—Y tú orgullosa —replica—. Hacemos buena pareja para la ruina. Aflojo los dedos y dejo que rocen los suyos. Suspiro. —No me esperes —le advierto—. Nada de velas encendidas ni promesas a medias. —Solo velaré por mis propias intenciones —acepta. Nuestros dedos se sueltan en el mismo instante en que el agua del serpentín chisporrotea. Un recordatorio de que el tiempo no perdona distracciones. Echo un vistazo al horno, reviso el flujo para no perder la tanda. Cuando vuelvo la cara, Altair ya ha dado dos pasos hacia la penumbra. —Princesa —musita, casi en la salida—. Nos vemos mañana. Se esfuma por el pasillo. Me apoyo en la mesa. No sé qué hacer con tantas brasas a la vez: el fuego que Caelan me abrió anoche, la ternura desmañada de Altair, el recuerdo de un título que me persigue allá

