La estirpe de los Marcini.

1363 Palabras
Mientras en Sicilia el futuro de Aymara y su familia tomaba forma entre secretos y decisiones, en otro rincón de la isla se tejía una historia distinta. Una historia marcada por el poder, las heridas del pasado y la amenaza constante del linaje que dominaba desde las sombras: los Marcini. Dante Marcini, con tan solo veintiséis años, ya había aprendido que el apellido que llevaba no era solo un legado, sino una sentencia. Su padre, Orsini Marcini, era un nombre que se susurraba con temor en los pasillos del poder. Viejo, implacable, y tan frío como una bala recién disparada, el patriarca había consolidado su imperio a base de fuego, traición y sangre. No existía rincón de Sicilia donde los Marcini no impusieran su ley. Pero Dante no era simplemente el hijo obediente de un mafioso. Era el rostro más joven y prometedor del clan, CEO de una empresa de refinamiento de petróleo —una de las tantas fachadas legales que sostenían el imperio familiar—. Inteligente, audaz y calculador, vivía con un pie en el mundo corporativo y el otro hundido en la oscuridad de la Cosa Nostra. Su intención de alejarse del lodo era real, pero en lo profundo sabía que nadie escapaba del todo de un apellido como el suyo. Tenía el cabello castaño oscuro, perfectamente recortado y peinado hacia atrás, y unos ojos azul intenso que parecían hipnotizar a cualquiera que lo mirara de frente. Su porte impecable, siempre vestido con trajes a medida, y su andar pausado pero firme, lo convertían en una figura imposible de ignorar. En su oficina de mármol blanco y cuero n***o, con ventanales que ofrecían una vista directa al mar, conversaba con su hermano mayor, Franchesco. A sus treinta años, Franchesco era un contraste evidente: más alto, más fuerte, más instintivo. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia un lado, su mandíbula delineada como tallada en piedra, y sus trajes —siempre impecables— no podían ocultar el magnetismo salvaje que emanaba con cada gesto. Era un hombre atractivo hasta lo peligroso, elegante como un rey, pero con el alma de un lobo sin manada. —No pienso casarme con una mujer a la que no deseo, solo porque papá lo ordena —gruñó Franchesco mientras se servía un vaso de whisky y se dejaba caer en el sillón con la pereza de quien arrastra demasiadas batallas internas. Dante, recostado en el borde del escritorio, cruzó los brazos con serenidad y una sonrisa ladeada curvó sus labios. —¿Y desde cuándo obedecemos ciegamente sus órdenes? —Desde que nacimos, hermano —replicó Franchesco con una risa amarga—. Solo que ahora tenemos suficiente poder para ignorarlas… si nos atrevemos. —Nuestro padre cree que el matrimonio nos volverá estables —dijo Dante, girando el vaso en su mano—. Pero la estabilidad es la muerte de la aventura. Y yo, hermano, aún tengo demasiada vida que vivir. —Muy aburrida la estabilidad —coincidió Franchesco, llevándose el vaso a los labios con una sonrisa traviesa—. ¿Sabes que la última mujer con la que estuve insistía en que le pusiera un anillo en el dedo? —¿Y qué hiciste? —preguntó Dante, arqueando una ceja. —Le recordé que no era joyero —dijo entre carcajadas. Ambos rieron. En esos momentos, parecían dos muchachos jugando a ser adultos, y no los herederos del clan más temido de Sicilia. Sin embargo, la sangre que corría por sus venas los mantenía atados a un destino que, para bien o para mal, parecía inevitable. Dante era el más reservado, el estratega silencioso. Su atractivo físico no era lo único que hipnotizaba; también lo hacía su voz grave, su calma calculada, esa mirada penetrante capaz de desnudar verdades sin necesidad de palabras. Pero ninguna mujer había logrado tocar lo que él consideraba sagrado: su independencia emocional. Franchesco, en cambio, era puro fuego. Todo acción y poco cálculo. Tenía el peligro tatuado en la piel —literalmente— y el