Aymara hojeaba un libro con desgano, acomodada en su cama mientras el sonido del ventilador girando llenaba el silencio de la habitación. Tenía tres días sin trabajar, unas vacaciones inesperadas que, en lugar de disfrutarlas, le hacían sentir que el tiempo transcurría demasiado lento. Había organizado la casa, doblado ropa, regalado algunas plantas y hasta pasado horas en la cocina con su madre, ensayando nuevas recetas para el restaurante que soñaba abrir algún día.
—Aymara, levántate, tienes que acompañarme —la voz de Anaís irrumpió en la habitación con energía mientras le arrebataba el libro de las manos.
Aymara frunció el ceño y la miró con sospecha.
—¿A dónde? —preguntó, estirándose con pereza.
—A la playa. Quiero presentarte a alguien especial —dijo Anaís con una sonrisa radiante.
Los ojos de Aymara se iluminaron con picardía mientras se incorporaba rápidamente.
—¡Wow! Eso quiero verlo. —Se levantó de un salto y corrió hacia el baño, despojándose en el camino de su camisón de Winnie Pooh.
—¡Mira esta, qué apurada! —se burló Anaís, cruzándose de brazos.
Aymara se detuvo en la puerta del baño y le lanzó una mirada juguetona.
—¿Al amor de tu vida?
Anaís no respondió, pero su sonrisa delató su emoción.
Aymara se duchó rápido y escogió un atuendo fresco y bohemio: una falda larga que apenas dejaba ver sus sandalias de estilo romano y un pañuelo azul que cubría la parte superior de su cuerpo de forma elegante. Se maquilló ligeramente y dejó su cabello extremadamente liso suelto.
Cuando salieron, Anaís llevó consigo una mochila con whisky y algunos aperitivos para compartir con la banda. El trayecto a la playa fue animado, aunque Aymara apenas levantaba la vista de su teléfono.
—Dame eso y pon atención —ordenó Anaís, quitándole el móvil de las manos mientras conducía—. Quiero que sepas que Aurelio me gusta mucho, pero… no es adinerado. Es chofer en una empresa.
Aymara arqueó una ceja.
—¿Y? Eso no me importa ni a mamá tampoco. Entonces no tienes nada que temer. Si es bueno contigo, lo amaremos —respondió con una sonrisa.
Anaís suspiró, relajándose un poco.
—Gracias, eso significa mucho para mí.
Al llegar a la playa, los chicos de la banda ya los esperaban junto a una fogata, tocando y cantando con guitarras y tambores. La brisa marina traía consigo el aroma a sal y la promesa de una noche inolvidable.
Las hermanas saludaron y acomodaron los aperitivos en una manta. Como era costumbre cuando salía con su hermana, Aymara no se limitó: bebió, rió y bailó con una pasión desenfrenada, como si aquel fuera su último día en la Tierra.
______ Pero allá en el Aeropuerto .
El avión aterrizó con suavidad en la pista, y apenas el letrero de cinturones se apagó, Dante se incorporó con elegancia. Su reloj de diamantes marcaba las 11:00 de la noche, y, aunque normalmente tras un vuelo largo su primera opción era ir directo a su lujoso piso, esta vez no tenía ganas de encerrarse. Venía de una semana de negociaciones intensas con los alemanes, y su mente necesitaba algo más que cuatro paredes para despejarse.
—Aurelio, antes de ir a casa, llévame a tomar un trago —ordenó con naturalidad mientras ajustaba los gemelos de su camisa.
Su chofer, un hombre de su total confianza, asintió de inmediato.
—Enseguida, señor. Pero... ¿me da un minuto? Necesito hacer una llamada, será rápido.
Dante lo miró de reojo mientras Aurelio guardaba el equipaje.
—¿A quién llamarás? —preguntó con genuina curiosidad.
Aurelio rara vez tenía compromisos. Era soltero, sin ataduras, y su vida giraba en torno al trabajo.
—Estoy saliendo con una chica, señor —respondió con sinceridad—. Me está esperando en la playa, pero voy a cancelar correctamente. Usted sabe cómo se ponen las mujeres si se les deja plantadas.
