Fuego en la cocina

1912 Palabras
CAPITULO 1  25 de diciembre, 03:22   La gente se va retirando del restaurante de a poco, apenas quedan dos familias que también se están preparando para salir. Fue una noche muy larga, de hecho, la noche buena más larga que tuve en mi vida. Jamás imaginé que iba a estar trabajando en un restaurante en vísperas de la Navidad, más bien, siempre me imaginaba como la comensal, pero los papeles cambiaron y mis sueños se convirtieron en ver a la gente contenta, comiendo los platos que hice con mucho cariño. A las doce de la noche todos festejaron y brindaron con la gente que los rodeaba, incluso con desconocidos, mientras mis compañeros y yo brindábamos en la cocina, rodeados de cosas dulces y dándonos regalos entre nosotros. El único que nunca participa de esto es Elías, el chef estrella del restaurante. Muchos compañeros piensan que es arrogante, pero las pocas veces que crucé palabras con él me pareció buena persona, incluso tímido y algo misterioso. En el transcurso del año lo pesqué varias veces mirándome de manera profunda, con las pupilas de sus ojos negros dilatas y sus carnosos labios entreabiertos, pero rápidamente corría la mirada hacia un lado y seguía con lo suyo. Me vestí de manera provocativa varias veces para llamar su atención y funcionó, siempre me encontraba con sus ojos sobre mis piernas desnudas o mi escote pronunciado, pero jamás se atrevió a decir nada, comparado a mis otros compañeros, él es el más respetuoso y siento que me encantaría pervertirlo un poquito. He tenido fantasías con esa mirada y con esa boca que, inconscientemente, me gustaría probar. Yo también me dediqué a observarlo con atención en algunas ocasiones, como cuando corta las verduras con destreza y velocidad, bate los huevos sin cansarse o prepara las presentaciones de los platos con total perfección. Siempre pensé que debe ser muy veloz con las manos y varias veces, debo admitir, me toqué pensando en que eran sus dedos los que recorrían mi cuerpo con esa habilidad que lo caracteriza. Nuestros compañeros ayudan a acomodar un poco nuestro lugar de trabajo y comienzan a irse. Algunos se quedaron tomando un poco más de la cuenta y se nota que están borrachos, así que son los últimos en partir y hay que sacarlos a la fuerza. Hoy me toca cerrar el negocio con Elías y, la verdad, también estoy un poco pasada de copas y tengo miedo de lo que pueda pasar, no puedo hacerme cargo de mis actos cuando no estoy lúcida. Él, en cambio, no tomó ni una gota de alcohol en toda la noche, por lo que debe estar muy consciente de sus pensamientos y acciones. —Bueno… al fin terminó la noche —expresa mi acompañante, acomodando las cacerolas que estuve lavando hace un instante—. Quedó algo de café, ¿querés una taza? —Sí, por favor, un café me va a hacer bien —replico limpiando la mesada. Él hace un sonido afirmativo y prepara la bebida mientras se pone a barrer. —Dejaron todo hecho un desastre —comenta chasqueando la lengua, tira toda la basura al tacho y sirve el café ya listo en pequeñas tazas de porcelana—. Listo, Sharon, acá te serví. —Okey, gracias —digo sentándome frente a él—. La verdad que sí, fue una noche demasiado larga. No veo la hora de irme a mi casa… —Andá si querés, yo termino acá y listo. No hay problema, no hay tanto por ordenar.  —Obvio que no, ¿cómo te voy a dejar solo en Navidad? —Es normal para mí —murmulla tomando la infusión. Decido no indagar sobre el tema, no vaya a ser cosa que se ponga mal. Se pone de pie para abrir la puerta que separa la cocina del restaurante, pero hace una mueca de horror al darse cuenta de que el picaporte se rompió. —Estamos encerrados —comunica poniéndose pálido—. Así que no vamos a poder salir hasta mañana, si nuestros compañeros son capaces de levantarse y se dignan a abrir el negocio. —¡Ay, no! —exclamo con terror fingido. La verdad es que no me preocupa dormir acá, con él. Tengo en mente llevar a cabo lo que hace meses vengo soñando y al fin, como si fuese un regalo de Navidad, siento que puedo cumplirlo—. Igualmente, aunque pudiese salir me quedaría, no me caracterizo por dejar plantado a compañeros… a no ser que me caigan mal —agrego. Nos reímos. —¿Entonces te caigo bien? —pregunta. Asiento con la cabeza sin dejar de mirarlo y me sostiene la vista unos segundos, hasta que vuelve a sentarse y se distrae con la taza de café. —Sabés, yo te admiro mucho como cocinero —manifiesto con lentitud, me relamo los labios y me inclino sobre la mesada para que mi escote quede un poco más expuesto—. Y me gustaría que me enseñes algunas técnicas… —Me aclaro la voz y me remuevo en el asiento. Me mira con las cejas arqueadas—. Técnicas de cocina, obviamente. —Está bien, aunque no creo que te hagan falta. Tus técnicas son muy buenas, así que no veo necesario enseñarte, pero haré lo posible. ¿Qué es lo que más te cuesta? —Bueno… lo que tiene que ver con la agilidad con las manos —respondo. Entrecierra los ojos y me mira con una mezcla de interés y excitación. —Supongo que eso es práctica, no puedo decirte ningún método sobre eso. Igual, nunca te vi batir nada, deberías mostrarme para que pueda ayudarte y ver si estás cometiendo algún error con eso. —Perfecto, ya mismo te muestro —expreso con tono seguro. Termino mi café con velocidad y me dirijo a la heladera para sacar un poco de crema que quedó sin batir, agarro un batidor de alambre y