La nueva vida de Alexandra. Capítulo 13.
Margaret temblaba de miedo, por primera vez en su vida se veía expuesta a un verdadero peligro, nunca antes se sintió vulnerable, pero en esta vida los actos que se cometen siempre llegan a tener repercusiones, y en ese momento había llegado su turno de pagar por todo el mal que había cometido con los pacientes de aquella endemoniada clínica. Alexandra se acercó un poco más para ser testigo del sufrimiento de quién había sido su Verdugo por tanto tiempo, ese hombre no tendría contemplaciones con ella, así como Margaret no las tuvo para con todos los pacientes del lugar.
– Ella es una bruja, guardias, atrápenla, quiero que la encadenen y le quiten la ropa – Ordenó Max.
– No señor, usted está confundido, yo soy la asistente del director, soy la encargada de este lugar – Decía Margaret tratando de convencerlo.
– Cállate, no digas ni una sola palabra, tú eres mala, eres una bruja y recibirás tu merecido – Espetó Max furioso mientras la abofeteaba.
Margaret jamás había sentido tanto miedo, ahora ella era la víctima, y nada más y nada menos que de un hombre sin escrúpulos que no tendría ningún tipo de piedad, ella mejor que nadie conocía los alcances que aquel desalmado hombre podía llegar a tener, así que quiso escapar, pero le fue imposible, ya que los hombres de Max le bloquearon el paso, la atraparon y fue encadenada tal como Phillips había pedido, y luego la despojaron de su ropa, la mujer gritaba desesperada y luchaba inútilmente tratando de safarse de sus captores.
– Por favor señor Director, ayúdeme, si no hace algo estos hombres me van a matar – Eppxclamó Margaret llena de pánico.
Charles quiso intervenir, pero en cuanto dijo las primeras palabras, Max lo lanzó al piso propinándole una serie de patadas y golpes después, el director estaba experimentando un miedo atroz, y al igual que Margaret suplicaba por ayuda, pero nadie del personal quería intervenir, los guardaespaldas de Phillips los superaban el número, y además nadie estaba dispuesto arriesgar su vida por aquel par de malvados que tanto daño les había causado, la mayoría de ellos actuaba bajo amenazas, y los que estaban por dinero también se sentían intimidados debido a la presión que ellos ejercían.
La venganza de Alexandra se llevaría acabo por partida doble, pues ya no sólo se trataba de Margaret, sino también del director, ambos fueron encadenados, despojados de todas sus prendas, Y ellos ni siquiera imaginaban que quién lo había propiciado todo era la propia Alexandra, la mujer con la que se ensañaron durante todo ese tiempo.
– Báñenlos, así los latigazos van a dolerles mucho más, no te preocupes princesita, ellos ya no volverán a hacerte daño, ahora tú me perteneces, y sólo yo podré tocarte de ahora en adelante – Dijo Max.
Él era un hombre muy sádico, y seguramente si Diana no lograba su cometido, Alexandra sería víctima de un infierno mucho peor qué el que estaba viviendo tras ser encerrada en ese lugar por orden de su hermana.
– Por dios Diana, date prisa, No creo que podamos mantener bajo control esta situación por mucho tiempo – Pensó ella sumamente asustada.
Diana no encontraba la clave del teléfono por ningún lado, así qué tomó un cuchillo y decidida a todo fue a buscar a alguna persona encargada del despacho para obligarla a que le proporcionara lo que necesitaba. Llegó hasta donde estaba la secretaria del director, y apunta de amenazas la trajo hasta la oficina, la mujer puso algo de resistencia, pero al ver a Diana dispuesta a lo que fuera con tal de conseguir su objetivo, no le quedó más remedio que brindarle la numeración. Diana no se podía arriesgar a que todo se echara a perder, por lo que fue necesario golpear a la mujer y amarrarla para poder llevar a cabo su plan sin ningún inconveniente.
– Por favor suéltame, no me lastimes, yo no soy culpable de nada, ellos me obligan, no entiendo porque estás haciendo esto, ¿
-¿Quién eres tú? – Repetía la chica desesperada.
Diana tenía el rostro cubierto al igual que Alexandra, esa había sido una estrategia planeada por ellas, pues de esa forma, nadie las descubriría, y la ocasión se prestaba para poder hacerlo puesto qué varias personas lucirían así para complacer a Max Phillips.
