La paz de la cripta se rompió sin violencia, pero con la certeza de un reloj que marca la hora de la verdad. Un roce en la entrada, apenas un susurro de tela contra piedra, y todos los sentidos de Zhen-He se activaron al instante. Su mano, aún entrelazada con la de Liling, se tensó. —Tranquilo —dijo Bao desde la entrada, su voz un susurro calmado—. Es Jin. Y trae compañía. Zhen-He se levantó con la fluidez de un felino, interponiéndose instintivamente entre Liling y la entrada. El gesto fue tan natural, tan automático, que Liling sintió un nudo en la garganta. Él la protegía. Sin pensarlo. Sin calcularlo. Jin apareció en el umbral, su figura delgada recortada contra la oscuridad del pasillo. Pero no venía solo. Detrás de él, tambaleándose, medio sostenido por el brazo del espía, un homb
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