlo.
Mis dedos quedaron entrelazados con los suyos y sentí esa corriente leve que siempre aparece cuando alguien que no quieres que te importe, siempre te ha importado.
—Te gustará el lugar al que te llevaré, valdrá la pena haber cancelado tu cena de esta noche— Dijo con completa confianza en sí mismo.
—No lo dudo— Le respondí.
Salimos de la mansión y fuimos directo al auto y como un verdadero caballero, me abrió la puerta del acompañante.
Entré sin decir nada, sin mirarlo siquiera, porque si lo hacía, mi expresión me delataría.
Luego se acomodó en su asiento, puso en marcha el vehículo y nos dirigimos hacia lo desconocido para mi.
Durante el camino no hablamos mucho, él mantenía una mano en el volante, y la otra, por momentos, descansaba sobre su pierna, relajado, sereno.
Yo me dediqué a observar el camino, a imaginar a dónde me estaba llevando, por qué lo hacía y sobre todo, a preguntarme por qué había aceptado cancelar con Federico para estar aquí.
—La noche está hermosa, la luna está llena de luz— Dijo inesperadamente Demian.
—Si, está hermosa.
Veinte minutos después, el auto se detuvo frente a un restaurante que jamás había visto en mi vida.
Ni siquiera tenía un letrero visible, la fachada era elegante y discreta, muy al estilo Demian: reservado y exclusivo.
Un camarero abrió la puerta sin que él tuviera que pedirlo, parecer lo conocían.
Entramos tomados del brazo y nos guiaron a una sala privada, apartada del bullicio general.
Las paredes estaban adornadas con un arte hermoso, había una luz baja y velas.
—Es muy bonito este restaurante —dije sinceramente mientras tomaba asiento frente a él.
Demian sonrió y asintió con la cabeza. —Me gusta porque hay privacidad, no me gusta comer entre tanta gente.
—Tiene sentido contigo —respondí y luego bajé la mirada al menú, aunque ni siquiera podía pensar en comida.
Mientras miraba el menú, no estaba leyendo nada, solo llenaba en algunas cosas que rondaban en mi cabeza .
De pronto, sin planearlo, las palabras salieron de mi boca.
—¿Por qué me tratas bien, Demian?
Él levantó la vista de su copa de vino, con algo de asombro y confusión a la vez.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque te comportas como un esposo normal, me buscas, me besas, me tratas con delicadeza y eso no estaba en el contrato familiar.
Demian apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó las manos y me miró directo a los ojos.
—Porque yo decidí casarme contigo, Azucena, no fue una obligación y si lo hice por motivos de negocios familiares, entonces debo tratarte como mi esposa.
No supe qué decir de inmediato, me mordí el labio inferior, luchando con los sentimientos encontrados que hervían en mí.
—Prefiero a un hombre frío, Demian —dije, no por convicción, sino por defensa propia.
—¿Por qué? —preguntó él, sincero. —¿Acaso no es el sueño de toda mujer que el hombre que ama la trate bien?
Respiré profundo, quise desviar la conversación, pero sus palabras me habían tocado, y me hicieron sentir muy vulnerable.
—Tienes razón, Demian, pero llegará el momento en que yo tenga que dejarte y tú regresarás con mi hermana, con la mujer que amas y todo este trato solo hará que te ame más y entonces sufriré aún más cuando te pierda.
Por primera vez, lo vi sentirme incómodo con mi respuesta, como si lo que acababa de decir removiera algo en él.
Desvió la mirada unos segundos, bebió un poco más de vino y luego habló.
—No pienses en el más allá, Azucena, enfócate en el ahora que es el presente.
—Es fácil para ti decirlo —repliqué en voz baja. —Porque el día que tengas que dejarme, no sufrirás, para ti esto es más fácil, pero yo yo sí lo haré.
Me llevé los dedos a la sien, intentando contener esa presión que comenzaba a apretarme el pecho.
Demian dejó la copa sobre la mesa y se inclinó un poco hacia mí, mostrándose un poco más serio.
—Mejor no hablemos de ese tema, no esta noche, disfrutemos de la cena.
Asentí con la cabeza, queriendo cambiar de tema, pero sin encontrar nada más que decir.
—Y aunque tú prefieras a un hombre frío—continuó él— te advierto que no lo seré contigo, no pienso tratarte como una extraña, te trataré como lo que eres: mi esposa.
Esas últimas palabras me hicieron sentir más vulnerable aún ante él.
No dije nada, me limité a mirar el plato frente a mí, al que aún no le había dado un solo bocado.
—Mejor cenemos, la comida se ve deliciosa— Dijo Demian forzando una sonrisa.
Él lo notó en ese instante al campanero, y le hizo una señal para que se detuviera.
—¿Quieres postre? —preguntó, en un intento de hacerme olvidar la conversación.
Negué con la cabeza. No podía comer más de lo que ya había en mi plato.
—No, gracias. Así estoy bien.
Demian se levantó de su silla, rodeó la mesa y se sentó a mi lado, colocó su mano sobre la mía.
—No estoy jugando contigo, Azucena. —me dijo con seguridad. —Y no tienes que tener miedo de lo que pasará después.
Aún después de sus llamaras seguía pensando lo mismo, era fácil decirlo para él.