—Hago lo que tengo que hacer —gruño, sintiendo la adrenalina subir—. No me verás pidiendo disculpas por pasar un rato con mi esposa. Se queda un segundo en silencio y se asoma por la almena. En el horizonte, las luces anaranjadas parpadean, confirmando una presencia masiva. Podría jurar que incluso oigo tambores y relinchos. —¿Estás aquí porque te arrepientes… o porque ya no sabes a qué aferrarte? Deberías tenerlo claro —dice Caelan, en un tono que mezcla reproche y sarcasmo—. En cuanto amanezca, los Randall nos atacarán. —¿Y tú? ¿Estás celoso o preocupado? —lo provoco—. Porque no te pega el papel de consejero. Ni siquiera te pega el de guardián. —No necesito tu aprobación para proteger a Amara. Ella me la dio — Caelan me lanza una mirada arisca—. A diferencia de ti, que haces lo qu

