El hombre me entregó un pequeño peluche de toro con un sombrero, ltomé con ternura y lo abracé por un segundo. —Este va conmigo a casa. —Pobre de quien te lo quiera quitar —dijo Demian riendo. Seguimos caminando entre la música y las luces. Pasamos por un carrusel de madera que giraba con lentitud. A lo lejos, niños reían, familias se abrazaban, y por unos instantes el mundo parecía otro, menos complicado. Nos detuvimos en un puesto de pesca, teníamos que sacar con una caña pequeños patitos de plástico que flotaban en una piscina artificial. Cada uno tenía un número en la base. Si sumaban cierto puntaje, ganabas premios. —Ese parece más tu estilo —dijo Demian, divertido. —¿Estás insinuando que soy menos ruda? —Estoy insinuando que también puedes ser dulce. Reí mientras tomaba la

