Me preparo café en una taza y me siento en una de las banquetas altas, mirando por la gran puerta de cristal que da al jardín. Tomo un sorbo, pero me ahogo escupiendo todo, al ver a alguien afuera. Miro con detenimiento y era el imbécil del vecino. Me paró y le abro la puerta corrediza. El entra. - ¿¡Es que me quieres matar de un infarto!? - digo molesto. - Lo siento, no podía entrar por la principal. ¿Estás solo? - Si, estoy solo. ¿Como hiciste para llegar al jardín? ¿Y para que Bobby no te ladre? - Todas las casas son iguales, así que es como si la conociera y Bobby me conoce a mí. - Como sea, ¿qué quieres? - digo. - Pedirte azúcar, ¿qué voy a querer? - Me había olvidado de ti y de nuestro estúpido acuerdo. - ¿Acaso me cambiaste por tu amiguito en bicicleta?

