El cristianismo no lo conocí en un momento determinado. No hubo un instante en que se tomara la decisión de pertenecer a él, sino que nací bajo un hogar que profesaba la religión y aunque al paso del tiempo fue disminuyendo la intensidad, todo en la casa me lo recordaba. En las habitaciones, así como en las áreas comunes de mi hogar, por ejemplo, había cruces colgando de las paredes. Antes de cada comida hacíamos una breve oración y mi madre nos arreglaba con ahínco para cada domingo asistir al servicio religioso. La iglesia era un lugar muy lindo. Su fachada no era nada comparado a la arquitectura las iglesias católicas pero ese detalle me hacía sentir como en casa y por dentro la paz que se respiraba, sumado a la aparente buena voluntad de los hermanos que nos recibían a todos los niño

