Al final de la jornada, tomé mi bolso, apagué la computadora y bajé al parqueo subterráneo. Caminé directo hacia mi auto… hasta que me detuve de repente. Una de las llantas estaba pinchada. —¿Problemas con tu auto? —dijo una voz a mi lado. —Al parecer sí Demian, ¿ no ves que mi llanta está pinchada? —Pregunté con sarcasmo. —Puedo ayudarte —ofreció, quitándose la chaqueta. —¿Tú? —Me burlé de él. —No sabía que servías para algo más que sonreír en las portadas de revistas y manejar los hoteles. —Qué graciosa —dijo mientras abría su baúl. —No soy solo una cara bonita, ya lo verás. Lo observé mientras sacaba las herramientas, se agachó junto a la llanta y comenzó a trabajar con bastante destreza. Luego levantó la vista hacia y me pidió ayuda. —Azucena, necesito que vayas a mi auto y