alma marcada por heridas que no hablaba. Era ese magnetismo indómito el que lo hacía aún más deseado. Muchas lo habían intentado, pero ninguna había logrado domarlo. La conversación fue interrumpida cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Aurelio cruzó el umbral con paso silencioso. Rubio, de cabello largo hasta los hombros y perfectamente peinado hacia atrás, su rostro anguloso estaba endurecido por años de obediencia y sangre. Su mirada café tenía la intensidad de quien ha visto demasiado. Vestía de n***o, siempre de n***o, como una sombra que se funde con las paredes. Era el francotirador del clan, guardaespaldas, chofer, soldado silencioso… y algo más. Había sido criado por Orsini como un hijo más tras la muerte de sus padres. En la familia Marcini, Aurelio no era solo un empleado. Era un hermano por derecho adquirido. —Hablando de matrimonios —dijo Dante, alzando su vaso en su dirección—. ¿Y tú, Aurelio? ¿Te vas a dejar atrapar también? Aurelio se detuvo por un segundo, observando a ambos hermanos. Su rostro no mostraba emoción, pero su voz tenía la gravedad de lo sincero. —La verdad… no me parecería mal. No tengo padres, ni hermanos de sangre. Crecí solo… Tal vez una esposa no estaría tan mal. La respuesta provocó una carcajada sincronizada en Franchesco y Dante. —¡Eres un romántico perdido! —bromeó Franchesco—. ¡Tú necesitas una esposa tanto como un tiburón necesita un paraguas! —O como papá necesita cariño —agregó Dante, sin contener la risa. Pero Aurelio no se ofendió. Sonrió de lado, con esa calma serena que solo poseen los que han estado demasiado cerca de la muerte. Aunque ellos se burlaran, la idea de formar un hogar no le era tan ajena. Quizá, muy en el fondo, deseaba lo que nunca tuvo. —¿Quién sabe? —dijo Dante mientras llenaba de nuevo su vaso—. Tal vez el amor nos alcance a todos… incluso a ti, Aurelio. —Si llega, que llegue con calma —respondió Aurelio con una media sonrisa—. Las cosas que llegan de golpe tienden a destruir todo a su paso. —¿Filosofía ahora? —dijo Franchesco, divertido. —No, experiencia —contestó Aurelio sin más. El silencio que se generó después fue distinto. Ya no era de burla ni camaradería, sino de una breve y sutil reflexión. Porque aunque a ninguno de ellos le gustaba hablar del futuro, todos sabían que el tiempo no perdonaba. Que la guerra con sus propias emociones era tan inevitable como la que se libraba en las calles. Dante se acercó a la ventana. Desde allí se veía el mar golpeando la costa con la ferocidad de siempre. La misma con la que su padre había levantado el imperio. Y aunque él intentaba construir una vida más limpia, más ordenada, sabía que el nombre Marcini era una sombra difícil de borrar. —Nuestro padre no vivirá para siempre —dijo de pronto, sin girarse. —No —asintió Franchesco, sentándose más erguido—. Y cuando caiga, los buitres vendrán por todo. —Entonces tendremos que estar listos —añadió Aurelio, clavando su mirada en ambos—. Porque lo que heredaremos no será solo poder… será una guerra silenciosa. Dante asintió, apretando la mandíbula. —Y también, tal vez… una oportunidad de hacer las cosas diferentes. Franchesco se rió por lo bajo. —¿Redimirnos? No somos santos, Dante. —Tampoco estamos condenados —replicó su hermano, girándose al fin con una mirada tan azul como el cielo antes de la tormenta. El sonido del reloj marcó las cinco de la tarde. Afuera, la isla parecía tranquila, pero dentro de las paredes de mármol y secretos, los herederos del silencio comenzaban a despertar. Lo que ninguno de ellos sabía aún, era que sus vidas estaban a punto de cambiar. No por una bala, no por una traición… sino por algo mucho más complejo: el amor, el deseo, y el extraño poder que tiene una mirada capaz de romper cadenas forjadas en generaciones. Y en algún lugar de Sicilia, estaban aquellas miradas.
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