—Perdona —dice, con una media sonrisa—. Estás llena de harina. En ese instante, una sombra cruza el patio: Rolan ha levantado la vista y nos está observando. Alguien le habla, pero él no aparta los ojos de nosotros. El martillo se le queda suspendido en el aire cuando ve a Caelan inclinar la cabeza hacia mí. No dice nada, pero el ceño se le marca, una línea dura entre las cejas. —Caelan… —empiezo, pero no sé cómo terminarlo. Y lo siento. Siento su entrega silenciosa. Su rabia. Su amor no dicho. —Ten cuidado —advierte Caelan, que también lo ha notado—. No se va a detener. —No sé si soy yo quien debe tener cuidado —musito, intentando quitarle hierro al asunto. Siento la mano de Caelan en mi codo, invitándome a seguir avanzando. Su proximidad me aporta cierta seguridad, aunque mi corazó

