Las horas se arrastraban con agonizante lentitud en el frío calabozo donde Kerem se encontraba encerrado, el dolor abrasador en su espalda, donde los crueles azotes habían desgarrado su carne, era una agonía constante que amenazaba con enloquecerlo. —¡Aargh! —Un grito desgarrador brotó de su garganta mientras se retorcía en el camastro mugriento, las lágrimas rodaban por sus mejillas empapadas de sudor frío. En su mente, los recuerdos de la brutal paliza se repetían una y otra vez, cada golpe del látigo resonaba en sus oídos como un eco interminable. Kerem había soportado el castigo en silencio, negándose a darles la satisfacción de escucharlo suplicar, pero ahora, solo en la oscuridad de su celda, ya no tenía que fingir fortaleza. El chirrido de la puerta al abrirse lo sobresaltó, ha

