Si en mi vida han ocurrido situaciones que me han dejado en la absoluta incertidumbre es con el tema de Carlos. A él, después de la golpiza que le propino su padre, lo inscribieron en el colegio militar. Si bien es cierto que a nadie puede obligársele a sentir lo que no, o a intentar ser quien no se es, el padre de mi compañero de iglesia estaba seguro de que con dos o tres años de la dura disciplina e instrucción militar se le iban a olvidar las joterias. Tuvieron que pasar dos meses para que saliera del hospital, uno en casa mientras se planeaba su futuro, tres en el colegio y dos de mínima libertad para saber de él. En una breve carta llena de mensajes ocultos pues le revisaban la correspondencia, me hacía saber que me amaba, lo mucho que disfrutó el tiempo a mi lado y que deseaba al