Dante arqueó una ceja y sonrió levemente.
—Entiendo… Pero no canceles. Iré contigo. No estorbaré. Estar junto al mar será suficiente para mí esta noche.
Aurelio pareció dudar un segundo, pero luego asintió con una leve sonrisa y subió al auto.
—Como quiera, señor.
El trayecto fue silencioso, con la brisa nocturna filtrándose por las ventanillas entreabiertas. Cuando llegaron al estacionamiento de la playa, Aurelio detuvo el auto y, tras un largo respiro, giró hacia su jefe.
—Señor, si gusta, puede venir conmigo. Mi novia toca en una banda y está aquí con su hermana. No es una reunión como las que usted acostumbra, pero será relajante y diferente… bueno, tal vez. Eso lo decidirá usted después.
Dante se acomodó la chaqueta de cuero con calma.
—¿Estás seguro? Ya estás en tu hora libre. Si quieres, quédate con ella. Yo puedo irme con uno de los guardaespaldas.
Aurelio negó con la cabeza.
—No, señor. Vamos. Se divertirá, pero… hay algo más que debe saber, y le parecerá extraño.
Dante arrugó el entrecejo.
—¿Qué más puede ser, Aurelio?
Aurelio tragó saliva antes de responder, asegurándose de que nadie los escuchaba.
—Señor, usted no puede decir que es un Marcini. Y menos que yo trabajo para usted.
Dante entrecerró los ojos.
—¿Y por qué motivo?
—Mi suegra, señor. Les tiene prohibido a sus hijas relacionarse con un Marcini, un Expósito, o cualquiera con lazos en la mafia.
Dante sonrió con incredulidad.
—Qué interesante… Y tú, ¿por qué le mientes? Solo trabajas para mí, no eres un Marcini.
Aurelio soltó una risa nerviosa y se frotó la nuca.
—Porque estoy enamorado, señor. Y temo que la madre no me deje verla. Pero después aclararé todo, se lo haré saber y hasta le haré entender que usted no es tan malo.
Dante lo observó con una mezcla de diversión y curiosidad mientras Aurelio sacaba un perfume de la guantera y lo rociaba con esmero.
—Los hombres enamorados actúan como idiotas… —murmuró Dante con una sonrisa ladina, ajustándose la chaqueta para ocultar su arma en la espalda.
Caminaron por la arena con paso firme. A lo lejos, la fogata iluminaba las figuras de un grupo de personas. La música, los cantos y las risas se mezclaban con el sonido de las olas. Pero Dante no prestó atención a nada de eso.
Su mirada se fijó en una mujer que bailaba frente al fuego, girando con gracia entre las sombras y la luz titilante. Su cabello oscuro caía libre, y su piel resplandecía con el reflejo del fuego.
Dante sintió algo primitivo despertarse en su interior.
Ella se movía con una libertad que lo hizo sentir como un depredador observando a su presa. Su atuendo simple la hacía aún más fascinante: una falda larga que dejaba entrever sus pies descalzos sobre la arena, un pañuelo azul que se anudaba en su espalda, apenas cubriendo sus pechos, y una colección de pulseras de piedras de colores y collares que le daban un aire salvaje.
Pero no era solo eso lo que le molestó.
Era el hombre con el que bailaba. Un chico rubio de coleta que no perdía oportunidad de admirar su cuerpo.
Dante sintió una punzada de celos inesperada.
—Dile a tu novia que somos compañeros —soltó sin apartar la vista de ella.
Aurelio parpadeó, desconcertado.
—¿Compañeros? ¿Cómo compañeros?
Dante apenas giró la cabeza.
—Solo di que soy chofer. Preséntame como Dante Salas… Era el apellido de mi madre.
Aurelio entendió que no tenía opción. Caminó en silencio a su lado, tragándose las preguntas que bullían en su mente.
Dante, en cambio, solo tenía una certeza.
Había encontrado algo… o a alguien… que despertaba su instinto más salvaje.
Y no pensaba dejarla escapar.