Rolan se acerca, y por un instante creo que va a aprovechar para humillarlo. Pero, con un gesto seco, le tiende la mano para que se apoye. Caelan duda, lo mira con rencor, pero al final se endereza y retoma la posición de inicio. Rolan no suelta un solo bien ni un vamos de ánimo. Solo se queda ahí, firme, como un monolito, vigilando que Caelan retome el ejercicio. —Bueno, al menos no lo aplasta mientras está en el suelo —mascullo con un alivio amargo. El entrenamiento continúa un rato más. Rolan reparte órdenes, corrige movimientos y lanza algún que otro comentario sarcástico que arranca más de un bufido ofendido. Observo cómo, a pesar de ese ambiente tirante, hay en sus hombres —y en los míos— un respeto que va en aumento. Será por su convicción o por la certeza de que un líder que no