un bowl. Coloco la crema y azúcar dentro de este y comienzo a batir de manera torpe y desordenada a propósito. Elías me mira con una mueca de disgusto y niega con la cabeza. —¡Te dije que batía mal! —exclamo y hago puchero con la boca—. No sé usar mis manos. Él traga saliva y se acerca con algo de duda. Se coloca detrás de mí y envuelve mi mano con la de él para marcarme los movimientos que debo hacer. Su cuerpo me transmite calor y acerca sus labios a mi oído para darme instrucciones. Su voz suena ronca y suave, como si estuviese excitado, y hace que mi piel se erice y mi respiración se entrecorte. Puedo sentir su erección clavándose en mi baja espalda y, haciéndome la tonta, tiro mi cola hacia atrás para poder sentirlo mejor. —Te falta un poco de precisión y velocidad —murmura dirigiendo mi mano—. Movimientos envolventes, brazo más firme, la rapidez la vas adquiriendo con el tiempo. Quizás te tome un poco más de tiempo llegar a montar la crema, pero sabés que tarde o temprano va a lograr ponerse firme, así lo hagas lento o rápido. —Bueno, a mí me gustaría hacerlo veloz y fuerte para que se ponga firme y llegar más rápido para disfrutarlo mejor —digo girando para verlo a la cara. Arquea las cejas y sonrío—. Eso sonó muy mal, me refería al batido. Se ríe y niega con la cabeza mordiéndose los labios. Tengo que levantar el rostro para observarlo y eso me demuestra que es más alto de lo que pensaba. Nunca estuve tan cerca de él y la cercanía me acelera el corazón y me excita de sobremanera. Mi cuerpo está comenzando a desear sus manos sobre mi piel y, a su vez, mis extremidades cosquillean por las ganas que tengo de tocarlo. Se aleja de mí y suspiro al sentir el frío que me deja su ausencia. —Ya vas a mejorar —comenta—. Voy a terminar de batir para no echar a perder esto, en la heladera hay unos duraznos, quizás le podamos poner crema y comerlos. Miro la velocidad y la concentración que tiene mientras termina el trabajo que torpemente empecé y no puedo evitar imaginarme a él tocándose con expresión placentera mientras mueve su mano al ritmo que desea. Me encantaría ayudarlo a que llegue a su punto cúlmine de placer y que me tire toda su crema en mi boca… Trago saliva y resoplo, soy una desubicada, no puedo estar pensando en eso. Busco la fruta que me pidió y encuentro una lata con duraznos en almíbar, así que supongo que es eso. —Listo —dice—, ya la monté. —Qué rápido —expreso con admiración—. A mí no me gustan los duraznos con crema, prefiero la banana embadurnada con eso. —¿Banana con crema? —interroga divertido. Hago un sonido afirmativo. —Y dulce de leche. —Ah, sos golosa. —Esboza una sonrisa y me mira de arriba abajo cuando me siento en un taburete y me cruzo de piernas, provocando que la falda que llevo puesta se suba un poco más. Mi mente me dice que debo tomar eso en doble sentido e intento resistirme, pero no puedo—. Bueno, debe haber una banana por algún… Se interrumpe cuando ve que agarro un poco de crema con el dedo y lo chupo mirándolo a los ojos. Me encanta verlo dudoso, se nota que no sabe si ayudarme en esto o continuar buscando la fruta que me gusta. —¿Pasa algo? —interrogo al ver que no despega su vista de mí. Murmura una negación y se da vuelta para dirigirse al cajón de frutas que está guardado. Cinco minutos después me trae una banana y me río. —Gracias, pero no era necesario —comento sin poder parar de reír. Le saco la cáscara y sumerjo la punta en la crema. Bajo la atenta mirada de Elías, que se acerca para abrir la lata de duraznos, muerdo la fruta con lentitud y hago un sonido de placer. —Está riquísimo —digo relamiendo mis labios. Vuelvo a ponerle crema, pero esta vez no muerdo, sino le paso la lengua como si estuviera chupando un helado. Repito este paso varias veces, gimiendo, saboreando y comiendo la banana hasta el final, chupándola sin dejar de mirarlo. Él se queda embobado mirándome y luego suelta un quejido de dolor. —Auch, qué idiota, me corté con la tapa de la lata —confiesa buscando alguna venda en los cajones que tenemos. Eso suele pasar bastante seguido en la cocina, así que tenemos un botiquín. Me levanto para ayudarlo y le pongo un poco de algodón mojado en alcohol, a lo cual hace una mueca de disgusto. —¿Arde? —digo. Asiente con la cabeza—. Al menos no te sangra, fue un rasguño. —Sí, pero igual duele. Ya se me fueron las ganas de comer durazno —agrega entre risas. Nos quedamos viendo durante un instante y muerdo mi lengua para no soltar ninguna barbaridad. Es demasiado tarde, mi boca se mueve sola sin poder controlarla. Necesito tener sexo con él sí o sí y no voy a tener otra oportunidad. —¿Sabés qué? —cuestiono—. Yo tengo unos duraznos ideales para vos y no te vas a lastimar abriendo el envase. Podés elegir si ponerle crema o comerlos al natural. Antes de que pueda responderme algo que corte el momento, agarro sus suaves y grandes manos y las coloco sobre mis pechos. Estos entran a la perfección en sus palmas y su mirada me demuestra confusión. ¿Tan responsable va a ser? Espero que haga algo, pero ni siquiera se inmuta. Probablemente sea gay. Bufo al ver que no hace nada y camino hacia atrás para irme, pero enseguida me toma de la cintura, me pega a su cuerpo y me planta un beso completamente apasionado y desesperado. Al fin, creo que mi fantasía se va a cumplir.  Continuara...
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