—Apenas puedo con este. Si las hadas fueran reales, probablemente sean malas y les guste comerse a los niños. —La galleta a medio comer había perdido todo su atractivo. Pensé en esconderla en algún lugar de la mesa. Afortunadamente, uno de los empleados contratados para el evento apareció como por arte de magia y ofreció su bandeja como lugar de descanso final para mi desafortunado amiguito—. Gracias. Stephanie vio alejarse al hombre alienígena. No era atlán, ninguno de los empleados del evento lo era. Pero tampoco eran humanos. Me preguntaba de dónde eran. ¿Vendrían de otro planeta desconocido? Stephanie interrumpió mis cavilaciones. —¿Comerse a niños pequeños? Estamos hablando de Campanilla. —Exacto. Y resultó ser una zorrita celosa. —Vaya, hoy tenemos un humor de perros. —No puedo

