Ahogo el gemido que puja por salir cuando finalmente consigo venirme (cosa que no fue muy difícil pese a mi disgusto y a lo que hubiera querido), y me apoyo en la pared entre jadeos, intentando recomponer mi respiración a un ritmo más normal y esperando a que, las repercusiones de la corrida, dejen de hacer eco en mi cuerpo y se desvanezcan. Me doy vergüenza ajena, estoy furiosa conmigo misma, pero la triste realidad es que, a pesar de mis esfuerzos, de mis intentos reiterados de esquivar los lascivos pensamientos que venían a mi mente una y otra vez y de hacer caso omiso a las pulsaciones que sentía en mi entrepierna cada vez que una imagen de esa noche hacía acto de aparición, terminé teniendo que ceder a mis impulsos, pues incluso el simple hecho de frotarme jabón para limpiarme, me

