Capítulo 15: Hasta el Fin

1234 Palabras
Marco se deshizo de mi vestido en un rápido movimiento mientras yo hacía lo mismo con cada centímetro de su piel. Yo descubrí entonces ese cuerpo que me hacía temblar en las noches y él apretó la mandíbula al ver el mío cubierto únicamente por una fina lencería de encaje blanca que quería arrancar de mi pálida piel de inmediato. Mi busto redondeado sobresalía en mi sostén mientras que mi proporcionado trasero le instigaba a cumplir sus más oscuros deseos. El pintor me detuvo un momento para mirar todo de mi figura, como si sus ojos estuvieran absorbiendo cada recóndito paraje de mi piel y se escondió entre mis brazos cuando lo abracé. Marco se lanzó nuevamente a mi cuello cuando yo comencé a besar su torso y sin poder contenerse más, el pintor bajó sus manos a mi trasero. Él comenzó a depositar pequeños besos en mis mejillas sonrojadas hasta llegar al lóbulo de una de mis orejas en donde se detuvo haciendo que yo jadeara con fuerza. Mis jadeos solo lograban hacer que el m*****o de Marco se irguiera más dentro de sus pantalones y el duro bulto presionaba contra mi centro en una promesa de romperme en una sola estocada. Él estaba a punto de caer rendido a mis pies y yo quería dejar que él hiciera de mí lo que quisiera. Nunca antes había sentido el desenfreno de unas manos sobre mi cuerpo de aquella forma. Cuando el de los cabellos azabaches se apoderó de mi cintura, mi respiración se cortó de forma brusca y una corriente eléctrica invadió todos los nervios de mi cuerpo. Cuando su lengua se adueñó de la mía, me deshice completamente entre en el millar de sensaciones. Él se sentía perfecto y me completaba de una forma que yo jamás había experimentado. Había tenido a Marco en mis sueños y, en ellos, el chico se doblegaba ante mí con una entrega envidiable, solo porque estaba acostumbrada a estar con hombres que hacían eso. Él, sin embargo, era diferente. Nunca pensé tenerlo así de agitado e hirviente delante de mí. Besé su torso mientras él buscaba con sus labios mi cuello y lo llenaba de apasionados besos. Cuando llegó a mi oído y sus manos se aferraron a mi trasero, sentí que me inundaba el deseo de ser únicamente suya. Mi sexo vibraba entre mis piernas y se humedecía más a cada uno de sus roces. Llevó sus manos a espalda y se deshizo mi brasier en un certero movimiento que me reafirmaba que, efectivamente, él era bastante diestro en el sexo. Llevó sus labios al nacimiento de mis senos y los besó con pasión mientras yo, lentamente, me dirigí a su pantalón. Dejándolo en el suelo, pude ver como su m*****o se alzaba por encima de su ropa y no pude hacer otra cosa que lanzarme a sus labios. Él me alzó en el aire e instintivamente, aferré mis piernas a su cintura mientras me llevaba al sofá que figuraba como cama. Me acostó de manera delicada y se colocó encima de mí. Sentir todo su peso sobre mi cuerpo era una experiencia que no lograré describir nunca. Unos guturales gemidos se escaparon de su boca mientras yo llevaba mis manos a su erecto m*****o. Él se lanzó nuevamente a mis pechos a la vez que sus manos se paseaban a tientas por mis caderas. Me deshice de su molesto bóxer cuando él me quitó mis bragas y bajando a mi sexo, me hizo saber con su boca que era imposible que yo olvidara aquella noche. —¿Te gusta? —preguntó, poniendo mi placer en una pausa al dejar mi sexo vacío por un instante. —No te detengas —rogué y mis palabras lo hicieron volver a sonreír con una ladina expresión en su rostro. Su lengua jugueteaba con mi intimidad de una forma que yo jamás soñé mientras que mis manos no hacían otra cosa que aferrarse a su cabello. Yo estaba fuera de control. No era dueña de mi cuerpo y los gemidos salían de mi boca sin ninguna restricción. Lo que él hacía conmigo era increíble y a la vez, adictivo, pues me hacía sentir un inmenso placer que no conseguiría a no ser de él. El pintor era diestro en todas las formas de romper mi cuerpo. Hacía de él lo que quería y reafirmaba su supremo control sobre mí. Con una delicadeza solo propia de él, Marco introdujo uno de sus dedos dentro de mi húmedo sexo. Se abrió paso con lentitud y marcando el paso con su lengua sobre mi centro de placer. Los primeros espasmos parecieron amenazar su estadía en mi sexo y él colocó la inmensidad de su mano en mi abdomen para sentir cada instante de mi orgasmo. —¿Quieres más? —retó él al verme deshaciéndome en gemidos que ya no podía controlar—. ¿Quieres más? Yo estaba al punto del orgasmo. Incapaz de hablar, solo pude asentir, morderme el labio inferior y cerrar los ojos. —No cierres los ojos —ordenó apoyando mis piernas sobre sus tersos trapecios desnudos—. Quiero que veas cómo te hago gritar mi nombre. El segundo dedo dentro de mí se abalanzó junto con la punta de su lengua mojada. No fue un gemido lo que arrancó de mí, sino un grito imposible de ser contenido. Su lengua iba más profundo, hasta degustar todo de mí y sus dedos se adentraban en mi sexo con ferocidad, siendo el sumirme en un éxtasis sin igual su único objetivo esa noche. No pude contenerme mucho por la destreza de su lengua y el primer orgasmo vino demasiado pronto dejando a mis piernas en un temblor. Marco subió a besos por mi piel hasta llegar a mi boca nuevamente. Lo besé con más fuerza que antes. Sus labios carnosos hervían al rojo vivo y su lengua se había hecho una experta en degustar la mía. —Dime cuánto te gustó lo que te hice ahora mismo —me dijo en calidad de orden—. Dímelo. Él repitió su exigencia mordiéndome el labio inferior y presionando su creciente erección contra mi sexo latente. —¿Quieres saber cuánto? —le reté en una sonrisa y rodé sobre la cama para ponerme encima de él. Lo miré desde arriba y vi su cuerpo perlado por el sudor mientras la boca entreabierta y su respiración cortada me decía que quería más... mucho más. Lo que él podía hacer con mi cuerpo no conocía límites, pero yo también sabía cómo hacerlo llegar a su punto máximo y no iba a dejar pasar la oportunidad de volver loco a aquel hombre que me había obligado a gritar su nombre en un temblor. Le di la vuelta en el sofá y me senté sobre sus caderas. Sonreí al ver su rostro enrojecido por la excitación y sorprendido por el movimiento que no esperó de mí. Él disfrutaba cuando yo estaba vulnerable, pero Marco aún no era consciente que en aquel sofá, ambos lo éramos. Azoté su boca con mis besos y el trabajado torso del pintor era el lugar perfecto para apoyar mis manos mientras comenzaba a marcar un provocador vaivén sobre sus caderas. Su m*****o latía bajo mi sexo, implorándome una oportunidad para hundirse en mí, mas prolongué el juego tanto cuanto pude. —¿Quieres más de esto...?
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