– No voy a hacerte daño, pero no grites, necesito que te mantengas en silencio si sabes lo que te conviene, muy pronto este infierno se terminará y todos seremos libres – Le dijo Diana tratando de tranquilizarla.
La chica no entendía lo que estaba escuchando, pero asintió y permaneció en silencio, Diana se disponía a marcar el número de los bomberos y la policía para hacer la llamada anónima que atrajera a todas las autoridades y así poder dar por terminada aquella organización criminal. Mientras tanto en la fiesta del terror, Max se sentía sumamente complacido al golpear brutalmente tanto a la enfermera como al director, su mente era tan retorcida que no sentía ni un atisbo de remordimiento. A pesar de toda la maldad de la que había sido víctima, a Alexandra no le gustaba presenciar tal monstruosidad, sin embargo si sentía alivio de qué esas bestias no volverían a hacerle daño a nadie, pues seguramente después de todo aquello, esos criminales serían encarcelados si todo salía como lo tenían planeado.
Phillips le había pedido a Alexandra que le escribiera todo lo que le hicieron, para poder replicarlo y hacerlos sufrir tanto como ellos lo hicieron con la joven, así qué los baño con una manguera a presión tal como hacían diariamente con ella, los expuso ante todos atados y sin ropa, les cubrieron la cara y los golpearon brutalmente para desorientarlos y que sintieran el mismo horror que ella había tenido que experimentar. Les daban latigazos por todo el cuerpo, los arrastraban como animales, en un día tanto Margaret como el director habían sentido en carne propia todo lo que le hacían a sus víctimas.
– Ya no por favor, no me lastimen más, ya no puedo, esto es muy doloroso – Gritaba la enfermera con la poca voz que le quedaba .
– Ahora quiero que tú decidas el destino de estos dos, la vida o la muerte de ellos está en tus manos, yo haré lo que tú me pidas preciosa – Propuso Max causando terror en Alexandra.
Era tanto el odio que Alexandra sentía, que la proposición estaba resultando bastante tentadora, por una parte tenía en sus manos el castigo definitivo para esos malditos que tanto la habían hecho sufrir, y por otra si las cosas salían bien con Diana, ellos tendrían que pagar por todos sus crímenes lentamente, sin duda era una encrucijada bastante grande, no obstante, no tenía mucho tiempo, por lo que todo quedaría en manos del destino, él sería quien tendría la última palabra en todo aquello. Diana marcó la clave del lugar, y comenzó a hacer esa llamada que las llevaría a la libertad, tenía que sonar convincente, pues de otra forma lo tomarían como una broma, les pidió que se dieran prisa, y que tanto la policía como los bomberos acudieron al lugar. A partir de ese momento todo sería crucial, era cuestión de minutos para que las corporaciones se hicieran presentes, por lo que tendría que darse prisa para propagar el fuego.
– ¿Qué haces?, ¿Estás loca? – Gritaba la chica que aún permanecía amarrada.
– ¿Qué no ves?, Muy pronto nos libraremos de todo este infierno – Explicó.
– Nos vamos a morir todos, auxilio, ayúdenme, esta mujer está quemando la clínica – Gritó ella.
A Diana no le quedó más remedio que amordazar a la mujer para que dejara de gritar, era la única forma de poder lograr terminar su encomienda.
– Tú lo pediste así, yo no quería tener que llegar a esto, pero no le entiendes verdad, porque todos ustedes están cortados por la misma tijera, son malos y despiadados, no les importa el daño que les hacen a los pacientes, sólo les interesa ganar dinero y este asqueroso trabajo, pero muy pronto se va a terminar todo esto y todos ustedes terminarán en la cárcel – Recriminó Diana a la mujer que la veía horrorizada.
Diana inició el fuego, el cual poco a poco se fue propagando, luego aflojó los nudos que mataban a la mujer, para tener tiempo de escapar y que ella también pudiese liberarse minutos después. Corrió sin parar, necesitaba encontrar a Alexandra y salir de aquel lugar lo antes posible, pero ahora todo dependía de lo que la vida tuviera preparado para ellas, sería la libertad o la muerte, Y cualquiera de esas dos opciones, representaría la liberación al suplicio del que habían sido víctimas.