Cuando cayó la noche, Humberto se acercó al sofá donde yo estaba sentada mirando el televisor para despejar la mente. Ronald ya no estaba, y aunque no había sido mi padre de sangre, su muerte me dolía como si lo fuera. —¿Qué te parece si salimos a cenar bonita? —me dijo Humberto con esa voz que me derretía. —Te vendría bien despejarte un poco. Lo miré y le sonreí. — Tienes razón guapo, vamos a cenar. —Entonces, vamos a un restaurante al aire libre para que puedas despejar tu mente. —Me parece bien —le dije con sonrisa. —Déjame ponerme algo más cómodo y salimos. Después de unos diez minutos, nos fuimos a un restaurante al aire libre, de esos con luces colgantes entre los árboles y manteles blancos que se mueven con el viento. Era un lugar tranquilo, y yo amaba la tranquilidad. Des

